Las divisas electrónicas mediante tecnología ‘blockchains’, sobre la que se asientan las más de 2.000 criptomonedas que operan en el mundo, han dejado de ser un asunto tabú. Ante el declive de los pagos en cash, la paulatina caída del dinero en circulación y los menores costes para las entidades financieras por el uso de una modalidad que añade, además, enormes posibilidades de certificación de las transacciones, los organismos de supervisión empiezan a admitir su influencia en beneficio de la estabilidad monetaria. El proceso en ciernes, aunque ya avanzado con proyectos operativos en curso, requerirá una coexistencia pacífica del dinero digital y líquido. Mientras el sector privado -la industria bancaria- se acomoda para jugar un papel estelar en este cambio de paradigma. El BIS ha puesto sobre la mesa los criterios y protocolos que deben regir la hoja de ruta a seguir. Una encuesta de este organismo entre 66 bancos centrales revela que el 80% de ellos considera este avance ineludible y el 10% espera lanzar su divisa digital en uno o tres años. El BCE ha recogido el testigo para explorar el cripto-euro. Una tendencia que también están dispuestos a seguir el resto de sus instituciones hermanas más importantes. Uno de los detonantes de este súbito cambio de parecer ha sido la puesta en escena, por parte de Facebook, de su propio sistema de pagos electrónico, la Libra. 

 
Las enormes fluctuaciones en el valor de las criptomonedas ha sido una constante desde que, en 2009, Satoshi Nakamoto -con independencia de si es una persona física o el pseudónimo individual o de un grupo de expertos inversores- diera carta de naturaleza al protocolo Bitcoin -la divisa con tecnología blockchain por antonomasia- y su software de referencia, publicado un año antes. El uso de bitcoins atrajo desde el principio a figuras neoliberales y simpatizantes de la ausencia de todo tipo de control y supervisión en las finanzas globales. Aunque no fue hasta el ejercicio 2013, en plena travesía europea por su crisis de deuda, con multimillonarios rescates a cinco socios monetarios, cuando inició su etapa de esplendor. Una paulatina revalorización de proporciones casi dantescas -su cotización inicial era de 0 dólares-, que le llevó a rozar los 20.000 dólares por unidad en 2017 -exactamente, 19.783, su récord, del 17 de diciembre- no exenta de oscilaciones, como el escándalo de fuga del sistema de 750.000 bitcoins en 2014, ejercicio en el que se sucedieron informaciones sobre una posible prohibición de su uso en China. En cualquier caso, la historia del bitcoin deja 2013 como su salto inversor. En apenas ocho meses -de abril a noviembre- la criptomoneda por excelencia pasó de valer 100 a 1.000 dólares. Sus detractores, entre ellos los bancos centrales, siempre han acusado a esta fórmula de pago de haber actuado en los mercados sin autoridad central. Aunque sus defensores niegan la ausencia de controles financieros porque -aducen- sus asientos contables son accesibles a todos los que desean saber sus cuentas mercantiles. En el sistema blockchain operan grupos de llamados mineros (miners) que actualizan las bases registrales con sus movimientos inversores; a continuación, los agrupan en bloques (blocks) y los incorporan a sus cadenas (chains) de datos para, con posterioridad, realizar un hash o cálculo de valor a partir de un sistema metodológico de algoritmos.

Este modus operandi es el que también estaría detrás de las divisas digitales, término que los bancos centrales prefieren emplear para marcar distancias con las más de 2.000 criptomonedas que existen en el mercado. Bajo el auspicio, la regulación y los protocolos dictados por el Banco Internacional de Pagos. Del BIS han emanado las amplias reformas normativas, requerimientos y exigencia que las entidades financieras de todo el mundo han impuesto, con matices según los ordenamientos jurídicos nacionales, para vigilar y controlar los estados contables de los bancos. También estuvo detrás de la separación entre banca privada y comercial -germen, a su juicio, de la proliferación de activos tóxicos que precipitó el credit crunch de 2008- y de los stress-tests a los que se han visto sometidas las instituciones financieras desde entonces; especialmente las que representan, por su dimensión y expansión global, un riesgo sistémico. Porque, no en vano, es el organismo que da cobijo al G-10, el foro de los grandes bancos centrales. Este denominado club monetario mundial, con sede en la ciudad suiza de Basilea, ha sido el que dado el pistoletazo de salida hacia las divisas digitales y ha labrado el consenso necesario para que el G-10 lidere los procesos hacia las monedas electrónicas con tecnología blockchain. Siguiendo, eso sí, criterios e instrucciones del BIS. Y con la admisión de que deberá coexistir necesariamente con el dinero en circulación y otras formas de transacción y de pagos, para “no dañar la estabilidad financiera y monetaria”. A la espera de la involucración de los bancos. Porque el sector privado “debería tener un papel apropiado y preponderante”, enfatiza el BIS en un reciente informe monográfico sobre divisas digitales que también suscriben la Reserva Federal y el BCE. 

