Este es el tercer artículo de la serie La gran apuesta de Estados Unidos: deuda, dólar y el futuro del dinero. Ya hemos hablado de inflación y la M2. Ahora llega el momento de mirar el precio de que Estados Unidos (y muchos otros países) tiene que pagar para endeudarse durante décadas.
Leer el anterior artículo aquí.
Primero, un recordatorio, porque la renta fija funciona al revés. Es poco intuitiva. Cuando sube la rentabilidad de un bono, su precio baja. Y viceversa.
Imaginemos un bono antiguo que paga 3 euros anuales por cada 100 invertidos. Si aparecen bonos nuevos que pagan más de 5 euros, nadie querrá comprar el antiguo por 100. Su precio tendrá que caer hasta que la rentabilidad que obtiene el nuevo comprador resulte competitiva. Y por eso, a mayores plazos, más sensible es. Si me he apalancado durante 10, 20 o 30 años, tengo un problema. Si solo es 1 o 2, el problema es menor.
Por eso decir que el bono estadounidense a 30 años se está disparando puede llevar a confusión. Lo que se ha disparado es su rentabilidad; el precio del bono ha caído.
Durante buena parte de la década posterior a la crisis financiera, Estados Unidos se acostumbró a financiarse a tipos extraordinariamente bajos. En 2020, el rendimiento del 30 años llegó a situarse alrededor del 1%. Hoy estamos cinco veces por encima.
Fuente: Carlos Arenas Laorga
Y voy a recordar otro error bastante frecuente. La Reserva Federal controla con mucha eficacia el tramo más corto de la curva. Puede mover sus tipos oficiales y, por arbitraje, influir de manera muy directa sobre los tipos monetarios y las letras de vencimiento próximo.
Pero Kevin Warsh no se levanta por la mañana, pulsa un botón y decide que el bono a treinta años pagará un 4%. Cuando alguien presta dinero al Gobierno estadounidense hasta 2056 tiene que pensar en qué ocurrirá durante los próximos 30 años.
Su rentabilidad puede simplificarse en tres elementos: los tipos de interés que se esperan durante ese periodo, la inflación prevista y una prima de plazo, es decir, una compensación por asumir durante décadas el riesgo de que las cosas salgan de manera distinta a la esperada. Y 30 años dan para bastante incertidumbre.
Sería tentador unir los dos artículos anteriores y decir: aumenta la M2, los inversores esperan inflación y exigen un 5,3%. Además, ya hablamos sobre la deuda hace poco aquí.
La inflación importa, por supuesto. Si voy a prestarle 100 dólares al estado durante tres décadas, necesito una rentabilidad que compense la pérdida de poder adquisitivo que espero sufrir. Pero el movimiento actual tiene más.
Uno es la cantidad de deuda que el mercado tiene que absorber. Estados Unidos necesita emitir enormes volúmenes para financiar déficits persistentes y refinanciar vencimientos. Cuantos más bonos llegan al mercado, mayor tiene que ser el atractivo para encontrar compradores suficientes.
Otro es el tipo real que exige el inversor. De hecho, buena parte del aumento registrado este año no procede únicamente de un fuerte salto en las expectativas de inflación, sino de una mayor rentabilidad real y de una mayor compensación por mantener deuda durante tanto tiempo.
El tramo largo de la deuda estadounidense se ha convertido en un problema suficientemente importante como para que el propio Tesoro esté actuando sobre él.
Ojo, un 5,3% no significa que Estados Unidos vaya a quebrar
De hecho, las señales disponibles apuntan mucho más a una combinación de inflación, tipos reales elevados, oferta de deuda y prima de plazo que a una crisis clásica de solvencia. Pero que no sea el principal problema no quiere decir que no exista. Financiarse ya no es barato.
Un Estado con poca deuda puede asumir tipos elevados durante cierto tiempo. Un Estado extraordinariamente endeudado empieza a sufrir cuando una parte creciente de sus obligaciones debe refinanciarse a rentabilidades mucho mayores que las que pagaba años atrás.
El 5,3% del bono a treinta años no es solamente un dato de mercado. Es el precio al que los inversores están dispuestos a prestar su dinero.
En el siguiente artículo entraremos en la deuda estadounidense, que ya supera los 40 billones de dólares y el problema no es solo cuánto debe, sino cuánto cuesta financiar esa montaña y cuánto tendrá que refinanciar en los próximos años.