El mundo consume mensajes populistas que no tienen un pase, productos de ínfima calidad, y un alejamiento global del pensamiento y la concentración ante la sumisión al estímulo inmediato y continuo. La causa está clara: la adicción a la dopamina. La sociedad occidental es adicta a la mini respuesta cerebral placentera.
La Bolsa, como siempre, parece haberlo entendido antes que nadie. Basta observar cuáles son las compañías más valiosas del planeta. Apple supera los tres billones (españoles) de dólares de capitalización. Microsoft, Nvidia, Amazon, Alphabet o Meta también juegan en esa liga. Luego aparecen, corregidos y aumentados, Netflix, Disney, Spotify, Coca-Cola, McDonald's, Starbucks, Nike, o,¿por qué no?, Inditex.
Sectores completamente distintos... pero todos con un elemento común: han aprendido a convertir la adicción dopamínica de la micro recompensa en ingresos recurrentes y gigantescos.
Apple no vende teléfonos, sino un ecosistema del que resulta casi imposible escapar. Empiezas con un iPhone y, antes de darte cuenta, tienes unos AirPods, un Apple Watch, pagas iCloud, escuchas Apple Music y acabas viendo Apple TV+, sin poder sacar tu música de iTunes. Netflix no vende contenidos, vende consumo masivo de series, de las que, cuando un suscriptor se engancha, mira cuántas temporadas quedan: “seis más, menos mal”.
Spotify no vende música. Vende no soportar el silencio. Es la única razón posible para creer que tantísima gente trague con el ruido autotuneado. Meta no vende redes sociales, vende captación masiva de atención humana con scrollings, memes, stickers y shorts variados.
Amazon no vende productos, sino eliminar la fricción entre el deseo y la compra. Incluso Nvidia, el gran icono de la Inteligencia Artificial, termina proporcionando buena parte de la infraestructura que hace posible esta economía del estímulo permanente: videojuegos, recomendadores de contenido, generación de imágenes, asistentes conversacionales donde la gente vuelca sus frustraciones psicológicas a GPT, enamoramientos incluidos. La IA servirá para descubrir nuevos medicamentos; quizás, pero hace memes infinitamente mejores.
Más allá de una crítica moral, esto es una constatación económica. Las empresas más rentables del mundo han descubierto que el mayor activo no es la comida, ni la medicina, ni el petróleo, ni el acero. Ni siquiera los datos. Es nuestra adicción.
A los que nos gusta soñar con una sociedad próspera, liberal, culta, cívica, donde se dedique más tiempo a Bach que a Bad Bunny y a Berlanga que a First Dates, nos señalan, con toda la razón, que si eso fuera así, colapsaría la industria del ocio masivo y vacío. Caerían las plataformas, los fabricantes de cerveza, los video juegos on line, las RR SS y los macrofestivales. (Pequeña reflexión añadida: ¿cómo es posible que no haya una enorme multinacional del tatuaje?)
Por eso empiezo a pensar que el fondo temático más rentable de las próximas décadas quizá no sea uno de Inteligencia Artificial, ni de Defensa, ni de robótica. Quizá sea un ETF de la dopamina. Una cartera formada por todas esas compañías que han aprendido a monetizar nuestras grandes adicciones cotidianas.
Intelectualmente es deprimente, pero en términos bursátiles, me temo que sería un éxito extraordinario. Eso sí, llamémosle por su nombre de manera adecuada: Fondo Dopamínico.