La fotografía desde enero es todavía más llamativa. A 24 de agosto, el 81% de los activos analizados acumula rentabilidades positivas en 2026. Es decir, estamos ante un año bastante bueno para invertir. El problema aparece cuando miramos dónde se ha ganado el dinero.
Las materias primas mandan con un espectacular 38,17%. Después encontramos al value estadounidense con un 23,67%, las small caps con un 21,45% y la renta variable emergente con un 21,34%. Los bonos convertibles avanzan un 16,28%, las compañías medianas estadounidenses un 15,67% y el Nasdaq 100 un 15,27%.
Fuente: Carlos Arenas Laorga
Durante años, el inversor podía tener la sensación de que para ganar dinero bastaba con comprar grandes tecnológicas estadounidenses y esperar. 2026 está recordando que los liderazgos cambian. El US Growth apenas gana un 2,51% desde enero, frente al 23,67% del Value. Más de 20 puntos porcentuales de diferencia dentro del mismo mercado estadounidense.
Eso importa mucho para quien tenga una cartera global aparentemente diversificada, pero cargada indirectamente de las mismas grandes compañías tecnológicas. Puede tener veinte fondos y estar haciendo, en realidad, una única apuesta.
También resulta interesante el comportamiento de las empresas pequeñas. Las small caps pierden un 0,84% durante el último mes, pero conservan un 21,45% en 2026 y un 34,44% a doce meses. Una mala racha de cuatro semanas no borra necesariamente una tendencia anterior bastante buena.
Hay otro movimiento difícil de ignorar. Los activos reales han vuelto.
Las materias primas suben un 38,17% en el año y un 39,3% durante los últimos doce meses. El oro, por su parte, se ha disparado un 15,77% únicamente durante el último mes y acumula un 37,88% a doce meses.
La explicación no puede reducirse a una sola causa. El escenario combina tensiones geopolíticas, presión sobre los precios energéticos, dudas fiscales y unos tipos de interés que siguen generando mucha incertidumbre. La propia Reserva Federal reconocía en las actas de julio que las rentabilidades nominales de los bonos del Tesoro habían aumentado entre 25 y 30 puntos básicos durante el periodo analizado, impulsadas fundamentalmente por el aumento de los tipos reales.
A ello se suma un verano marcado por las tensiones energéticas internacionales y por la preocupación sobre la inflación. El mercado sigue muy pendiente tanto de los próximos datos de precios como de la orientación de la Reserva Federal.
Eso favorece que oro y materias primas recuperen protagonismo como elementos de diversificación. Pero cuidado con sacar una conclusión demasiado sencilla: que algo haya subido un 38% no significa que haya que comprarlo después de subir un 38%.
La parte más fea de la tabla vuelve a estar en la renta fija de mayor sensibilidad a los tipos. Y es algo de lo que venimos avisando desde hace meses.
Los bonos estadounidenses de largo plazo pierden un 2,81% en 2026, un 3,71% solo durante el último mes y acumulan una rentabilidad anualizada negativa del 7,93% durante los últimos cinco años.
Un bono a 30 años puede tener poca probabilidad de impago y, al mismo tiempo, sufrir violentas oscilaciones de precio. El culpable es la duración: cuanto más lejano está el vencimiento, mayor suele ser la sensibilidad del bono ante cambios en los tipos de interés.
Por eso el crédito de menor duración ha aguantado mejor. El High Yield gana un 2,24% en el año y un 5,21% a doce meses.
El problema es que tampoco podemos pensar que basta con refugiarnos en crédito de menor calidad. Si llega una desaceleración económica seria, los spreads pueden ampliarse y entonces el High Yield sufrirá por otra vía.
Entonces, ¿cómo posicionarse después del verano? Para la parte central de una cartera de largo plazo sigue teniendo sentido una renta variable global suficientemente diversificada. Pero 2026 ofrece argumentos para evitar una excesiva dependencia del growth y de las grandes tecnológicas estadounidenses. Value, compañías medianas, small caps, mercados desarrollados fuera de Estados Unidos y emergentes pueden ayudar a repartir mejor los motores de rentabilidad.
En renta fija tendría bastante sentido mantener prudencia con las duraciones extremas. Los bonos de calidad y vencimientos cortos o intermedios permiten seguir obteniendo rentabilidad sin hacer una apuesta demasiado agresiva sobre lo que harán los bancos centrales.
Materias primas y oro pueden cumplir una buena función como satélites de una cartera, especialmente para diversificar determinados riesgos monetarios, fiscales o inflacionistas. Lo que resulta más discutible es convertirlos en el núcleo de la cartera después de semejantes subidas.