Aquella Europa no se concebía como un ente redistributivo ni como una superestructura fiscal. Su eslogan era el crecimiento y la prosperidad, no la igualdad. Era, por encima de todo, un mercado común. Se había convertido por derecho propio en el mayor crisol democrático del siglo XX, no por su retórica política, sino por algo mucho más tangible: la irrupción de la clase media como fenómeno estructural. El mejor avance social de la historia. 

Superada la contienda mundial, Europa se consolidó como el continente más avanzado porque logró algo extraordinario: sociedades amplias, estables, con movilidad social, ahorro, propiedad privada, empleo cualificado y expectativas de progreso intergeneracional

Estados Unidos también tenía una sociedad pujante, dinámica, innovadora, pero carecía del seniority europeo y del bagaje histórico cultural. El Viejo Continente poseía una densidad histórica e institucional que convertía el crecimiento en estabilidad, no en volatilidad permanente.

La Europa de la CEE era el referente de la prosperidad, de un contrato social modernizado. Ofrecía la convicción de que trabajar, ahorrar, invertir y emprender tenía sentido. La prosperidad nunca vista llegaría, más rápida o lentamente, pero no había límites. El Viejo Continente era la punta de lanza global. 

Hoy, lo que tenemos es lo contrario. La Unión Europea actual se parece cada vez menos a un mercado común y cada vez más a una comunidad extractiva: un entramado institucional cuyo reflejo principal no es la creación de riqueza, sino su captura sistemática. Dicho de otro modo: nos exprimen. El que gana se convierte en sospechoso, empezando por el empresario

Ya no se habla de competitividad, crecimiento, mercado, prosperidad… sino de igualdad, consolidación fiscal, derechos sociales, estado del bienestar… 

 No se protege al ciudadano ni al inversor como figura central del sistema, sino que al primero se le extrae y controla y al segundo… digamos que se le tolera mientras no destaque demasiado. 

Siguiendo con los jueguecitos de palabras, la UE es la Unión Extractiva. En el momento de escribir esto, leo que se está planteando subir también el IVA al Turismo. Se buscan más bolsillos donde meter la mano, desesperadamente. 

Un desastre total, una pérdida de esencias que hay traído desencanto, corrupción y un enorme campanazo en forma de fracaso: el Brexit. No es extraño que surjan movimientos antieuropeos por doquier y que se desconfíe de las políticas presuntamente de derechas o pro market porque, por ejemplo, ¿qué podemos esperar de ese PP que dicen que será el próximo partido que gobierne? ¿Bajará el IRPF o el IVA, retirará los impuestos inventados a banca, eléctricas o socimis, liberará el ahorro y dará vida a la previsión privada?

No, ya les anticipo lo que pasará: dirá que las cosas están peor de lo que se esperaban y se pondrán en manos de un apoyo europeo. Bruselas nos lo dará (al menos, verbalmente), a cambio de “reformas que redunden en consolidación fiscal”. Es decir, nos tendrán que subir los impuestos. 

¿Ni siquiera darán algo de aire con los pagos por Bizum, Verifactu o la excención del IVA a los autónomos? Me temo que tampoco, pese a que lo ha pregonado Feijóo como idea propia. 

Pero conviene recordar que, en recientes informes, Mario Draghi advierte de que sin mercados profundos Europa no podrá financiar su transición tecnológica ni energética. Enrico Letta alertó de que la fragmentación financiera es uno de los grandes frenos del proyecto europeo. Desde Bolsas y Mercados Españoles se insiste en la necesidad de canalizar ahorro hacia inversión productiva, de atraer empresas a bolsa, de reforzar el papel del mercado frente a la banca.

¿Eso es compatible con una Europa que quiere implementar un euro digital, que haga trazable absolutamente todo el uso del dinero de cada ciudadano? Rotundamente no. Mientras EE UU aprueba la Ley Genius que permite las stable coins y, de paso, financia al Tesoro, la Unión Europea va en dirección contraria. 

No puede haber mercados de capitales fuertes en un ecosistema que castiga al capital y asfixia al ciudadano. De la misma forma, no puede haber profundidad bursátil cuando se penaliza al accionista (siguen resonando en mi cabeza con terror las propuestas de los socios de Gobierno de confiscación del 50% del dividendo).

Hemos pasado de un proyecto de integración basado en el mercado a una arquitectura donde el presupuesto público es el eje y el capital privado, el recurso a explotar. Todo dentro del estado, como decía… Mussolini

En 1989 celebramos la caída del Telón de Acero y vimos cómo en los 90 eclosionaba la economía y el proyecto europeo. Eso parece un sueño etéreo. Implanteable en Bruselas. Europa, ¿qué te ha pasado?