Tras un 2025 excepcional —con la bolsa global avanzando más de un 20%—, los mercados financieros encaran 2026 con un tono muy distinto. La euforia ha dado paso a la cautela y a una sensación incómoda: la percepción de que todo seguirá funcionando sin sobresaltos justo cuando los riesgos comienzan a acumularse.
Ese exceso de confianza es uno de los principales avisos que deja la última encuesta de Bank of America. Según el sondeo, una parte significativa de los inversores no está preparada para una corrección bursátil, al no contar con protección frente a caídas bruscas, el nivel más elevado desde 2018. En un contexto marcado por tensiones geopolíticas persistentes y valoraciones exigentes, el mensaje resulta inquietante. Los propios datos del estudio refuerzan esta lectura: un 38% neto de los encuestados esperaba a comienzos de año un crecimiento global más sólido, mientras que los niveles de liquidez han caído a mínimos históricos y la asignación a renta variable se sitúa en máximos desde finales de 2024. No es casual que el indicador de sentimiento, elaborado por el equipo que lidera Michael Hartnett, haya entrado en zona “hiperalcista”. Traducido: el mercado confía… quizá más de lo prudente.
Un mercado cada vez más concentrado
Buena parte de ese optimismo se ha sustentado en un reducido grupo de grandes compañías tecnológicas. Durante los últimos años, el S&P 500 ha avanzado impulsado por los llamados “siete magníficos”, hasta el punto de que invertir en el índice ponderado por capitalización ha supuesto, en la práctica, concentrar una parte muy relevante del riesgo en apenas una docena de valores. Sin embargo, la historia de los mercados es clara: ningún liderazgo es eterno. De ahí que gane fuerza la hipótesis de una rotación hacia el S&P 500 Equal Weight. No sería una anomalía estadística. Desde 1971, el índice equiponderado ha superado al tradicional en más de la mitad de los ejercicios y, en episodios previos de elevada concentración —como el registrado entre 1997 y 1999—, ese cambio de liderazgo dio paso a varios años de mejor comportamiento relativo. En determinados entornos, diversificar no solo reduce la volatilidad, sino que también mejora la rentabilidad ajustada al riesgo.
Ese giro hacia una mayor selectividad se refleja también en el discurso de las gestoras. Desde Pictet Asset Management comparten una visión más moderada tras años de subidas de doble dígito. Esperan retornos más contenidos y defienden una asignación mucho más precisa. Creen en el potencial de la inteligencia artificial, pero advierten de una creciente divergencia dentro del propio sector: mientras algunas compañías se endeudan de forma agresiva para financiar grandes inversiones en centros de datos, otras mantienen balances más sólidos y un comportamiento bursátil más consistente. Para la gestora, la IA ha entrado en una nueva fase, en la que el foco se desplaza desde el gran ciclo de inversión en infraestructuras y capex hacia aplicaciones, software y uso práctico de la tecnología. Paralelamente, identifican oportunidades en sectores defensivos como salud y biotecnología, con valoraciones atractivas, balances robustos y un contexto favorable de operaciones corporativas ante el vencimiento masivo de patentes en los próximos años.
La transición tecnológica, además, tiene un denominador común: la energía. “Sin energía no hay inteligencia artificial”, repiten cada vez más analistas. En España, algunas firmas ven una forma defensiva de jugar esta tendencia a través de compañías como Acciona Energía, Redeia o Merlin Properties, especialmente por su exposición al desarrollo de infraestructuras críticas y centros de datos.
A escala global, otro sector gana peso de forma sostenida en las carteras: la defensa. El gasto militar mundial ha alcanzado máximos históricos y, más allá del volumen, se está transformando en profundidad, con una creciente demanda de tecnología avanzada que abarca desde chips especializados hasta ciberseguridad. Para muchos inversores, el sector se consolida como una tendencia estructural, impulsada por un entorno geopolítico cada vez más incierto y con una baja correlación con el ciclo económico. En este contexto, cada vez más carteras optan por canalizar esa exposición a través de ETF indexados de defensa, una vía que permite capturar el crecimiento del sector sin asumir el riesgo específico de una sola compañía, aportando diversificación y eficiencia de costes.
Renta fija, criptomonedas y la búsqueda de protección
La prudencia también se traslada al mercado de crédito. En renta fija, las elevadas valoraciones obligan a afinar la selección más que nunca. Los fundamentales corporativos siguen siendo razonablemente sólidos, los niveles de endeudamiento se mantienen contenidos y la calidad del segmento high yield ha mejorado, lo que podría mantener las tasas de impago por debajo de su media histórica. Sin embargo, con diferenciales ajustados, el margen de error es menor y la gestión activa se vuelve clave.
