El relato dominante insiste en que vivimos en una burbuja financiera generalizada. Sin embargo, si se aplica la lupa, el problema no está hoy en la deuda privada como en 2007. Tras la crisis de Lehman Brothers, el desapalancamiento fue profundo. En Estados Unidos, la deuda de los hogares pasó de rondar el 100% del PIB en 2008 a niveles claramente inferiores en la década siguiente. En Europa, el ajuste ha sido aún más duro en países como España, donde familias y empresas redujeron drásticamente su posición crediticia tras el estallido inmobiliario.
El sector privado hizo los deberes. Ajustó balances, vendió activos, recapitalizó y se sometió a una disciplina brutal impuesta por el mercado. Se puso las pilas, empezando por la banca. ¿Dónde está, entonces, la burbuja? ¿En la IA… o en el sector público?
La deuda pública global supera con holgura el 100% del PIB mundial, esto no es nada nuevo. En España, la inflación genera el efecto perverso de maquillar nominalmente la ratio mientras el PIB crece por población y la renta per cápita se estanca. Por tanto, no hay crecimiento real. Es como si una familia aumentara el gasto tirando de tarjeta de crédito y celebrara que su volumen de ingresos brutos sube a pesar de ser más en casa. Crece el Estado, decir, la deuda, no el país.
Hablamos de aparato, de regulación, de presión fiscal creciente para sostener una arquitectura que no deja de expandirse, de represión financiera y de sociedad que ya busca a trabajar en lo público como gran aspiración vital. Redistribución de riqueza, lo llaman. En la práctica, es redistribución de deuda hacia adelante. A las generaciones futuras.
Mientras tanto, al otro lado del tablero, hace tiempo que hay figuras que representan lo contrario. No como ideología abstracta, sino como arquitectura económica alternativa.
Bastantes de esas personalidades pueden encontrarse dentro de lo que se conoce como la “PayPal Mafia”. Está formada por el núcleo fundador de PayPal, (vendida a eBay), que dio lugar a una generación o movimiento o como lo quieran llamar, de empresarios con una visión profundamente escéptica respecto al Estado tradicional. Ahí están Peter Thiel como cabeza visible e ideólogo libertario declarado; Elon Musk, que cofundó la compañía y nos habla de ir a Marte (entre otras cosas); Reid Hoffman, creador de LinkedIn; o Max Levchin, cofundador también de PayPal y consejero de Coca Cola. De ese ecosistema nacieron, directa o indirectamente, empresas como Tesla, SpaceX, Palantir Technologies, la citada LinkedIn o YouTube (esta última, adquirida por Google tras su fundación por antiguos empleados de… PayPal).
No es casualidad. PayPal es una empresa de pagos que buscaba romper barreras bancarias y descentralizar, con seguridad máxima y costes mínimos. Hay una filosofía común: descentralización, soberanía individual, reducción de intermediarios, tecnología como herramienta de emancipación frente a estructuras rígidas.
A esa corriente se suman perfiles como Pavel Durov, de Telegram, o incluso un Mark Zuckerberg que parece reorientar su discurso hacia modelos más abiertos y menos alineados con la censura política tradicional. Por supuesto, Jeff Bezos, que va más por libre, aunque es claramente pro market.
Hay un factor más: estos tecno oligarcas (en despectivo término del presidente Pedro Sánchez), son tan indiscutiblemente inteligentes que están generando tecnología superior a las estructuras de Estado. Así, los poderes fácticos intentaron cancelar X (la antigua Twitter) propugnando la huida de dicha RR SS. Y sí, hubo seguidismo, aunque hoy está más fuerte que nunca, con el verificador de contexto añadido que los políticos odian con toda su alma. Porque, en lugar de sancionar las cuentas de quien cuestione el relato dominante, contesta con datos a cualquiera que lance acusaciones groseras. Frente a manipulación, información. Lo que más detesta históricamente el poder establecido.
Podemos discutir si es deseable, si es excesivo, si asusta —a mí también me genera vértigo, cómo no hacerlo—, pero es innegable que no sólo defienden, sino que avanzan hacia un cambio estructural.
No predican gasto público. Construyen infraestructuras privadas globales supreaestatales. No prometen derechos garantizados, pero sí productividad, eficiencia y escalabilidad. Frente al discurso europeo del “fin de la abundancia”, ellos trabajan bajo la hipótesis contraria: que la tecnología puede ampliar la frontera productiva. Elon Musk dice que cuando se alineen la energía con la IA y la robótica, “acabará el concepto de escasez”.
Mucho parece, pero el mercado los premia. Quizá con una euforia que roza lo excesivo en algunos momentos. Pero no estamos ante compañías sin ingresos como en 1999. Las grandes tecnológicas generan caja, dominan mercados y reinvierten a escala global. Valen billones (españoles, es decir, trillions americanos) porque facturan cientos de miles de millones y controlan redes que funcionan.
Mientras tanto, los bonos soberanos siguen siendo enormes en tamaño, sí, pero ofrecen rentabilidades reales pequeñas en un contexto de inflación estructural. La pregunta no es solo cuánto pesan en el sistema, sino dónde está el riesgo implícito de erosión de valor.
Un pequeño dato: el mercado de bonos de deuda pública es menor ya al de acciones, sobre todo si se netea la enorme cantidad que tienen los propios bancos centrales. Porque a ellos se les permite. Si una empresa cotizada emite nuevas acciones y las compra ella misma, no se le permite: se considera que ha generado deuda, no capital.
Las bolsas están en máximos (incluso la española, ¡por fin!) no porque el mundo sea estable, sino porque el capital busca protegerse de políticas fiscales expansivas y monetización implícita de deuda. Las acciones representan activos productivos. La deuda pública representa promesas futuras financiadas con más impuestos o más inflación. Los mercados se protegen de los Estados, por tanto.
El llamado “estallido libertario” no es una burbuja vacía. Es capital que se mueve hacia modelos de eficiencia frente a la expansión estatal permanente.
En Europa, para variar, el debate dominante gira en torno a Eurobonos, mayor mutualización y más regulación como respuesta estructural. Es triste y, a la vez significativo. Más Estado para resolver problemas creados, en parte, por exceso de Estado.
No es una batalla ideológica. Es una reasignación de capital, pero, por encima de ello, de modelo de sociedad. Es otra visión del mundo.
La cuestión no es si el Estado debe existir o no, sino si es sostenible tal como está, frente a un ecosistema tecnológico que crece más rápido que su capacidad de regulación y lo supera claramente en muchas cosas. Las últimas tragedias naturales parecen confirmar que el súper Estado no es capaz de dar soluciones ni siquiera en momentos de crisis.
De momento, los inversores parecen tener clara su preferencia. A los demás, siempre les quedará el recurso de insultar y demonizar a “los mercados”.