Esto vale igual para España que para Estados Unidos. El mecanismo es el mismo y el resultado también: los gobiernos hablan de cifras nominales porque quedan bien en los titulares, y mientras tanto el ciudadano sigue sin poder permitirse lo mismo que se permitía antes. El número sube, el nivel de vida no tanto.

Ventas minoristas EE.UU.: nominales vs. reales (2016–2026)

Fuente: Carlos Arenas Laorga

La línea roja sólida —la que aparece en las ruedas de prensa— sube con fuerza hasta los 757.085 millones de dólares. La discontinua, que mide el mismo dinero limpio de inflación, se arrastra hasta los 228.091 millones. La diferencia entre las dos líneas tiene un nombre que los políticos prefieren no pronunciar demasiado.

Los políticos —todos, de izquierdas y de derechas, aquí y en América— adoran hablar en términos nominales cuando les conviene. El PIB ha crecido tanto. El consumo ha subido cual. Los salarios están en máximos históricos. Todo correcto en términos nominales. Todo bastante más matizable en términos reales. Y hay una razón muy concreta para que funcione así: los votos se ganan con titulares, no con deflactores.

Lo interesante del gráfico está en el tramo a partir de 2021. Ahí las ventas nominales se disparan y las reales se quedan prácticamente planas. La Reserva Federal y el resto de bancos centrales financiaron la salida del COVID imprimiendo dinero a una velocidad que no se veía en décadas. Llegó la inflación, subieron todos los precios, y lo que parecía crecimiento era en gran parte el mismo pastel cortado en trozos más caros.

Friedman decía —aunque siempre tengo la duda de si la cita es exactamente así— que la inflación es el impuesto sin legislación. El que no necesita que nadie lo vote en el parlamento, el que no aparece en ninguna nómina como retención, el que se aplica solo con dejar que los precios suban más deprisa que los salarios. Y tiene una virtud añadida para quien lo cobra: es casi invisible. La gente lo siente en el supermercado pero le cuesta señalar al culpable.

Mises llevaba razón hace más de un siglo cuando decía que expandir la oferta monetaria no genera riqueza real, solo desplaza la existente. Y siempre hacia el mismo lado —el Estado se financia con deuda que luego licua vía inflación, los que primero reciben el dinero nuevo se benefician—, y el resto pagamos los precios ya inflados sin que nadie nos haya preguntado.

Cuando un ministro te diga que el consumo crece, merece la pena preguntarse en qué términos. En términos nominales casi todo crece siempre; es la propiedad más conveniente del dinero fiduciario. Lo que importa es si ese crecimiento aguanta una vez que le quitas el efecto de los precios. Si tu sueldo sube un 15% y los precios un 20%, cobras más y puedes comprar menos. Aparece en las estadísticas como una mejora.

Presentar datos nominales sin deflactar no es un error técnico, es una decisión. Da mejores titulares y, convenientemente, hace que los gobiernos de turno parezcan más eficaces de lo que son. Llevan décadas haciéndolo y no parece que vayan a parar.

El gráfico de arriba resume por qué tanta gente trabaja igual o más y tiene la sensación de que llega peor a fin de mes. La economía real lleva años básicamente estancada. Solo que en el telediario sale la línea que sube.

La buena noticia es que esto tiene solución a nivel personal, aunque no la tenga a nivel político. Quien tiene su dinero en activos reales —acciones, fondos de inversión, inmuebles, oro— tiene una protección natural contra la inflación. Quien lo tiene en una cuenta corriente o en un depósito al 1%, ve cómo la inflación le come el poder adquisitivo año tras año.