El gráfico que he realizado con los datos de la Fed es bastante claro. Desde 1992 hasta 2026, el precio del Brent y el índice de precios de la comida muestran una relación muy estrecha, con un coeficiente de correlación de 0,87.
La explicación más intuitiva es el transporte. Si sube el petróleo, sube el gasóleo. Si sube el gasóleo, cuesta más mover trigo desde Ucrania, café desde Brasil, pescado desde Galicia o tomates desde Almería. El alimento no aparece mágicamente en el supermercado. Antes ha pasado por camiones, barcos, cámaras frigoríficas, almacenes, tractores y maquinaria. Y todos esos eslabones tienen uso energético alto.
Fuente: Carlos Arenas Laorga
Pero además, el petróleo y el gas natural son claves en la producción de fertilizantes. Especialmente en fertilizantes nitrogenados, donde el gas natural actúa como materia prima y fuente energética. Si el coste de fertilizar el campo se dispara, el agricultor tiene dos opciones: producir más caro o producir menos. Y ambas suelen derivar en precios más altos para el consumidor.
Además, la agricultura moderna es una estructura productiva compleja, intensiva en capital, maquinaria, energía, logística y financiación. Tractores, riego, invernaderos, refrigeración, envases, plásticos agrícolas, piensos, procesamiento industrial… Todo eso tiene energía incrustada. La comida no solo lleva calorías; también lleva petróleo.
La correlación del 0,87 nos dice algo importante. Cuando la energía se encarece, la comida suele acabar encareciéndose también. Subidas del 50% en el crudo y de más del 70% en algunos fertilizantes, no pueden dar como resultado un abaratamiento. La urea, el petróleo y el gas son esenciales.
Primero sube el combustible. Luego suben los fertilizantes. Después suben los costes del agricultor. Más tarde suben los costes de transformación, transporte y distribución. Y finalmente, vas a comprar una lechuga y descubres que la ensalada es casi un producto de lujo. No es que el supermercado esté gobernado por un malvado empresario, ni mucho menos. Es que toda la cadena viene recibiendo subidas de costes.
Por supuesto, correlación no significa causalidad automática. Que dos variables se muevan juntas no implica que una sea siempre la única causa de la otra. El precio de la comida también depende de cosechas, sequías, guerras, restricciones comerciales, divisas, salarios, impuestos, regulación, demanda de países emergentes o políticas monetarias.
El problema es que cuando sube el precio de un viaje en avión, podemos esperar. Cuando sube el precio de un coche, podemos estirar el viejo. Cuando sube el precio del pan, la leche, los huevos o la carne, la cosa cambia. La comida no es un activo especulativo ni un lujo. Es consumo básico. Por eso la inflación alimentaria duele tanto y se nota más que otros componentes del IPC.
Además, aquí hay una trampa estadística interesante: el IPC general mide una cesta promedio, pero nadie vive dentro de una cesta promedio. Una familia con renta baja dedica una parte mucho mayor de sus ingresos a alimentación y energía que una familia con renta alta. Por tanto, cuando suben estos componentes, la inflación real que siente cada hogar puede ser muy distinta. El IPC puede decir una cosa y el carrito del súper otra. Ya lo hemos repetido en muchos artículos, pero es bueno seguir haciéndolo.
Para el inversor también es una enseñanza. Tener una cartera diversificada no es una frase bonita. Es una necesidad. En determinados entornos, incorporar exposición a activos reales, materias primas, compañías con beneficios ligados a inflación o fondos flexibles puede ayudar a amortiguar parte del golpe.
Y, por supuesto, el ahorro parado pierde más poder adquisitivo cuando la inflación aprieta. Tener liquidez para emergencias es sensato. Tener todo el patrimonio en liquidez es perder dinero seguro.