“El diseño definitivo de este modelo de pagos puede promover una más resistente, efectiva, innovadora e inclusiva fórmula de transacciones”, reconoce Benoit Coeuré, copresidente del grupo de trabajo del BIS y responsable de tecnología financiera de la institución. Sólo unas fechas más tarde del anuncio oficial del BCE de que empezaría una ronda de consultas públicas para la experimentación de una criptomoneda, un paso hacia la probable creación del euro digital. Coeuré habló sin tapujos de un “trampolín hacia un nuevo estadio de desarrollo” de las divisas electrónicas, sólo dos años después de que él mismo declarara que los activos de criptomonedas eran “la semilla del diablo de las futuras crisis financieras” y condenara explícitamente el uso de bitcoins. 


 
Algo, pues, se mueve en las salas de máquinas de los bancos centrales. En favor de esta fórmula de transacción. Un viraje conceptual en el que ha tenido una innegable influencia la apuesta de Facebook de crear su propio sistema de pagos electrónico, la Libra, y la intención declarada de otras bigtech de seguir esta estela. Asunto que llegó, en el verano de 2019, al Comité de Servicios Financieros del Congreso estadounidense y que constató la oposición republicana a que firmas multinacionales desarrollen sus propias divisas digitales. De hecho, el propio presidente de la Fed, Jerome Powell, aseguró en la Cámara de Representantes que el plan de Facebook no podría seguir adelante a menos que la Libra preservara el principio de privacidad, la protección legal de los consumidores, la persecución del lavado de capitales y asumiera las normas de estabilidad financiera. El planteamiento del comité legislativo americano incluía una petición de sanción de 1 millón de dólares al día en supuestos de incumplimiento o inculcación de estas leyes. Facebook edificó una alianza con otras 28 empresas, incluida Mastercard, Paypal y Uber para conformar la libra digital, en la que no hay actualmente ningún grupo bancario.  

 

 

 

 

Un respaldo social y monetario cada vez más sólido

Desde el Official Monetary and Financial Institutions Forum, una organización independiente de think tanks que investiga las políticas monetarias, económicas y de inversión pública recogía en un sondeo del pasado mes de febrero, instantes antes de la proclamación del Covid-19 como Gran Pandemia, en trece países, la mayor predisposición de los mercados emergentes, frente a las potencias industrializadas, a dar el paso digital. Con un apoyo social notable en naciones con economías aún en desarrollo. Y un mayor escepticismo entre sociedades de rentas altas como la alemana, la francesa o la británica. Aunque el 51% de las personas encuestadas se inclinaba por dar su respaldo a las monedas digitales como fórmulas alternativas y complementarias. Otro sondeo -en este caso del BIS- inserto en el estudio sobre las criptodivisas, de finales de octubre, constata el cambio de visión de las autoridades monetarias. La muestra, de 66 bancos centrales, revela que el 80% de ellos son partidarios de su implantación. Diez puntos por encima del año anterior. Y el 10% estarían dispuestos a ponerla en circulación entre uno a tres años, el doble que en los sondeos anteriores.  

