Los Impuestos Especiales son básicamente hidrocarburos (gasolina), tabaco, alcohol y electricidad. Sobre el papel, muchos se tratan de justificar por razones medioambientales, sanitarias o de corrección de externalidades. En la práctica, tienen un problema evidente al ser bienes o servicios difíciles de sustituir para los hogares de menor renta.

El gráfico que pongo un poco más abajo muestra que el tipo medio efectivo de los Impuestos Especiales fue del 1,3% para el primer quintil, alrededor del 1,0% para los quintiles segundo y tercero, 0,9% para el cuarto, 0,8% para el decil 9, 0,6% para el centil 91-99 y apenas 0,2% para el centil superior.

Fuente: Carlos Arenas Laorga, datos de FEDEA

El caso de los hidrocarburos es especialmente llamativo. Quien vive en una gran ciudad con metro, tren y posibilidad de teletrabajo puede reducir el uso del coche. Quien vive en un municipio pequeño y necesita desplazarse 30 kilómetros para trabajar no tiene tanta capacidad de elección. La fiscalidad verde, cuando se diseña sin tener en cuenta la renta y las alternativas, es decirle a quien no tiene ascensor que suba menos veces por las escaleras. Pues ya me dirán qué hacemos…

FEDEA confirma la regresividad de estos impuestos. En 2023, el conjunto de Impuestos Especiales representaba el 1,35% de la renta para los hogares del primer quintil y solo el 0,26% para el último centil. También señala que su contribución al aumento de la desigualdad es pequeña por su menor peso recaudatorio, pero existe.

Sorprendentemente, las cotizaciones sociales también son regresivas. Formalmente financian prestaciones sociales, sobre todo pensiones, pero económicamente funcionan como una carga sobre el trabajo. Y su diseño puede generar regresividad, especialmente en la parte alta de la distribución, por la existencia de bases máximas y porque las rentas altas tienen una mayor proporción de ingresos no laborales.

El gráfico tiene una forma de joroba. Es decir, es regresivo a medias. El tipo medio efectivo sube desde el 12,6% en el primer quintil hasta algo más del 21% en el decil 9, pero después cae al 17,4% en el centil 91-99 y se desploma al 5,3% en el centil 100.

Fuente: Carlos Arenas Laorga, datos de FEDEA

Esto no significa que las cotizaciones sean regresivas en todos los tramos. Para rentas bajas y medias, el tipo aumenta. Pero para las rentas más altas, el sistema pierde progresividad porque cuando existe una base máxima de cotización, llega un punto en el que ganar más no implica cotizar proporcionalmente más. Además, el top 1% suele obtener renta del capital, sociedades o patrimonio, y no necesariamente tanta renta salarial.

FEDEA concluye que todas las cuotas sociales tienen un efecto redistributivo negativo y que, en conjunto, las cotizaciones sociales aumentaron la desigualdad de la renta bruta en un 1,86% en 2023.

Es una paradoja que uno de los pilares del Estado del bienestar se financia, en parte, con un impuesto que penaliza especialmente el empleo formal y que deja de apretar con la misma intensidad en la parte más alta.

Y ojo con el último, que es el Impuesto sobre el Patrimonio. Hasta patrimonio machaca a los que menos tienen. Eso sí, en forma de U. No muestra una regresividad clásica de principio a fin. El primer quintil soporta un tipo medio del 0,28%, después el tipo cae hasta el entorno del 0,07%-0,11% en tramos medios y vuelve a subir al 0,20% en el centil 100.

Fuente: Carlos Arenas Laorga, datos de FEDEA

No estamos ante un impuesto regresivo puro, sino ante una anomalía distributiva muy interesante. Hay hogares con baja renta anual pero patrimonio relevante, probablemente por vivienda, edad, herencias o activos acumulados. Para ellos, el impuesto puede ser pesado en relación con su renta corriente.

El problema de fondo es el mismo que en el IBI que vimos en el anterior artículo, pero elevado a categoría patrimonial. Es decir, se grava la riqueza aunque no necesariamente exista liquidez. Una cartera, una empresa familiar, o un inmueble pueden tener valor, pero no generar caja para pagar el impuesto sin vender activos. Y vender activos para pagar impuestos es lo peor del mundo para la economía. Es como intentar adelgazar cortándose un brazo. Técnicamente reduces peso, pero no parece una estrategia muy recomendable. Otro ejemplo menos dramático que suelo poner. El impuesto sobre la renta es repartir los peces de dos pescadores, en donde el primer pescador cogió cero peces y el segundo 10. El de patrimonio es coger la caña de quien pescó 10 y trocearla para darle un trozo al que no pescó. No te cargas el fruto del trabajo, sino la generación misma de riqueza de una economía. Por eso, el peor impuesto para los menos cualificados es el del capital. Suena paradójico, pero es así.

La regresividad fiscal tiene tres problemas principales.

Primero, reduce la renta disponible de quienes tienen menos margen. Un hogar de renta alta puede ajustar ahorro, inversión, o consumo. Un hogar de renta baja ajusta calefacción, o alimentación. No es el mismo ajuste.

Segundo, dificulta el ahorro. Y sin ahorro no hay colchón, no hay inversión. Si el sistema fiscal grava con intensidad el consumo básico, el trabajo y la vivienda habitual, está poniendo piedras en la mochila de quienes intentan salir del barro. Es más complejo dejar de ser pobre.

Tercero, genera una ilusión fiscal peligrosa. Como muchos impuestos regresivos son indirectos o poco visibles, el ciudadano no siempre percibe cuánto paga realmente. El IRPF escandaliza porque se ve. El IVA, el IBI, los Impuestos Especiales o las cotizaciones empresariales pasan más desapercibidos.

Por eso conviene entender los impuestos regresivos. Porque afectan al bolsillo, pero también al ahorro, a la inversión, a la vivienda, al empleo y a la capacidad de una sociedad para generar prosperidad. Y porque la educación financiera no consiste solo en saber qué fondo comprar, sino también en entender cuántas fugas tiene el barco para saber dónde arreglar y evitar hundirse.