Según los datos, desde abril de 2020 hasta abril de 2026 la inflación real acumulada lleva una subida del 25,7%. Si la inflación hubiese seguido el camino teórico del 2%, el índice estaría en una subida del 11,2%. La diferencia no es un matiz de decimales. La cesta del súper se ha encarecido más —un 36,4% los alimentos—.

Fuente: Carlos Arenas Laorga

Una inflación del 2% no significa estabilidad de precios. Significa que cada año el dinero pierde un poco de poder adquisitivo. Es como una gotera en el techo. En principio no pasa mucho, salvo que es molesto, claro. Y sabes que como no lo arregles, cuando llueva vas a tener un problema. Y si sigues sin arreglarlo, después de varios años, tu casa parecerá Venecia. El problema no será pasar el polvo, sino quitar las algas del fondo.

Pongamos un ejemplo sencillo. Una cesta de la compra que costaba 1.000 euros en noviembre de 2020 debería costar hoy, con inflación al 2%, unos 1.112 euros. Con la inflación real costaría 1.251 euros. Es decir, 139 euros más al mes que en el escenario prometido. Al año, hablamos de casi 1.670 euros adicionales. Y no por vivir mejor; es comprando lo mismo.

La inflación te empobrece, pero beneficia al estado. Y no poco.

Primero, porque muchos impuestos se calculan sobre precios nominales. Si un producto pasa de 100 a 125 euros, el IVA también se cobra sobre 125. El Estado recauda más aunque tú no seas más rico, aunque la empresa no venda más unidades y aunque la economía real no haya producido más riqueza.

Segundo, porque la inflación empuja salarios nominales hacia arriba. Si tu sueldo sube para compensar la pérdida de poder adquisitivo, puedes terminar pagando más IRPF aunque en términos reales estés igual o peor. Este fenómeno, conocido como progresividad en frío, es una maravilla para Hacienda: recauda más sin aprobar una subida formal de impuestos.

Tercero, porque la inflación erosiona el valor real de la deuda. Si el Estado debe 100 y los precios suben, esos 100 pesan menos en términos reales. El deudor gana cuando la moneda pierde valor. Y casualmente, el mayor deudor de la economía suele ser el sector público. Qué coincidencia tan entrañable.

El gran perjudicado es el ahorrador conservador. Esa persona que ha trabajado, gastado menos de lo que ingresa, y no se mete en líos. El ciudadano prudente. El que no se compra el coche que no puede pagar.

Un ahorrador con 50.000 euros en noviembre de 2020 mantiene hoy los mismos 50.000 euros nominales, sí. Pero su poder adquisitivo real habría caído a unos 39.960 euros de entonces. Es decir, habría perdido más de 10.000 euros de capacidad de compra. Con una inflación al 2%, la pérdida habría sido de unos 5.000 euros.

Creemos que somos igual de ricos porque vemos la misma cifra en la pantalla del banco. Pero la riqueza es capacidad de compra. No importa cuántos euros tengas; importa cuántas horas de calefacción, cuántos kilos de comida, cuántos meses de alquiler o cuántas participaciones de fondos puedes comprar con ellos.

El dinero quieto está corriendo hacia atrás.

Muchos ahorradores dicen que no invierten porque no quieren asumir riesgo. El problema es que no invertir es el único riesgo que seguro que se materializa. Incluso en máximos bursátiles, sí.

La inflación es una de las mayores transferencias de riqueza. Desde los ahorradores hacia los deudores. Desde los prudentes hacia los apalancados. El incentivo es muy perverso y pocas veces se habla de ello.

No hace falta imaginar una conspiración. Basta con entender los incentivos. Si el estado recauda más cuando suben los precios, si su deuda pesa menos en términos reales y si muchos contribuyentes pagan más sin ser más ricos, la inflación no es solo un problema macroeconómico. Es una herramienta de redistribución del prudente al estado.

Por eso la educación inversora no es un lujo para frikis. Ahorrar es el primer paso. Invertir es el segundo y es necesario.