 

 

 


   
El cambio de rumbo de las autoridades monetarias rememora la doctrina de Rudi Dornbusch, el economista de origen alemán que dirigió durante 27 años la cátedra de Economía del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), donde impartió clases al Nóbel Paul Krugman o a Kenneth Rogoff y que aseguraba a menudo que, “en economía, las cosas tardan más en pasar de lo que pensabas, y después ocurren más deprisa de lo que creías”. O la consigna lenninista de que “hay décadas donde no ocurre nada y semanas en las que se suceden décadas”. Porque las maniobras de los organismos reguladores hacia las divisas digitales es un giro copernicano. Su necesidad de subirse el tren digital, al viaje de las criptomonedas, supone una auténtica revisión de la relación económica global. Christine Lagarde lo dejó reflejado en una reciente conferencia, al hablar del papel de los bancos centrales. “Tenemos el deber de jugar un papel activo en el equilibrio de los riesgos y los beneficios de la innovación en el sistema de pagos”, afirmó antes de precisar que “lo más importante, y no por ello más improbable, es que tengamos que atender todas las transacciones que se realizan a través de carteras electrónicas, de mayor crecimiento que las que proceden de depósitos bancarios, y que están denominadas en divisas digitales y con escasos vínculos con las monedas soberanas, lo que dejaría en debilidad la propia soberanía monetaria” de los bancos centrales. Los bastiones de sus políticas, los tipos de interés, han cedido preeminencia en favor de la gestión fiscal, de los gobiernos, las reglas de impuestos y gastos, que han sucumbido en un descenso anómalo, hasta registrar precios de dinero negativos, desde posiciones cercanas a cero en la práctica totalidad de los organismos monetarios de las potencias industrializadas, sin poder evitar la materialización de la recesión por efecto de la Gran Pandemia.  

 

Este contexto ayuda a explicar la forzada reevaluación de los bancos centrales de su papel sobre las monedas y la creación de dinero. Tras una larga década de siesta geoestratégica respecto de las criptodivisas. Sobre todo, por los avances de economías hegemónicas como China hacia el yuan virtual, que no deja de ser una fórmula virtual de dinero. “No es una criptomoneda porque no utiliza tecnología de pagos blockchain. De igual manera que difiere de Alipay o WeChat como plataformas de transacciones apoyadas en un modelo bancario”, aseguran Raymond Yeung y Xing Zhaopeng, economistas de Australia and New Zealand Banking (ANZ). Pero su método M0 permite el dinero en circulación -unos 8 billones de yuanes- el 3,7% del M2 -agregado monetario que controla la masa monetaria- y que incluye las monedas y billetes en manos del público y las reservas de los bancos (M1) más depósitos a corto plazo (hasta dos años) en libretas de ahorro, cuentas a la vista y acuerdos de recompra diaria en el sistema financiero de un mercado. China podría estar en disposición de superar los 10 billones de yuanes digitales en su economía. En un estudio del BIS previo, de carácter teórico -Rise of the central banck digital currencies: drivers, approaches and technologies- dirigido por Raphael Auer, Giulio Cornelli y Jon Frost, resaltan los beneficios de las divisas digitales “en las naciones donde la economía informal es más extensa” y señalan que “ninguno de los proyectos busca reemplazar el dinero líquido, sino ofrecer unos complementos de pagos digitales”. Australia, economía industrializada, ha establecido también un sistema de pagos digital, aunque no tan asentado en el circuito económico como el de China u otros mercados emergentes. El Reserve Bank australiano dice que se comporta “de forma muy favorable con respecto a las transacciones que se realizan con otros países y que el acceso a los billetes físicos sigue siendo normal”. Desde su consejo ejecutivo se reconoce que “observarán con la debida atención la experiencia digital en otras jurisdicciones” y que proseguirán con sus “investigaciones tecnológicas y el estudio de las implicaciones políticas de desarrollar una divisa digital”, como escribe en su boletín económico.  

