Se trata de darle un zarpazo al patrimonio financiero de los particulares. Llevamos tiempo alertando que el ahorro particular hace salivar de deseo a los políticos y se mueren de ganas de morderlo más

Por resumirlo rápido: el Gobierno neerlandés está tramitando una novedad fiscal sobre el ahorro por el cual, a partir de 2028, pagará un ¡¡36%!! sobre el incremento anual del valor de las inversiones, (de verdad que sólo falta Eddy Murphy en Superdetective en Hollywood diciendo “¿está de cachondeooo?!!!...”), aunque no se hayan vendido. Es decir, si sus acciones, fondos o criptomonedas suben durante el año, deberá tributar (pagar) por esa revalorización aunque no haya ingresado un solo euro en su cuenta. No se esperará al momento de la venta para liquidar el impuesto; se hará cada ejercicio sobre la subida “en papel”. 

Una reforma con la que sueñan Kamala Harris y Alexandra Ocasio-Cortés; Yolanda Díaz… y supongo que también Macron, Von der Leyen o el propio Feijóo. No lo digo ni remotamente en broma. 

La reforma que se ha aprobado para el llamado “Box 3” (el que grava ahorro e inversiones. El 2 es para participaciones empresariales y el 1 rentas del trabajo y vivienda), y que entraría plenamente en vigor en 2028, altera ese equilibrio de manera profunda. El origen es jurídico: el Tribunal Supremo declaró inconstitucional el sistema anterior, que gravaba una rentabilidad ficticia sobre el patrimonio financiero. También eso era patético. Lo discutible es cómo se ha resuelto.

En términos prácticos, si una cartera de acciones pasa de 100.000 a 120.000 euros en un año, el contribuyente tributará por esos 20.000 euros la friolera de 7.200 euros a tocateja, aunque no haya materializado ganancia alguna ni haya recibido liquidez. Si al año siguiente el mercado corrige y la cartera vuelve a 100.000, el impuesto pagado no desaparece mágicamente ni se compensa con la misma facilidad que se pagó.

En fin… de verdad que se quitan las ganas de escribir. 

Por seguir, este mecanismo altera el principio básico del funcionamiento del capital: el diferimiento fiscal que facilita el interés compuesto. Dicho de otro modo: se lo carga. 

El interés compuesto no es una abstracción matemática, es la base silenciosa de la acumulación patrimonial a largo plazo. El secreto de Warren Buffett. Funciona porque el capital no se ve erosionado cada ejercicio. Es bueno, porque el inversor puede mantener posiciones durante años, incluso décadas, dejando que los rendimientos se acumulen y se reinviertan íntegramente hasta el momento de la venta. Y, entonces, sí, se pagan impuestos. 

Cuando se introduce una tributación anual sobre plusvalías latentes, el crecimiento deja de ser exponencial y pasa a estar recortado sistemáticamente. 

No estamos hablando de especulación a corto plazo. Estamos hablando de ahorro privado, fruto del trabajo. Disciplinado, de inversión buy & hold, de patrimonios construidos con paciencia. El mensaje implícito es claro: también queremos su ahorro.

Holanda no era sospechosa de hostilidad hacia el capital. Al contrario. Fue durante años uno de los grandes polos europeos de atracción empresarial, con un marco jurídico previsible, una fiscalidad competitiva y una cultura económica orientada al comercio y a la acumulación de riqueza productiva. No se trataba de un paraíso fiscal caricaturesco, sino de un país que entendía algo básico: el capital necesita estabilidad, diferimiento y horizonte temporal.

Países Bajos había sido históricamente un país donde el capital privado gozaba de legitimidad social. Ahora, el mensaje parece otro: el patrimonio financiero debe ser confiscado, aunque ni siquiera genere liquidez. 

Todo esto ocurre en un contexto europeo más amplio, donde el debate dominante gira en torno a la mutualización de deuda, nuevos eurobonos y ampliación del perímetro fiscal. El Estado como asegurador universal, financiado con deuda creciente y presión impositiva sostenida. La narrativa es la de la equidad y la redistribución; la consecuencia práctica puede ser la penalización del capital paciente.

Se han ciscado en las recomendaciones de Mario Draghi o Enrico Letta, en cuyos recientes informes reinvidicaban unos mercados de capitales dinámicos, capaces de financiar los enormes retos energéticos y tecnológicos de Europa, para no quedarse definitivamente atrás en la carrera de la productividad, en la que ya va en el pelotón de cola. 

¿Con qué se creen que funcionan los mercados, con regulación? ¿Con deuda? ¿Con ideología? No: con ahorro. Confiscarlo es una boutade descomunal, pero de nuevo, los mercados y el capital son asuntos no ya soslayados, sino directamente atacados desde la clase política. Como si apenas tuvieran importancia. 

Mientras tanto, en Estados Unidos emerge una corriente muy distinta. La generación surgida en torno a la PayPal Mafir—Peter Thiel, Elon Musk, Reid Hoffman y otros— ha construido empresas que no dependen de subsidios permanentes, sino de escalabilidad tecnológica. De ese ecosistema han salido compañías como Tesla, SpaceX, Palantir o LinkedIn, con una filosofía común: descentralización, reducción de intermediarios, tecnología como multiplicador de productividad.

Se puede discutir su dialéctica política o su temperamento, pero no su impacto económico. Los mercados premian a esas compañías porque generan caja, innovan y expanden frontera productiva. No viven de promesas redistributivas, sino de ventas y márgenes.

Las bolsas en máximos no son un reflejo de estabilidad idílica. Son también una reacción defensiva frente a la inflación estructural derivada de políticas fiscales y monetarias expansivas. El capital busca activos productivos que le permitan proteger valor en un entorno de estados cada vez más endeudados.

Lo de Holanda es un suicidio económico, especialmente para un país que era absolutamente friendly con los capitales. Es un ataque a la posibilidad de ahorrar, invertir y a dejar que el tiempo trabaje a favor. 
Penoso, la verdad.