Muchas personas sienten que, aunque sus ingresos aumentan, cada vez les cuesta más mantener su nivel de vida. ¿Qué está pasando realmente con el poder adquisitivo?
Para entender este fenómeno, primero hay que hablar de una idea muy extendida: la creencia de que crear dinero estimula la economía y beneficia a toda la sociedad por igual. Sin embargo, hace más de 300 años, el economista Richard Cantillon explicó que esto no sucede de manera uniforme.
Un ejemplo sencillo ayuda a entenderlo. Imaginemos un pueblo en el que el alcalde tiene la capacidad de crear dinero y decide duplicar la cantidad de dinero en circulación de la noche a la mañana. Los primeros en recibir ese nuevo dinero —quienes viven más cerca del centro del pueblo— pueden aprovecharlo antes de que suban los precios; con ese dinero adicional pueden comprar activos, como casas o coches. Después, quienes venden esas casas o coches reciben también ese nuevo dinero y, a su vez, pueden beneficiarse antes de que el aumento de precios se extienda por toda la economía. El proceso continúa de forma gradual. El problema es que, aunque se duplique el dinero en circulación, los bienes y servicios no pueden duplicarse de la noche a la mañana. Por tanto, si hay más dinero persiguiendo la misma cantidad de bienes y servicios, los precios tienden a subir. Ahí aparece la diferencia clave: las personas que están “más lejos del centro del pueblo”, es decir, las últimas en recibir ese nuevo dinero, se encuentran con que los precios ya han aumentado antes de que sus ingresos mejoren. Como consecuencia, su poder adquisitivo disminuye.
Trasladado al mundo real, el “alcalde” equivaldría a los bancos centrales, que aumentan la oferta monetaria. Los primeros receptores de ese dinero suelen ser gobiernos y grandes corporaciones, mientras que trabajadores, autónomos y pequeños empresarios son quienes lo reciben más tarde y, por tanto, quienes suelen verse más perjudicados. Este fenómeno se conoce como “Efecto Cantillon” y ayuda a entender por qué muchas personas sienten que, aunque trabajan más, mejoran profesionalmente o incluso reciben subidas salariales, cada vez les cuesta más mantener su nivel de vida y ven cómo su poder adquisitivo se erosiona con el tiempo.
Muchas veces el dato oficial de inflación no parece reflejar la realidad que viven las familias en su día a día. ¿La inflación afecta igual a todo el mundo?
La respuesta corta es no. La inflación no afecta igual a todo el mundo y, además, el indicador más utilizado para medirla —el IPC, o Índice de Precios al Consumo— tiene limitaciones importantes a la hora de reflejar la realidad económica de muchas familias.
Uno de los principales problemas es que la compraventa de vivienda no se incluye dentro del índice. Aunque podríamos debatir si una vivienda debe contabilizarse como activo en el balance de una familia, la realidad es que representa —para la mayoría de personas— el mayor esfuerzo económico de su vida y, además, se trata de un bien de primera necesidad. Por eso, tiene sentido cuestionar si un índice que pretende medir el poder adquisitivo de las familias debería dejar fuera precisamente uno de sus mayores costes. Si observamos los datos del Banco de España, a finales de los años 80 el esfuerzo necesario para comprar una vivienda equivalía aproximadamente a tres veces el salario bruto anual. Hoy, según los últimos datos disponibles del cuarto trimestre de 2025, esa cifra ronda las ocho veces el salario bruto anual.
Además, la inflación no debería entenderse solo como un dato fijo en una pantalla, sino más bien como un vector, es decir, no todos los bienes y servicios suben al mismo ritmo. La vivienda, por ejemplo, ha experimentado un incremento muy superior al de otros componentes del IPC. Lo mismo ocurre con los alquileres: desde 2015, los precios del alquiler han aumentado en torno a un 20% de media, y en algunas zonas de España incluso alrededor de un 30%, como en Valencia. De hecho, si en lugar de acudir al INE preguntásemos a determinados portales inmobiliarios, encontraríamos cifras mucho más elevadas, cercanas al 90%. La diferencia principal está en que el INE incluye alquileres de renta antigua, lo que reduce considerablemente la media y hace que el resultado final sea menos representativo de la realidad actual del mercado.
Por eso, la mejor manera de entender cómo afecta la inflación a cada persona es analizar la evolución de su propia cesta de bienes y servicios: vivienda, alimentación, energía, transporte o educación, entre otros. El IPC puede ser útil como referencia general, pero muchas veces es un índice más estable que verdaderamente representativo de la realidad económica que viven las familias.
¿Por qué da la sensación de que algunos activos suben mucho más rápido que los salarios o los ahorros de la mayoría de personas?
Vivimos en un sistema monetario fiat, basado en monedas como el euro o el dólar, que necesita expandirse constantemente para sostenerse y evitar tensiones o colapsos en el sistema financiero. Para entenderlo, podemos fijarnos en el caso de Estados Unidos. El Gobierno mantiene un déficit estructural de alrededor de dos billones de dólares. Ese déficit se financia mediante emisión de deuda soberana y, de forma indirecta, los bancos centrales terminan sosteniendo parte de ese proceso mediante creación de nuevo dinero. ¿Y qué ocurre cuando aumenta la oferta monetaria? Que quienes entienden cómo funciona el sistema intentan protegerse canalizando ese nuevo dinero hacia activos escasos y deseables.