Yeung, el analista de ANZ, también llama la atención sobre otra de las urgencias que marcan las perspectivas de instauración de divisas digitales, la posible desglobalización, impulsada por las guerras comerciales, personificadas especialmente en las hostilidades entre EEUU y China, que se justifican, a los ojos de la Administración Trump, por el excesivo déficit comercial americano y la amenaza a la seguridad nacional y que ha traído consigo políticas heterodoxas y el liderazgo hegemónico del billete verde. Hasta semanas antes de la llegada del Covid-19. La reedición del dólar fuerte hizo convulsionar el valor de casi todas las monedas de los mercados emergentes. “El exorbitante privilegio” del billete verde americano desde mediados del siglo pasado ha sido “casi inquebrantable”. Pero su preeminencia internacional después de décadas de globalización ha levantado recelos en países como China, que persiguen una desdolarización de la economía global. Objetivo que explica la política de Pekín hacia la digitalización y su proyecto monetario que, además, contribuye a evitar que las tensiones financieras derivadas de episodios como la actual Gran Pandemia, deterioren el poder adquisitivo y los flujos de negocios de la cada vez más creciente e influyente clase media china. En plena transición de una economía exportadora -la Gran Fábrica mundial- a un modelo, ya en rodaje desde la crisis de 2008 más industrializado en la que predomina la demanda interna; es decir, el consumo de sus ciudadanos y la inversión empresarial, explica Yeung. “La intención de China no es tanto reemplazar el dólar como dar un protagonismo esencial a la divisa digital y a determinadas criptomonedas”, precisa. En su opinión, “para preservar el espíritu de la tecnología blockchain, las autoridades monetarias y políticas mundiales deberían desarrollar criptomonedas oficiales que pueda solventar ciertas operaciones de divisas privadas, así como la buena gobernanza de sus reservas, con vistas a que se puedan rastrear transacciones de lavado de capitales o de financiación del terrorismo”.

Además de Lagarde, el gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, trata de convencer a la banca comercial de la necesidad de lanzar divisas digitales. La presidenta del BCE lo hace con una clara apelación a la prudencia: “es un área donde debemos avanzar con cautela”, porque “claramente es una demanda creciente con una tecnología capaz de ponerla en marcha”, si bien “entraña riesgos para el sistema monetario internacional y, a largo plazo, para la estabilidad financiera”. En este sentido, Coeuré, que también fue director del grupo de trabajo del G7 sobre esta cuestión desde su cargo ejecutivo en el BCE -que ostenta desde 2011- ha criticado la Libra digital de Facebook. “Es como un elefante en un banco de arena”, en alusión a las criptomonedas que operan sin regulación. A su juicio, se necesitan “monedas estables” con supervisión y reglas. El ministro de Finanzas francés, Bruno Le Maire, ha llegado a avanzar que prohibirá la moneda virtual del gigante tecnológico estadounidense. Mientras el BCE mantiene un proyecto abierto y en colaboración con el Banco de Japón, denominado Stella, para examinar la potencialidad de las divisas digitales.

De igual manera que han emprendido iniciativas similares las autoridades monetarias de Suecia, Suiza y, por supuesto, China. Carney también admitió en un seminario de Finanzas este verano que las divisas “sintéticas” podrían gradualmente reemplazar el dominio del dólar en el escenario global. Y reclamó la participación ineludible del sector privado en este camino. En sintonía con el BCE. Coeuré, la autoridad europea en la materia, aplaudió la iniciativa de una veintena de bancos de la UE, entre ellos BNP Paribas y Deutsche Bank, de crear un nuevo sistema de pagos digital, denominado European Payment System Initiative, al igual que Pepsi. Con la intención de competir con el modelo ApplePay estadounidense o el Alipay chino. “Los mecanismos de los bancos centrales para impulsar potenciales proyectos de divisas digitales no deben distorsionar o interrumpir soluciones privadas de mercado que puedan ser más rápidas y eficientes para crear sistemas de pago en la zona del euro”, explicó. Porque, además, provocaría ahorros de costes transaccionales a las entidades. El gobernador del BoE afirmó que “mantiene la mente abierta” a dar resguardo soberano a una libra digital. 

