Impuestos temporales, implementados por poco tiempo; extraordinarios… que llegan para quedarse forever.
Varios países europeos, (por supuesto, España, pero también Alemania, Italia, Portugal o Austria), ya habían planteado a la Comisión Europea la posibilidad de introducir un nuevo impuesto a las energéticas por los llamados, una vez más, “beneficios extraordinarios” derivados de la crisis y poner un techo a la ganancia, que ya sabemos que ganar dinero es poco menos que delito.
El argumento, el de siempre: financiar ayudas, proteger al consumidor, redistribuir el impacto… La cháchara social de toda la vida, con la que se sablea a la ciudadanía, que es lo que ocurre siempre en último término. El patrón habitual. Impuestitos de nada, de esos que no se van a notar porque, además, son por poco tiempo y las empresas ganan “mucho” dinero.
Lo vimos con la crisis financiera, cuando subidas fiscales “temporales” se consolidaron durante años. Lo vimos con la pandemia y la guerra de Ucrania, con nuevos gravámenes a fortunas e impuestos “extraordinarios” a banca y energía que siguen vigentes.
El mismo discurso que el del sindicalista Pepe Álvarez, cuando le preguntaron que por qué se exprimía tanto a los Autónomos. Su única respuesta fue que “ganan una pasta”.
Ahora, llegaba más de lo mismo. La crisis de Ormuz ofrecía el contexto perfecto. Inflación potencial, que llega por la “geopolítica” o lo que es lo mismo, por la acción de señores tan malos y variopintos como Putin o Trump. Nada que ver con las políticas monetarias y el enorme gasto público de los estados del viejo continente. Nada relacionado con sus políticas energéticas, estados del bienestar traducidos a subvención pública en modo tarifa plana ni con el gasto ineficiente y corrupto.
Europa ya se preparaba para intervenir fiscalmente de nuevo, convencida de que se volvía a abrir una ventana de oportunidad recaudatoria.
Pero entonces llegó el giro. El aguafiestas de Trump, que estaba hablando de una escalada bélica sin precedentes ante el vencimiento del ultimátum, de repente se descolgó con una tregua.
Todo ello se tradujo en un rebote brutal e inmediato de los mercados: el petróleo cayó con fuerza por debajo de 95 dólares, el gas europeo retrocedió un 20% y las bolsas recuperaron terreno, con el Ibex teniendo a tiro, de nuevo, sus máximos históricos. En cuestión de horas, el escenario cambió. La prórroga impulsada por Estados Unidos supuso un alivio en la tensión y la reapertura parcial del estrecho. Será gamberro Trump
Von der Leyen estaba teniendo sueños no aptos para todos los públicos con otro estrujón impositivo, acompañado, sin duda, de más regulación, con esos deseados topes a los precios de la energía y demás medidas intervencionistas. Se lo estaban pidiendo los socios europeos y quién es ella para contradecirlos.
Por supuesto, antes ya se estaban escuchando corifeos lanzando cantinelas sobre “restricciones”, “prohibiciones de uso” y toda esa retahíla que encandila a la doña, a Macron… a Yolanda Díaz… a casi todos, por no decir todos.
Si petróleo baja, el argumento del “beneficio extraordinario” pierde fuerza, claro. Cuando la tensión energética se relaja, la narrativa de emergencia fiscal se desinfla. Cuando el mercado respira, el impulso recaudatorio se enfría. Resulta que la gente a pie de calle está ahora pendiente de que bajen los precios de la gasolina.
Europa (es decir, Bruselas) se relamía con la crisis. Pero el mercado, la geopolítica y el dichoso Trump desmontaron el guion, al menos de momento, que esto está lejos de arreglarse.
El petróleo bajó de 100 dólares… veremos si sigue bajando o qué hace en breve, porque esto está lejos de estar arreglado, pero de repente rebajó la expectativa de más impuestos. Gatillazo total.
En fin, Europa reacciona a cada crisis con lo que mejor sabe hacer: más regulación, más intervención y más impuestos. Es una respuesta casi automática. Una especie de reflejo institucional. Como el de la OCDE, que está urgiendo a los países que bajaron el IVA energético al 10% a que lo recuperen con urgencia.
Dónde queda esa Unión Europea que era la evolución del Mercado Común, orientado a generar prosperidad a través del crecimiento, la inversión y la competitividad.
La carta de Von der Leyen a Trump me la imagino: “arregla lo de Irán, pero hazlo después de que hayamos subido los impuestos”.