Existe incluso un concepto muy conocido en economía y en los mercados financieros llamado “Debasement Trade”. Básicamente, consiste en ponerse “corto” de moneda fiat —es decir, reducir exposición al dinero que pierde valor con el tiempo— y ponerse “largo” de activos escasos que tienden a revalorizarse. Un ejemplo sencillo: imaginemos una empresa que consigue financiación de 100.000 euros al 0,5% de interés para comprar un activo que se revaloriza un 7% anual. Si además la inflación es del 5%, esa empresa no solo gana por la subida del activo, sino que también devuelve la deuda con dinero que tiene menos poder adquisitivo que cuando lo pidió prestado. En términos nominales devolverá los 100.000 euros más intereses, pero en términos reales el peso de esa deuda será menor debido a la inflación.
Ahí aparece una diferencia importante entre el pequeño ahorrador y las grandes corporaciones. El ahorrador no solo compite contra otros ahorradores, sino también contra empresas e instituciones con enorme capacidad financiera, acceso a crédito barato y mayor facilidad para canalizar esa expansión monetaria hacia activos escasos y deseables. Con el paso del tiempo, esto genera una creciente polarización patrimonial. De hecho, datos publicados por la propia Reserva Federal muestran que el 1% de las personas más ricas de Estados Unidos controlan alrededor del 32% de la riqueza neta del país, mientras que el 50% más pobre apenas controla entre un 2% y un 2,5%. Y aquí surge una reflexión importante: dentro de ese 50% probablemente hay millones de personas trabajadoras que, por mantener la mayor parte de su patrimonio en liquidez o ahorro tradicional, ven cómo su poder adquisitivo se deteriora frente a quienes entienden mejor el funcionamiento del sistema y utilizan la expansión monetaria para acumular activos que tienden a apreciarse con el tiempo.
¿Qué puede hacer un inversor o un ahorrador para protegerse de esa pérdida de poder adquisitivo?
El primer paso es ser consciente del punto en el que uno está. Es decir, entender cuál es tu inflación real. Cuando sabes cuánto está aumentando realmente el coste de tu estilo de vida, puedes medir mejor la dilución de tu poder adquisitivo y tomar decisiones con más criterio. A partir de ahí, una idea que puede tener sentido es construir una arquitectura de cartera diversificada.
Por ejemplo, una parte podría estar destinada a ETFs, que al final te dan exposición a la productividad global. Un caso sería el FTSE All-World, que incluye tanto países desarrollados como emergentes. Otra alternativa conocida sería el S&P 500, aunque siendo conscientes de la elevada concentración que existe actualmente en las llamadas “Magnificent 7”. También creo que los activos reales tienen un papel fundamental, y lo estamos viendo claramente con el oro. A día de hoy, el oro sigue teniendo un peso muy importante dentro de las reservas globales de los bancos centrales. Existe debate sobre si ese peso aumenta más por revalorización que por compras netas, pero, en cualquier caso, creo que tiene más sentido analizar el poder adquisitivo del oro frente al de la deuda soberana que fijarse únicamente en unidades monetarias. En ese contexto, considero que el oro sigue siendo una buena reserva de valor y una pieza importante en cualquier cartera que quiera protegerse frente a la expansión constante del sistema fiat. Otra parte de la cartera podría estar enfocada en generación de ingresos, mediante bonos o ETFs de dividendos. Eso sí, creo que es importante ajustar muy bien la duración, especialmente en entornos de incertidumbre y tipos de interés elevados como el actual. Cuando los tipos suben, el valor de los bonos cae, por lo que, en estos momentos, tiene más sentido mantenerse en duraciones cortas. Después estaría el bloque táctico, destinado a tendencias concretas o sectores con potencial. Por ejemplo, ahora se habla mucho de inteligencia artificial, pero quizá una forma más estructural de exponerse sea a través de los semiconductores, que son la base tecnológica que sostiene toda esa transformación. Y, por último, creo que una parte de liquidez sigue siendo necesaria. No solo por prudencia, sino porque te da maniobrabilidad y capacidad de reacción ante oportunidades o cambios de mercado.
En conjunto, una estructura así puede ayudar al inversor a proteger mejor el valor de su trabajo y de su ahorro a lo largo del tiempo, evitando permanecer completamente en liquidez mientras el poder adquisitivo se erosiona progresivamente con la expansión monetaria.
¿Qué papel puede jugar una plataforma como Freedom24 en este contexto?
El papel de Freedom24 es, entre otras cosas, dar acceso a un abanico muy amplio de posibilidades de inversión. La plataforma ofrece acceso a más de 40 bolsas internacionales, lo que permite al inversor tener más opciones sobre la mesa y construir una cartera con mayor libertad y menos sesgos.
Pero además del acceso, creo que hay otro factor muy importante: el criterio. Invertir puede generar muchas dudas, especialmente para personas que no tienen una formación financiera avanzada o que están empezando a construir su patrimonio. Y ahí es donde entra el valor del acompañamiento. En Freedom24 existen relationship managers dedicados a orientar al inversor durante el proceso, ayudándole a entender las distintas opciones y a tomar decisiones con mayor claridad según el contexto de cada momento.
Por eso, creo que la combinación de acceso y acompañamiento aporta mucho valor. Al final, aunque muchos sigamos estando “en las lejanías del pueblo”, como comentábamos antes en el ejemplo del "Efecto Cantillon", ya no actuamos completamente a ciegas. Entender cómo funciona el sistema, cómo se crea el dinero y hacia dónde fluye permite tomar decisiones más conscientes. Y, en ese sentido, Freedom24 busca ser precisamente esa herramienta que ayude al inversor a actuar en consecuencia y a proteger mejor su patrimonio y su poder adquisitivo a lo largo del tiempo.