Larga vida a las divisas digitales

La dicotomía de los bancos centrales encierra una máxima: la defunción de las criptomonedas y la supervivencia de las divisas digitales. En medio del paulatino descenso y uso del dinero físico. Muy agudizado durante la recesión global que ha dejado el coronavirus. En China y en latitudes como América Latina o Corea del Sur, los programas de estímulo e inyecciones monetarias que han regado los mercados para contener la epidemia del Covid-19 ha propiciado una limpieza de activos. Y el dinero virtual ha sido determinante para ello, lo que induce a pensar -dicen desde The Economist- que los bancos centrales podrían cambiar su gestión de la liquidez bancaria y del dinero físico en circulación. Decenas de autoridades monetarias han iniciado la ruta digital. Pero China lleva ventaja. Empezó a explorar la divisa digital en 2012 y el pasado ejercicio, contabilizó transacciones por móvil por valor de 349 billones de yuanes, 49 billones de dólares. Cuatro de cada cinco operaciones. El catedrático de la Universidad de Edimburgo, Chris Speed, director de la cátedra de diseño informático, anticipa que el dinero en efectivo “está retratado, en una fase de cortocircuito”. Speed cree que sufrirá una defunción precipitada. “Desaparecerá en 2030” se atreve a pronosticar. “Porque los gobiernos lo mantienen con vida, pero su suerte está escrita”. Su recomendación pasa por que los bancos centrales apuesten por las divisas digitales, a las que deben imponer sus criterios soberanos y de control. Una situación que Databricks pone todavía en cuestión. El dirigente de esta firma de servicios financieros globales, Junta Nakai, duda de que la mayoría de los gobiernos, “por razones de igualdad y seguridad nacional” permitan que el dinero líquido desaparezca. 

El World Economic Forum (WEF), organización que gestiona las cumbres de Davos, afirma que los pagos digitales se han asentado durante la pandemia. No sólo en los mercados emergentes y las potencias industrializadas. También en países en desarrollo. Togo, por ejemplo, con apenas 8 millones de habitantes, ha distribuido con celeridad sus apoyos financieros de emergencia por el Covid a través de terminales móviles. Una tendencia que se elevó hasta el 80% entre naciones subsaharianas y que totalizó el 30% de los subsidios globales. En el espacio emergente hay 228 operadores de telefonía por cada 100.000 habitantes, frente a los tan sólo 11 bancos y 33 cajeros automáticos. 

 

 

 


   
Para el FMI, en un paper reciente, defiende las divisas digitales porque proveen alternativas al dinero en efectivo y pueden fortalecer el acceso de los bancos a mayores garantías de pagos, reducen los costes de gestión del cash, promueven la inclusión financiera y están en condiciones de mejorar la eficiencia y la seguridad del sistema; especialmente, en los pagos transfronterizos. El Covid ha demostrado que estas modalidades de transacciones pueden ser más higiénicas y más efectivas y consistentes. 

 

Sin embargo, en este punto surge una nítida distinción. Entre criptomonedas y divisas virtuales con sello oficial de los bancos centrales. A estos -y al BIS- el negocio del bitcoin, emblema de las primeras, les resulta “un pobre sustituto de la sólida arquitectura financiera y bancaria”. Como lo demuestra -dicen- el hecho de que no han sido capaces de escalar al son de las demandas de las transacciones, son propensas a la congestión y altamente oscilantes en su valor”. Las divisas digitales, proyectadas desde bancos centrales con la cooperación de la banca comercial bajo la tecnología blockchain, propia de las criptomonedas -explica la consultora McKinsey- aportan un triple colchón de seguridad. En primer lugar, controlan el uso de esa tecnología, frente a la alta descentralización que opera en las criptomonedas. Las divisas mantienen el reforzamiento del poder de control de los bancos centrales y de la capacidad regulatoria de los gobiernos, además de involucrar a los bancos comerciales en el circuito de pagos. En segundo término, las Central Bank Digital Currencies (CBDC) es dinero fiduciario, y las divisas digitales una representación del mismo, pero sometido a las normas monetarias. Y, finalmente, porque las instituciones oficiales custodiarán su adecuado funcionamiento. ¿Criptomonedas?, no hay opción, pero sólo bajo unas modalidades de divisas digitales, concluye el estudio de la firma. Las CBDC’s son monedas al uso, dinero tradicional, pero en su versión virtual. Sometidas y gobernadas por bancos centrales. En contraste a las criptomonedas, producidas por un complejo puzzles matemáticos y gestionadas de manera dispar por comunidades online, sin organismos centralizados de control. 

