Resultados y rotación sectorial
Los primeros resultados del año han dejado un balance mixto entre los grandes bancos estadounidenses. JP Morgan, Bank of America y Citigroup han cumplido en líneas generales, pero han quedado por debajo de las expectativas en banca de inversión, especialmente en áreas vinculadas a emisiones de deuda y operaciones corporativas. Parte del negocio asociado a la financiación de compañías tecnológicas se ha desplazado hacia fondos de capital privado, reduciendo el flujo hacia la banca tradicional. Tampoco se ha producido todavía el repunte esperado en gestión patrimonial ni en comisiones, a pesar de la elevada volatilidad del mercado.
Pese a ello, el sesgo para el sector financiero sigue siendo positivo. La resiliencia de la economía estadounidense, con ventas minoristas por encima de lo previsto y un crecimiento del PIB que apunta a niveles cercanos al 5,4%, junto con la expectativa de estabilidad en los tipos de interés y un entorno potencial de mayor desregulación, debería favorecer una mejora de los ingresos en los próximos trimestres. La principal nota de incertidumbre llega desde el frente político, con propuestas para limitar las comisiones de las tarjetas de crédito, que han afectado al sentimiento a corto plazo, especialmente en entidades más especializadas.
También ha presentado TSCM, que ha sorprendido positivamente con ingresos por encima de lo previsto y con un ambicioso plan de inversión para 2026 y 2027. Es una señal clara de que la demanda ligada a la inteligencia artificial sigue intacta. No obstante, el mensaje es otro: más que sobreponderar tecnología, el mercado está protagonizando una rotación de calado. Tal y como anticipábamos en nuestro Outlook 2026, esta “gran rotación” se está materializando. El Russell 2000 está batiendo a los grandes índices como el S&P 500 o el Nasdaq, y el S&P 500 Equal Weight supera al índice tradicional. El capital está saliendo de las megacaps para buscar oportunidades en compañías medianas y sectores más cíclicos.
Desconfianza en la Fed y huida hacia activos refugio
La presión política de Donald Trump sobre la Reserva Federal y su presidente, Jerome Powell, está erosionando uno de los pilares del sistema financiero estadounidense: la credibilidad institucional. Wall Street es el epicentro de los mercados globales precisamente por la independencia y solvencia de sus organismos. Si la política monetaria empieza a percibirse como rehén de intereses políticos y fiscales, la confianza en el dólar se resiente.
Este contexto explica el fuerte repunte de los metales preciosos y de las criptomonedas en el arranque de 2026. Al menos diez de los veinte principales bancos centrales del mundo están recortando tipos o manteniéndolos pese a que la inflación se sitúa por encima del 2%, lo que alimenta el temor a una devaluación estructural de las monedas fiduciarias.
Desde Citi ya manejan como escenario base un oro en 5.000 dólares y una plata en 100 dólares en un horizonte de dos a tres meses. Puede sonar agresivo, pero lo cierto es que la asignación a materias primas en carteras globales aún se sitúa un 75% por debajo de los máximos históricos.
La diversificación hacia activos reales —oro, plata y criptoactivos— ya no es una opción táctica, sino una necesidad estructural.
Petróleo: el mayor riesgo macro de 2026
El mercado energético vuelve a ser protagonista. Aunque la OPEP ha recortado previsiones de producción para 2026 y la sobreoferta es menor de lo esperado, la inestabilidad geopolítica ha introducido una prima de riesgo clara en el precio del crudo. El foco ya no está en Venezuela —que representa apenas el 1% de la producción mundial—, sino en Irán. El país es el cuarto mayor productor de la OPEP y el mercado teme que, ante un escenario de colapso del régimen, se produzca un bloqueo del estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial.
China sería el gran perjudicado: el 68% del crudo venezolano y cerca del 90% del iraní se dirige a su economía. Estados Unidos, por el contrario, cuenta con producción propia y un acceso reforzado al crudo latinoamericano. Una escalada en esta región podría disparar el precio del barril, reavivar la inflación y forzar a la Reserva Federal a subir tipos. Ese es el verdadero riesgo de 2026: no una recesión, sino un shock inflacionista derivado de la energía.