Afortunadamente, el número de mujeres que requieren de ingreso en una Unidad de Cuidados Intensivos tras el parto es muy bajo -se calcula que se da en menos del 0,5% de los casos, en torno a 4,4 por cada 1.000 partos-, pero en estos casos se plantea la problemática de si se puede hacer algo para favorecer la permanencia del recién nacido con su madre.
“Para dar solución a esta situación hemos establecido una serie de criterios clínicos y organizativos que permitan la permanencia segura del recién nacido con su madre ingresada en UCI de adultos cuando la situación clínica de ambos lo permita”, aseguran las doctoras Marcela Hómez Guzmán y María Velázquez de Cuéllar, Jefas de Servicio de Medicina Intensiva y de Pediatría del Hospital Quirónsalud Valle del Henares respectivamente.
No hay ninguna duda de que la permanencia continuada del bebé con la madre inmediatamente tras el parto favorece el vínculo madre-hijo y el apego precoz, facilita la lactancia materna, disminuye el estrés neonatal y materno, y está alineada con las recomendaciones de humanización perinatal de la Organización Mundial de la Salud y de la IHAN.
“Para garantizar la seguridad tanto de la madre como la del bebé, se han establecido unos criterios de inclusión (tanto maternos como neonatales) y otros de exclusión”, señalan las expertas.
Dentro de los criterios de inclusión maternos se incluyen la estabilidad hemodinámica, un nivel de conciencia adecuado, capacidad física suficiente para una interacción adecuada, que no haya necesidad de ventilación mecánica (invasiva y no invasiva), que no exista soporte vasoactivo, y que la madre no se encuentre en aislamiento por patología infectocontagiosa ni por bacterias multirresistentes; además se requiere consentimiento explícito, para lo cual se requiere dejarlo por escrito en la historia clínica.
Además, existen algunas situaciones en las que la permanencia del bebé junto a la madre sería potencialmente compatible en función de algunas circunstancias que deben valorarse en cada caso: en caso de administración de oxigenoterapia (de alto o bajo flujo) y de administración intravenosa de suero, analgesia y/o antibióticos.
En cuanto a los criterios de inclusión neonatales, serían un recién nacido sano o con adaptación fisiológica normal, que no necesite monitorización continua, que reciba alimentación estable (lactancia materna o artificial) y que mantenga una temperatura estable sin soporte.
Finalmente, en cuanto a los criterios de exclusión, incluirían todas aquellas situaciones en las que no fuese posible garantizar adecuadamente la seguridad y la salud de la madre y/o del bebé: entre otras, situaciones de inestabilidad materna aguda o riesgo vital, sedación profunda o nivel de conciencia no adecuado para la interacción segura con el recién nacido, ventilación mecánica (invasiva y no invasiva), aislamiento activo por patología infectocontagiosa con riesgo significativo de transmisión al neonato, que el recién nacido precise monitorización continua o controles clínicos frecuentes, así como cuidados intermedios o intensivos o la revocación de la autorización por parte de la madre.
Todo ello, lógicamente, con el seguimiento y la reevaluación diaria tanto de la madre (por un médico intensivista y un ginecólogo) como del neonato (por el pediatra).
“En conclusión -afirman las doctoras responsables del proyecto-, la evidencia de revisiones sistemáticas, ensayos clínicos y documentos de consenso internacionales demuestran que el contacto piel con piel precoz y la minimización de la separación madre-hijo se asocian con mejores resultados neonatales (incluyendo lactancia materna exclusiva y termorregulación) y favorecen el apego afectivo sin incremento de riesgos cuando se aplican criterios clínicos apropiados.”