El gobernador del BoE considera que las divisas digitales son el mejor antídoto contra la anarquía de las criptomonedas. Carney insiste en que la volatilidad del bitcoin “muestra los problemas de las divisas virtuales” a las que -insiste- “deberían aplicarse regulaciones estrictas para acabar con su heterodoxia”. Es el momento de “someter a los sistemas de activos encriptados a las mismas normas y estándares que al resto del sistema financiero”. El responsable de la política monetaria de Reino Unido, que también preside el Consejo de Estabilidad Financiera, recordó la explosión de criptomonedas al calor del boom tecnológico. E hizo suyos los cálculos de CryptoMarketCap de que los dos millares de divisas encriptadas movilizaron entre marzo de 2017 y diciembre de 2019 más de 438.000 millones de dólares. Además de recordar la prohibición de varias bigtechs, entre ellas Facebook y Google, de prohibir operaciones en sus plataformas bajo esta modalidad. 

Los países buscan su lugar en los pagos cibernéticos

“La divisa de Facebook ha fracasado y no puede funcionar bajo su actual formulación”. Así de explícito se mostró hace unas semanas el ministro de Finanzas de Suiza, Ueli Maurer, porque -explicó- “no creo que la libra [de esta multinacional] obtenga el permiso de los bancos centrales con su cesta de divisas”. El valor de Bitcoin, que ha pasado de los 9,130 dólares desde septiembre a superar los 12.000 el pasado 4 de noviembre, ha llegado a cotizar por debajo de los 8.000 en la mayor parte de la Gran Pandemia. Hasta perder 130.000 millones de dólares desde el inicio de marzo. JP Morgan sigue hablando de distopía post-capitalista al evaluar las criptomonedas. “Siempre hemos sido escépticos sobre su valor en climas económico-financieros diversos, salvo cuanto se pierde la fe en los principales activos de reserva, el dólar, el euro, el yen y el oro, o en el sistema de pagos internacional” escribían recientemente sus analistas en una nota inversora. Desde Goldman Sachs, en cambio, ven recorrido a las divisas digitales. “Los bancos centrales van a poner en liza sus planes de monedas virtuales mucho más rápido de lo esperado”. Gracias a la aportación, el apoyo y la supervisión regulatoria del BIS que, además, configurarán la hoja de ruta de sus hubs en innovación. Como ya han empezado a hacer centros financieros como Hong-Kong o Singapur. Ante la demanda creciente de consumidores y de fintechs y el interés de las autoridades monetarias de que no se decanten por las criptomonedas. Los bancos deben actuar para evitar su posición de dominio en el sistema de pagos en favor de las grandes corporaciones tecnológicas. Eso sí, una vez los bancos centrales aceleren con mayor rapidez el armazón legal para las divisas digitales y habiliten una red de exigencias y requerimientos a las criptomonedas. Y vigilen fraudes y robos como el que sufrió Binance, una de las principales criptomonedas, por valor de 40 millones, a través de retiradas de depósitos, y que obligó a suspender su cotización en mayo de 2019.

En esta tesitura, varias economías están moviendo sus hilos para encauzar la era digital con una divisa virtual oficial. Suiza, por ejemplo, se encamina hacia un centro cripto-financiero. Uno de los asesores del Ministerio de Finanzas, Marc Bernegger, defiende que su país es el lugar idóneo para convertirse en hub empresarial con criptomoneda. “Tenemos un sistema confederalista, con estados federales y condados individuales, con competencias específicas, lo que ofrece más transparencia al gobierno. Y criptomonedas como Bitcoin o Ether son efectivamente unidades monetarias de abstracción matemática y Suiza dispone de normas regulatorias extremadamente favorables a los negocios”. Es un centro bancario que necesita reinventarse. Reto que suscribe el titular de Economía, Johann Schneider-Ammann, para quien Suiza, enclave que preserva el secreto bancario, busca “llegar a ser una cripto-nación”. En su opinión, su descentralización, su democracia directa y su histórica defensa del liberalismo invitan a dar el paso. Sin especificar si la apuesta será un franco suizo digital o dar licencia de actuación a las divisas corporativas o, en su caso, también a las criptomonedas. En cualquier caso, anticipa que la protección regulatoria a los consumidores será el armazón preciso para adentrarse en la digitalización monetaria. Entre otras razones, porque “Suiza necesita consolidar en el futuro su atractivo como centro financiero y de negocios”, afirma Bernegger. 

