El gráfico resulta más inquietante. La tasa interanual llegó a superar el 10% en 2022 y después descendió con fuerza, pero la inflación acumulada nunca baja mientras los precios continúen creciendo. Solo avanza más despacio. Conviene pensar en la tasa anual como el velocímetro y en la inflación acumulada como el cuentakilómetros. Reducir la velocidad de 120 a 95 kilómetros por hora no hace que el coche vuelva al punto de partida.

Fuente: Carlos Arenas Laorga

Ese 26% equivale a una inflación anualizada cercana al 4,3% durante cinco años y medio. Más del doble del 2% que suele utilizarse como referencia de estabilidad de precios.

Aun así, sirve para poner la cifra en perspectiva. Con una inflación constante del 2%, los precios habrían subido alrededor de un 11,5% en ese mismo periodo. Han aumentado más del doble. La diferencia entre ambos recorridos ronda los 14,5 puntos porcentuales. Una desviación que, trasladada a millones de nóminas, cuentas bancarias, pensiones y presupuestos familiares, es una pérdida considerable de bienestar.

El IPC español se situó en junio de 2026 en el 3,2% interanual y la inflación subyacente, que excluye los alimentos no elaborados y la energía, quedó en el 2,9%. Que ambas estén cerca del 3% muestra que la presión sobre los precios va más allá de un episodio puntual del gas, el petróleo o la electricidad.

Si una cesta de bienes costaba 100 euros en diciembre de 2020, ahora cuesta 126,03 euros. Quien guardó 10.000 euros sin obtener rentabilidad conserva los mismos euros, pero solo puede comprar lo que entonces adquiría con unos 7.935. La pérdida de capacidad de compra es cercana al 20,7%.

No es exactamente un 26%, porque el cálculo se realiza sobre una base de precios más alta. Pero no me quiero meter en rollos estadísticos. Fíate.

El mismo razonamiento sirve para los salarios. Una subida nominal puede parecer generosa y, sin embargo, esconder un retroceso. Si alguien ganaba 30.000 euros en 2020 y ahora cobra 36.000, su salario ha aumentado un 20%. Parece una buena noticia hasta que se compara con una subida de precios del 26,03%. En términos reales, ese trabajador puede comprar cerca de un 4,8% menos.

Para mantener intacto el valor real del dinero desde finales de 2020 habría sido necesaria una rentabilidad acumulada del 26%, equivalente a alrededor del 4,3% anual, y algo más cuando la rentabilidad soporta costes o tributación.

Esto no significa que todo el dinero deba enviarse a bolsa mañana por la mañana. El fondo de emergencia tiene una función distinta porque proporcionar liquidez y seguridad cuando aparece un gasto inesperado. Esa parte del patrimonio puede asumir cierta pérdida real a cambio de estar disponible. El error aparece cuando el ahorro destinado a objetivos de diez, veinte o treinta años permanece indefinidamente inmóvil, como si no invertir eliminara el riesgo.

El riesgo de mercado se ve cada día en una cotización. El de inflación trabaja en silencio. Por eso resulta tan fácil temer una caída bursátil del 10% y convivir tranquilamente con una pérdida de poder adquisitivo superior al 20%.

A largo plazo, el inversor necesita activos capaces de generar una rentabilidad esperada superior a la inflación. La defensa consiste en diversificar, aportar periódicamente y conceder tiempo a la inversión, no en perseguir el activo que mejor lo hizo el año anterior.

Ahorrar sigue siendo imprescindible. Invertir ese ahorro con prudencia, horizonte y criterio es lo que evita que cinco años después descubramos que hemos conservado todos nuestros euros y perdido una parte importante de nuestra riqueza.