El S&P 500 es algo más que un índice famoso. S&P reúne 500 compañías líderes y cubre aproximadamente el 80% de la capitalización bursátil disponible en Estados Unidos. Por eso importa tanto para el inversor particular. Aunque uno no tenga un fondo indexado puro al S&P 500, es muy probable que su fondo global, su cartera perfilada o su plan de pensiones tenga una parte relevante de exposición a Estados Unidos. Cuando este índice se mueve se mueve una parte importante de las carteras de medio mundo.

Fuente: Carlos Arenas Laorga

El gráfico que he preparado es muy útil porque condensa en pocas semanas una de las grandes pruebas psicológicas de la inversión. Enero y febrero fueron meses de vaivenes moderados. El índice llegó a estar cerca del 2% de rentabilidad y durante un tiempo pareció que el mercado estaba digiriendo bien el arranque del ejercicio. Después llegó marzo, la línea empezó a deteriorarse y el S&P 500 terminó marcando ese mínimo del -7,05% por la guerra de Irán.

Ahí suele aparecer la tentación de protegerse. El inversor vende, reduce exposición o paraliza sus aportaciones periódicas con la idea de volver cuando el mercado esté más tranquilo. Para que esa decisión salga bien hay que acertar dos veces: primero, el momento de salida; después, el momento de entrada. Y, además de que eso es imposible porque no tenemos bola de cristal, el mercado acostumbra a rebotar cuando todavía quedan dudas.

Desde el mínimo de abril, el S&P 500 recuperó primero el terreno perdido, después avanzó hacia el 4,47%, más tarde alcanzó el 10,04% y finalmente se situó en torno al 7,91% cuando escribo este artículo. Quien compró cerca del mínimo no ha necesitado esperar años para ver el efecto. La recuperación desde el punto más bajo alcanzó el 18,39% en el tramo más favorable y todavía rondaba el 16,09% después del retroceso posterior. La diferencia entre vender por miedo y comprar en rebajas puede ser enorme en muy poco tiempo.

No se trata de acertar el mínimo exacto. Ese planteamiento suele llevar a la frustración. El inversor no necesita esperar el punto perfecto para entrar. Lo razonable es construir una estrategia que permita aprovechar las caídas sin depender del market timing. Aportaciones periódicas, diversificación, horizonte temporal suficiente y una parte de liquidez prevista para momentos de volatilidad.

Esto no significa comprar cualquier cosa que baja ni aumentar riesgo sin pensar. Me refiero a que si el inversor tiene una cartera diversificada, un horizonte de largo plazo y una exposición a renta variable acorde con su perfil, una corrección puede ser una oportunidad para reforzar, no necesariamente una razón para abandonar.

Además, los mejores días de mercado tienden a concentrarse cerca de los peores. Seis de los diez mejores días del S&P 500 se produjeron dentro de las dos semanas posteriores a los diez peores días, y que cinco de esos seis mejores días llegaron después de los peores. El mensaje es bastante práctico, a saber, que quien sale del mercado tras una caída puede perderse justo la parte más potente de la recuperación.

Las bajadas forman parte del proceso. Quien las vive como una anomalía suele reaccionar mal. Quien las incorpora a su plan tiene más opciones de aprovecharlas. La rentabilidad no suele estar en esperar a que todo parezca seguro, sino en tener criterio para seguir invirtiendo cuando el mercado ofrece mejores precios. Ahí se empieza a notar la diferencia entre mirar la bolsa como un susto o utilizarla como una herramienta seria para construir patrimonio.