Reino Unido también sopesa este paso. John Glen, secretario del Tesoro y ministro de la City, considera que la capital británica, después del Brexit, “puede convertirse en un floreciente y estable mercado de criptomonedas”. Aunque advierte: “antes de lanzar cualquier narrativa en esta dirección, es prioritario analizar que la regulación sea la adecuada”. Aunque ya ha avanzado en esta senda. Porque Reino Unido dispone de una unidad de vigilancia -task force- para seguir y controlar criptomonedas y “gestionar los riesgos de los activos encriptados, tanto de los daños como de potenciales beneficios”. También Liechenstein o Andorra, han acometido reformas en sus ordenamientos jurídicos para facilitar el aterrizaje de criptomonedas. En una lucha por llegar a ser el centro financiero europeo. 

Singapur es otra de las latitudes que están adecuando su legislación para facilitar la implantación de firmas con cripto-negocios. Pero sin descuidar los controles. Porque una parte de sus reglas de supervisión, hasta ahora tildadas de laxas, no serán empleadas, según el director gerente de la Autoridad Monetaria de la ciudad-estado, para atraer negocios, sino para permitir la relación entre las empresas y los bancos locales y fintechs que utilizan criptomonedas para alcanzar los acuerdos de pagos que consideren convenientes. Ravi Menon dice creer en este consenso para que los bancos utilicen nuevas fórmulas de transacciones monetarias y las empresas, para que desarrollen con garantías sus líneas de negocio. Un modelo a medio camino entre las leyes de Japón, que dan la bienvenida a los pagos digitales, y China, que ha prohibido el uso de ciertas criptomonedas. “No tenemos previsto exigir licencias” como ocurre en Japón. Aunque establece una lista de tres escalas en función de los rigores de supervisión y de su tecnología blockchain.

Pero, quizás, el botón de muestra más haya sido Petro, la criptomoneda venezolana, por el que el Gobierno de Nicolás Madura apuesta, aunque los economistas achaquen esta maniobra a un intento desesperado de evitar la agonía del bolívar que, en momentos del pasado ejercicio, llegó a devaluarse hasta un 95%. Sus activos están asociados a las reservas de crudo del país -a una cesta de precios del petróleo- que se ajusta a la baja con un descuento variable, y que opera en operaciones comerciales. También para el pago de impuestos, comisiones y precios públicos. A pesar de las interferencias tecnológicas de un mercado con fallos de conexión permanentes. El petro, con el que Caracas paga también cuotas de pensiones, ha servido para frenar la galopante hiperinflación. De forma virtual. Porque los precios siguen disparados, pero ahora ocultando la comparación en bolívares. Aunque tampoco es una criptomoneda al uso. Dicen sus detractores -y especialistas en sistemas de pago- que es un token digital, una ficha centralizada, politizada, direccionada y multipropósito. El Gobierno decide si lo usas como un beneficio social o para apostar en un casino. No se mina, tampoco es de uso voluntario sino obligatorio, la única manera que han encontrado para darle usabilidad. Es discrecional, el Gobierno decide cuando lo apaga.  

JP Morgan, pese a tildar de fraude a las criptomonedas, acaba de poner el énfasis, sin embargo, en un necesario seguimiento de su actividad. En un momento de cambios drásticos y fulgurantes en la economía y el sistema financiero por el Covid. “El extremadamente rápido crecimiento de las criptodivisas, su caída posterior, ambas en tanto en término de número de monedas como de precios, y sus retos en la actual estructura financiera, obligan a todos los partícipes del mercado a seguirlas de cerca y a entender este nuevo mercado". Porque el 85% de los bancos y el 94% de las empresas han emprendido en los últimos años proyectos basados en blockchain. Y porque la capitalización de criptomonedas roza el billón de dólares, según la base de datos CoinMarketCap.