Y eso es algo muy malo. Mucha palabrería, pero no se toman medidas. Basta ya de ver cómo se retiran las empresas del mercado cotizado. Qué duro es ver cómo cuando hay proyectos buenos miran al Nasdaq. Qué cansino es ver que los países que rompen la pana son EE UU, China… pero no Europa, ni, por tanto, España, a pesar de que es un continuo el aviso sobre la necesidad de afrontar el reto de la energía y la Inteligencia Artificial

Hay que desarrollar modelos de crecimiento que permitan reindustrializar y hacer nuestra economía competitiva. Pero cuando se pronuncia una frase a nuestros políticos, es como si a Drácula se le enseña un crucifijo. La frase es “tax incetive” o, en español, “incentivo fiscal”. 

Ahí se termina la conversación. Los políticos están a favor de implementar mejoras operativas, reducción de burocracias… incluso, ¿por qué no?, subvenciones, ayudas… pero bajar impuestos nunca. “La recaudación no puede bajar”, es lo que dicen. En España y en Bruselas. 

El último ejemplo es casi perfecto. La famosa “cuenta sueca”, inspirada en el modelo ISK, que lleva años planteándose en España como una fórmula razonable para incentivar la inversión minorista y el ahorro a largo plazo. El mecanismo es bastante simple: permitir que el pequeño inversor pueda comprar y vender acciones, fondos o ETFs dentro de una cuenta sin tener que tributar cada vez que realiza una operación. En lugar de eso, existiría una fiscalidad simplificada y estable sobre el patrimonio total de la cuenta.

La idea tiene toda la lógica del mundo si realmente se quiere construir un mercado de capitales potente y, desde luego, es reclamada con insistencia por una buena parte del sector financiero, que quiere desbloquear parte del dinero de los depósitos y ponerlo a trabajar. 

Pero entonces aparece Hacienda y para todo, porque el Ministerio teme perder recaudación inmediata. Exactamente el mismo patrón de siempre. Europa quiere crecimiento, innovación y mercados más fuertes… siempre que no haya que dejar de cobrar hoy mismo. 

No tax incentives”, comentaba hace poco en Estrategias una persona vinculada a las negociaciones europeas. “Eso es lo que te dicen. No saben salir de ahí. Están dispuestos a hablar de todo, pero no de impuestos. Les parece algo a evitar, cuando en realidad, es la única cuestión. Si se quiere dinamizar el mercado, baja impuestos. Mejorar cuestiones operativas está bien, pero DESPUÉS de incentivar fiscalmente”. 

En España, lo mismo: “estamos dispuestos a escuchar lo que sea, pero la recaudación no puede bajar en ningún caso. Más bien, al contrario”. 

Nuestros prebostes han perdido completamente la noción dinámica de la economía (¿alguna vez la han conocido?). Para ellos sólo existe la visión extractiva inmediata. Ni siquiera se contempla una reforma que mejore la fiscalidad a medio plazo, si supone un leve menoscabo inmediato.  

Conviene insistir una vez más que los incentivos fiscales no son regalos. Son herramientas de crecimiento y significan, por encima de todo, dejar que cada agente disfrute de lo suyo

Estados Unidos lo entendió hace décadas. Por eso tiene mercados gigantescos, profundidad financiera brutal y una capacidad extraordinaria para atraer capital y empresas. El Nasdaq no se convirtió en el centro financiero-tecnológico mundial por casualidad.

Europa, mientras tanto, lleva años produciendo informes sobre competitividad… mientras castiga fiscalmente el capital, el ahorro y la inversión. Porque, por otro lado, tiene muchos derechos que garantizar. Redes clientelares públicas “gratis” (maldita palabra), que se agrandan de manera gigantesca, ya que cuanto más prometen, más tienen que recaudar y, por tanto, más poder tienen. La contradicción es grotesca.

Luego, llegan las sorpresas: deslistings, fugas empresariales, compañías que buscan cotizar en Estados Unidos o trasladar estructuras a Holanda, Irlanda o Luxemburgo. Ferrovial o Acerinox no son una anomalía; son una consecuencia.