Además, el actual ciclo alcista destaca por su intensidad: desde finales de 2022 el índice prácticamente se ha duplicado, registrando uno de los mejores comportamientos históricos para un periodo comparable. Aunque septiembre suele ser un mes estacionalmente negativo para la bolsa estadounidense, la fortaleza actual del mercado podría estar alterando algunos de esos patrones históricos.

El principal motor del S&P 500 continúa siendo el sector tecnológico y, especialmente, las grandes compañías conocidas como los “Siete Magníficos”. Sin embargo, empiezan a aparecer señales de una mayor diversificación del crecimiento empresarial: nueve sectores registraron aumentos interanuales de beneficios de dos dígitos en el segundo trimestre y el crecimiento del beneficio por acción del resto del S&P 500 ya supera al de los Siete Magníficos. Nvidia sigue siendo especialmente relevante, al representar aproximadamente el 8% de la capitalización del índice, mientras que la tecnología concentra ya alrededor del 55% del gasto de capital de las empresas del S&P 500. Esta elevada concentración supone uno de los principales riesgos del mercado.

La gran incógnita está en las valoraciones y en la sostenibilidad de estas subidas. El PER de Shiller se sitúa cerca de los niveles alcanzados durante la burbuja de las puntocom, lo que alimenta las dudas sobre los retornos futuros.

Bank of America plantea incluso un escenario de rentabilidad anual negativa para el S&P 500 durante la próxima década, aunque estima mejores resultados para un índice con ponderación equitativa. Frente a esta visión, otros análisis consideran que las valoraciones podrían estar justificadas si se cumplen las previsiones de crecimiento de beneficios. De cara al cierre de 2026 existe, por tanto, una amplia dispersión de expectativas: mientras Bank of America contempla unos 7.100 puntos, otras firmas como UBS, Oppenheimer, Citigroup o HSBC sitúan al índice por encima de los 8.000.