Hay un dato que no tantos inversores conocen: quien haya permanecido invertido en la Bolsa china durante los últimos veinte años apenas habrá ganado dinero. O lo habrá perdido. El índice de Shanghái SSE llegó a superar los 6.100 puntos en 2007; hoy apenas ronda los 4.000, después de dos grandes burbujas y dos grandes desplomes. Y hay casos como Alibaba, que perdió alrededor del 70% de su valor tras la intervención del Partido Comunista, que ilustran hasta qué punto una gran economía no tiene por qué ser una gran Bolsa.
Mientras tanto, el S&P 500 estadounidense o el Nasdaq han multiplicado varias veces su valor y han generado una rentabilidad extraordinaria para el inversor paciente. ¡Incluso el Ibex ha despertado!
¿Cómo puede ocurrir que una economía parezca la punta de lanza mundial y su mercado de valores sea tan flojo en términos de retorno?
La primera explicación, como casi siempre, es el peso del Estado. En China, las empresas no trabajan únicamente para crear valor para sus accionistas. También cumplen objetivos políticos, industriales y sociales. El Partido Comunista está por encima del mercado y, cuando considera necesario intervenir un sector, lo hace sin demasiadas contemplaciones. Lo comprobaron recientemente las grandes tecnológicas, cuya regulación borró cientos de miles de millones de dólares de capitalización en muy poco tiempo. Sin el menor cargo de conciencia por los minoritarios, que los hay y muchos.
La segunda razón está en el propio mercado. Buena parte de las grandes compañías cotizadas son participadas por el Estado y recurren con frecuencia a ampliaciones de capital para financiarse. El negocio puede crecer, pero el accionista ve cómo su participación se diluye una y otra vez. Emitir papel, para hablar claro. La práctica preferida de los políticos.
La tercera ya se ha enunciado antes. La Bolsa china sigue estando dominada por millones de pequeños inversores que operan con un horizonte muy corto, lo que provoca una enorme volatilidad y frecuentes episodios especulativos. El mercado se parece más a un casino que a un mecanismo eficiente de asignación de capital.
Frente a ello, Estados Unidos ofrece justamente lo contrario. La protección del accionista, la seguridad jurídica, un gobierno corporativo más exigente y una cultura empresarial orientada a crear valor han convertido al mercado americano en el gran generador de riqueza patrimonial del último siglo. Allí las empresas compiten, fracasan, innovan y recompensan al accionista. En China, muchas veces, primero responden ante el Estado.
Otra cosa importantísima: el americano medio tiene mentalización patrimonial. Sabe que los mercados están para tejer un futuro propio, que no debe depender de otro tipo de clientelismo.
Lo cual deja una enseñanza muy útil para Europa. Se habla constantemente de política industrial, autonomía estratégica, campeones nacionales o reindustrialización. Todo eso puede ser razonable, pero lo cierto es que detrás de esa cháchara institucional (hola, UE), lo que hay es un aparato burocrático y político que es ya un auténtico atavismo.
Conviene insistir en que el crecimiento económico no garantiza por sí solo la rentabilidad de los mercados. Los mercados prosperan cuando prospera el capital. El capital sólo avanza allí donde sabe que será respetado. El crecimiento impulsado con gasto público es lo que es: pobreza diferida.
Sí, los chinos son un caso complejo de comunismo semi capitalista o capitalismo comunista o algo así. Los que lo comprenden, afirman, además, que está en la idiosincrasia del chino medio, al que le gustan los regímenes autoritarios y no tienen cultura del consumo, la propiedad y el ocio. Es algo muy categórico, pero parece que algo de eso puede haber.
Quizá por eso Wall Street sigue atrayendo ahorro de todo el planeta mientras la Bolsa china continúa sin reflejar el peso económico del país. Crecer es importante, pero crecer de verdad, no con doping público.
Para crear riqueza duradera hacen falta instituciones que entiendan que el accionista no es un instrumento del Estado, sino uno de los motores de la prosperidad. Que todo se mueve con capital y eso no es otra cosa que ahorro privado, procedente de la actividad económica.