En paralelo, las criptomonedas afrontan 2026 desde una posición muy distinta a la de ciclos anteriores. El debate ya no gira en torno a su supervivencia, sino a su función dentro de las carteras. Bitcoin comienza a percibirse como una asignación macro estratégica; Ethereum refuerza su tesis apoyada en flujos de caja; y el creciente interés institucional impulsa carteras diversificadas frente a apuestas individuales. Menos relato y más estructura.
Los activos ilíquidos, por su parte, resurgen como posible defensa frente a la inflación, aunque con una condición clara: exigir retornos suficientemente elevados que compensen la falta de liquidez y el mayor horizonte temporal. En este ámbito, los gestores priorizan compañías medianas y proyectos con capacidad real de generación de valor, alejándose de activos maduros y plenamente explotados.
Empresas prudentes y un elefante gris en la habitación
Pero la cautela no es solo cosa de los mercados. También se refleja en el ánimo empresarial. Según la última encuesta de PwC, presentada en el Foro Económico Mundial de Davos, solo el 38% de los CEO españoles confía en el crecimiento de ingresos para 2026, el nivel más bajo en cinco años. Un dato que refleja un entorno de toma de decisiones cada vez más complejo, marcado por la persistente incertidumbre geopolítica, el aumento de los riesgos cibernéticos y la dificultad para traducir las fuertes inversiones en inteligencia artificial en retornos financieros consistentes y predecibles. El resultado es una mayor cautela estratégica, con empresas priorizando eficiencia, control de costes y visibilidad a medio plazo frente a planes de expansión agresivos.
A esta pérdida de visibilidad se suma un factor estructural que trasciende el ciclo económico y condiciona el horizonte de largo plazo: el envejecimiento demográfico. La caída sostenida de la natalidad y el aumento de la esperanza de vida están tensionando de forma creciente los sistemas de pensiones, el gasto sanitario y los servicios de cuidados de larga duración, al tiempo que reducen la base de población activa. Es el llamado “elefante gris”: un riesgo ampliamente conocido y previsible, pero sistemáticamente postergado, que tendrá implicaciones directas sobre el crecimiento potencial, la sostenibilidad fiscal y las decisiones de inversión durante las próximas décadas. Un desafío silencioso que, sin reformas profundas, amenaza con convertirse en uno de los principales frenos económicos del futuro.
Formación y expectativas realistas
En este escenario de menor visibilidad empresarial, presiones demográficas crecientes y mercados cada vez más complejos, la forma de afrontar la inversión cobra una importancia decisiva. Curiosamente, son los inversores más jóvenes quienes muestran una visión más constructiva del futuro. Según un informe de Fidelity International, los menores de 35 años esperan mayores retornos y confían más en que sus carteras les ayuden a cumplir objetivos financieros a largo plazo. No se trata solo de optimismo generacional: cuentan con el activo más valioso en inversión, el tiempo, un factor clave para absorber volatilidad, asumir riesgo de forma gradual y beneficiarse del interés compuesto.
Esa lógica es la que explica el éxito de trayectorias como la de Warren Buffett, cuya fortuna no se basa únicamente en seleccionar buenas compañías, sino en la disciplina de mantenerse invertido durante décadas, sin dejarse arrastrar por el ruido del corto plazo. En un entorno marcado por la incertidumbre, el verdadero diferencial no suele estar en anticipar el próximo movimiento del mercado, sino en sostener una estrategia coherente a lo largo del tiempo.
Pero, por encima de cualquier activo concreto o moda pasajera, la ventaja competitiva del inversor sigue estando en el criterio, el método y la disciplina. La experiencia demuestra que las decisiones más sólidas se apoyan en formación continua, análisis riguroso y selección de productos capaces de ofrecer rentabilidad ajustada al riesgo de forma consistente. Bajo esa premisa se entienden herramientas como la Focus List de Estrategias de Inversión, un radar de fondos que se actualiza periódicamente para ayudar a materializar ideas de inversión por temáticas, geografías o estilos de gestión. Y también cobra sentido la vigencia de los fondos premiados por Estrategias de Inversión en 2025, que han seguido demostrando que la consistencia y la gestión profesional del riesgo suelen pesar más que el brillo puntual del momentum.
Y por encima de cualquier producto concreto, la primera regla de la inversión continúa siendo la formación. Solo el inversor que entiende los riesgos, los ciclos y los instrumentos a su alcance puede aspirar a transformar la volatilidad en oportunidad y el ruido en patrimonio. Esa es la filosofía que desde hace más de dos décadas impulsa Estrategias de Inversión, combinando análisis independiente y organizando cursos y seminarios gratuitos, para lo lograr que los inversores bien formados puedan ganar en bolsa de forma recurrente. Así, organizamos nuestro curso más completo para aprender a invertir con un método propio: el curso práctico de Bolsa y Trading, que realiza el equipo de análisis de Estrategias de Inversión, enfocado a la inversión a corto, medio y largo plazo con acciones, futuros, ETFs y Fondos de Inversión.
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