El mercado atraviesa un momento en el que las viejas certezas empiezan a convivir con nuevos riesgos. Uno de los primeros focos de atención vuelve a estar en el petróleo por encima de los 100 dólares, un nivel que amenaza con devolver presión a una inflación y, por extensión, puede mover las políticas monetarias. Diego Fernández Élices, de A&G, considera que se trata de un shock temporal, aunque más prolongado de lo inicialmente previsto. En este contexto, señala a la renta variable como el mejor activo para protegerse de la inflación, con especial interés por las compañías petroleras. A&G mantiene una exposición significativa a bolsa, pero apuesta por diversificar más allá de la tecnología hacia sectores como salud, energía, lujo, industria y materias primas. En tecnología mantiene alrededor de un 15% de exposición, con preferencia por semiconductores y memoria. En renta fija, considera que los fondos monetarios han perdido atractivo porque sus rentabilidades están por debajo de la inflación, mientras el fondo Paradigma Flexible Bonds ha aumentado progresivamente su duración, desde los 2,5 hasta los cuatro años. Al mismo tiempo, mantiene una posición conservadora en crédito, ya que los diferenciales están cerca de mínimos y no compensan suficientemente el riesgo.
La persistencia de una inflación superior al 3% en la eurozona, junto con unos tipos todavía por debajo de la inflación y una política fiscal expansiva, lleva a Juan Gómez Bada a considerar que el mercado no contempla una rápida vuelta a tipos bajos. Su estrategia pasa por compañías con fuertes ventajas competitivas, capaces de trasladar el aumento de costes a sus precios sin perder demanda, mientras recomienda cautela con las empresas muy endeudadas y dependientes de la refinanciación. A su juicio, las acciones deben ofrecer un retorno superior al de la renta fija por su mayor riesgo, aunque el análisis debe incorporar el crecimiento futuro del negocio y no limitarse a comparar dividendo y cupón. Esa búsqueda de crecimiento lleva directamente a la inteligencia artificial, donde Gómez Bada distingue entre compañías y segmentos. Considera que Nvidia mantiene una posición competitiva muy fuerte en el mercado de GPUs y que, pese a las elevadas expectativas sobre IA, no está sobrevalorada e incluso representa una oportunidad de inversión. En cambio, alerta sobre el elevado nivel de competencia y gasto en los laboratorios de IA, donde observa un proceso de “destrucción creativa” similar al de los comienzos de internet, con grandes inversiones cuyo beneficio puede acabar trasladándose principalmente al consumidor.
Mientras Estados Unidos concentra buena parte del debate tecnológico, Europa está construyendo otra gran tendencia estructural alrededor de su autonomía estratégica. La guerra de Ucrania, la crisis energética, las tensiones entre EEUU y China y la necesidad de reducir la dependencia exterior están impulsando inversiones en defensa, energía, semiconductores, ciberseguridad, industria y salud. Sobre estas seis tendencias se articula el BNP Paribas Europe Strategic Autonomy, que selecciona unas 50-55 compañías mediante análisis fundamental bottom-up, con un active share del 70,72% frente al MSCI Europe. Los industriales pesan un 50,51% y entre sus principales posiciones figuran ASML, Schneider Electric, Leonardo, BAE Systems, Rolls-Royce, Safran, Dassault Aviation, ABB, Siemens y Roche. Lanzado en mayo de 2025, el fondo supera ya los 1.000 millones de euros de patrimonio y acumula una rentabilidad del 16,01% en 2026 y del 19,3% a un año, mientras BNP Paribas AM estima que las inversiones vinculadas a la autonomía estratégica europea podrían alcanzar 1,5 billones de euros hasta 2035.
Al otro lado del Atlántico, la inversión tampoco tiene por qué reducirse a replicar el S&P 500. Una selección de diez fondos ofrece distintas formas de acceder al mercado estadounidense, desde productos indexados como Vanguard U.S. 500 Stock Index, iShares North America Index y Amundi S&P 500 Screened Index hasta estrategias value y de gestión activa como BNP Paribas Responsible US Value Multi-Factor Equity, Robeco BP US Large Cap Equities o BNY Mellon US Equity Income. También aparecen propuestas cuantitativas como Jupiter Merian North American Equity y fondos activos como FTGF Putnam US Research y ODDO BHF US Equity Trend. La cuestión de fondo es cuánto depende cada vehículo de las grandes tecnológicas y qué comportamiento puede ofrecer cuando cambie el liderazgo del mercado.
Esa concentración adquiere especial relevancia ante el enorme esfuerzo inversor que exige la infraestructura de inteligencia artificial. La inversión se acerca al billón de dólares anual y, según Schroders, cada billón destinado a centros de datos necesita generar alrededor de 1,2 billones de dólares de valor para los clientes al año. Entre 2026 y 2030, el gasto acumulado podría rondar los 9 billones de dólares, mientras los ingresos por servicios de IA deberían pasar de unos 300.000 millones actuales a 4,2 billones para sostener el modelo, lo que exigiría un crecimiento cercano al 45% anual durante siete años. El desafío para los inversores será determinar qué compañías de la cadena tecnológica serán capaces de capturar ese valor.
En esa cadena, los semiconductores mantienen un papel protagonista. La IA, los centros de datos y la demanda de chips avanzados sostienen unas perspectivas de crecimiento elevadas, aunque con riesgos de volatilidad, concentración, tensiones en Taiwán y entre EEUU y China y valoraciones exigentes. Entre las vías de inversión analizadas figuran los ETFs Amundi MSCI Semiconductors, VanEck Semiconductor y Global X AI Semiconductor & Quantum, además de fondos como Polar Capital Global Technology, Franklin Technology y Robeco Smart Energy. Los ETFs ofrecen una exposición más directa a los chips, mientras los fondos permiten una aproximación tecnológica o energética más diversificada.
Y frente a estas grandes apuestas de crecimiento, el oro recupera protagonismo como activo refugio. Su fuerte repunte durante el verano ha estado ligado al retroceso del dólar y a las dudas sobre la política monetaria y fiscal estadounidense. J. Safra Sarasin AM prevé que alcance los 4.600 dólares por onza a finales de 2026 y los 5.000 dólares a finales de 2027, con riesgos al alza. El deterioro fiscal de EEUU, la pérdida de confianza en su papel como garante de la estabilidad global y el interés de los bancos centrales por diversificar sus reservas refuerzan el atractivo del metal. En agosto, los ETF respaldados por oro recibieron 120 toneladas, valoradas en unos 18.000 millones de dólares, mientras la demanda de inversión gana peso frente a una demanda de joyería que empieza a resentirse por los elevados precios.
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