El paper The Flow–Performance Relationship and Behavioral Biases: Evidence from Spanish Mutual Fund Flows analiza la relación entre rentabilidades de mercado y flujos hacia fondos en España entre diciembre de 2001 y junio de 2025, utilizando datos mensuales de INVERCO, regresiones OLS, modelos segmentados y paneles con efectos fijos. La conclusión es muy clara. Existe una relación positiva y estadísticamente significativa entre las rentabilidades pasadas y las entradas posteriores de dinero en fondos; pero esa reacción no es inmediata, sino que llega con retraso, entre uno y tres meses según el área geográfica. Además, la reacción es asimétrica porque resulta que el inversor persigue con bastante entusiasmo las buenas rentabilidades, pero castiga mucho menos las malas. Vamos, que compramos con retraso lo que ya ha subido y salimos mal.

Y esto importa mucho más de lo que parece. Invertir no consiste solo en elegir un buen producto, sino tratar de hacer una rentabilidad similar a la del producto. De hecho, y perdonad la autocita, en eso estoy trabajando ahora mismo para cuantificar esa pérdida del inversor español.

Una de las cosas más interesantes que me he encontrado es precisamente el retraso. El efecto medio de las rentabilidades pasadas sobre los flujos hacia fondos alcanza su punto álgido con unos dos meses de demora. Es decir, el dinero no se mueve tanto con el mercado sino con el titular, con el consejo del asesor que llega 1 o 2 meses después, con un sentimiento que hace que terminemos entrando cuando ya ha subido todo mucho.

Este comportamiento revela una conducta reactiva, no estratégica. El inversor no actúa sobre expectativas, valoración o asignación de activos; actúa sobre hechos ya consolidados. Primero sube el mercado, luego se habla de ello, después aparece la sensación de me lo estoy perdiendo y, finalmente, entra el dinero.

Perdonadme el ejemplo, pero es que es como comprar el paraguas cuando ya estás calado y venderlo cuando el sol salió hace rato. Mal.

En el paper no solo demostramos ese retraso, sino que detectamos algunas cosas más, como la convexidad. Suena técnico, pero la idea es sencilla. Los flujos reaccionan de forma muy intensa a las rentabilidades más altas, mientras que reaccionan mucho menos a las rentabilidades malas o mediocres. En los deciles bajos de rendimiento, la sensibilidad de los flujos no es estadísticamente significativa; en los altos, sí, y además aumenta con fuerza. El décimo decil, el de mejor comportamiento, atrae muchísimo más dinero que el sexto.

Vamos, que nos fascina el ganador. El fondo que sale en el ranking, el que lleva meses brillando, el que todo el mundo está comprando. En cambio, no somos igual de disciplinados para penalizar lo que va mal. Hay aquí una mezcla clásica de sesgos, aversión a la pérdida, efecto disposición, seguimiento de tendencias y atención selectiva a las historias de éxito.

El perfil del inversor español es más reactivo que proactivo, y ese comportamiento sugiere un grado elevado de baja educación financiera. También tendemos a comprar después de las subidas y vender después de las caídas, es decir, nos comportamos de manera procíclica. Y esa conducta erosiona la acumulación de patrimonio a largo plazo.

España arrastra una cultura financiera insuficiente, y mejorarla debe ser una necesidad prioritaria de nuestras instituciones.

Para terminar, una conclusión adicional del paper que nos puede ayudar. El estudio nos ha llevado a sugerir que parte del retraso puede explicarse porque la información de inversión llega a través de canales más lentos, más mediados y menos inmediatos. Es decir, entre lo que hace el mercado y lo que hace el inversor hay varias murallas como el banco, la recomendación, el discurso, o la confirmación social.

Eso ayuda a entender por qué los fondos de bolsa estadounidense presentan el mayor retraso, de hasta tres meses: menor familiaridad, riesgo divisa, cobertura mediática menos inmediata para el inversor medio y un proceso de decisión mucho más de cuñados que analítico. No se compra tanto porque la valoración relativa sea atractiva, sino porque el mercado lleva tiempo subiendo y ya parece socialmente bueno subirse al tren.

Por eso la educación financiera que necesita España no es la de memorizar cuatro ratios para quedar bien en LinkedIn. Se trata de aprender que la rentabilidad pasada no garantiza la futura. Una cosa tan tonta y repetida como esta. Es entender que una cartera no debe gestionarse con emociones, sino con una estrategia. Es asumir que el activo que más sube suele parecer más atractivo justo cuando ofrece peor binomio rentabilidad-riesgo hacia delante. Es interiorizar que estar siempre cambiando de fondo por lo que ha ocurrido en los últimos meses suele enriquecer más a la industria del movimiento que al patrimonio del cliente.

De hecho, estar invertido suele ser mucho más eficaz que tratar de adivinar el momento perfecto. Y retirarse en el peor momento puede dejar al inversor fuera de las subidas más importantes. El inversor español necesita más método. Menos reflejo y más proceso.