Una de mis sobrinas ha estado haciendo canguros y tiene una cantidad ahorrada. Se lo ha currado y son muchas horas de trabajo. El caso es que ha conseguido 2.000 euros y muy bien puede irse a Grecia, disfrutar y gastar su dinero en algo que le ilusiona. Pero esos mismos 2.000 euros, invertidos desde finales de 2009 hasta marzo de 2026, habrían terminado en 14.963,40 euros.
Fuente: Carlos Arenas Laorga
La educación financiera se entiende mucho mejor con ejemplos cercanos que con discursos. Un viaje lo entiende cualquiera. Un índice mundial quizá suene más lejano, pero el MSCI World representa compañías grandes y medianas de todo el mundo. Es decir, permite participar en una parte amplia de la renta variable desarrollada mundial, con todo lo bueno y todo lo malo que eso implica.
Multiplicar 2.000 euros por unas 7,5 veces en algo más de 16 años supone una rentabilidad anualizada aproximada del 13% en ese periodo. El mensaje no es que todos los próximos 16 años vayan a parecerse a estos; pueden ser peores o mejores. Tampoco que el dinero de unas vacaciones de este verano deba meterse en bolsa. Esa sería una mala lectura y, probablemente, una mala decisión. El dinero que se necesita en pocos meses no debería depender del mercado.
El problema de muchas familias no es que gasten. El problema es que gastan sin haber decidido antes cuánto quieren ahorrar. En España se suele entender el ahorro como lo que queda a final de mes. Y a final de mes casi nunca queda nada. La fórmula debería invertirse: primero se separa el ahorro, después se organiza el gasto. No por vivir peor, sino para vivir con más margen. Una persona que ahorra para viajar, para formarse, para independizarse y para invertir no está renunciando a la vida. Está ordenándola.
De hecho, hasta para gastar bien hay que ahorrar antes. Quien no ahorra viaja peor, compra peor y decide peor, porque siempre va al límite. Si surge un imprevisto, tira de tarjeta. Si sube el precio de los vuelos, se enfada. Si llega una avería, se descuadra. En cambio, quien ha ahorrado puede elegir. Puede pagar el viaje sin endeudarse, puede esperar una oferta, puede cambiar de destino o puede decidir que una parte del dinero no se toca porque pertenece al futuro.
Gastar 2.000 euros hoy no cuesta solo 2.000 euros. Cuesta lo que esos 2.000 euros podrían llegar a ser si se invierten durante muchos años. Eso no significa que haya que vivir como un anacoreta. El café, la suscripción, el móvil nuevo, la escapada, la ropa, el coche o el viaje tienen un precio visible y otro invisible llamado coste de oportunidad.
Una joven debería viajar, aprender idiomas, conocer mundo y disfrutar. Por cierto, estudiar antes que todo esto. Pero también debería saber que los primeros 2.000 euros ahorrados son una semilla extraordinaria. Pueden pagar unas vacaciones. Pueden ser el inicio de una cartera. O pueden dividirse: una parte para Grecia y otra para empezar a invertir.
La enseñanza de las islas griegas es que el enemigo es no tener plan. Si una persona joven aprende a reservar una parte de lo que gana, a proteger los objetivos cercanos y a invertir el dinero que puede esperar, su consumo futuro será mejor.
Ahorrar es ampliar las opciones. Los 2.000 euros pueden convertirse en una semana maravillosa en Grecia. Perfecto. Pero entender que también podían haber terminado cerca de 15.000 euros cambia la forma de mirar el dinero. Y quien cambia la forma de mirar el dinero empieza a gastar con más cabeza, invertir con más paciencia y vivir con bastante menos ansiedad.