La tasa de fertilidad en nuestro país ha caído de 2,5 hijos por mujer en 1950 a apenas 1,2 en 2025. Para que una población se mantenga estable, el umbral es de 2,1. Por debajo de eso, estamos en terreno de desaparición. Y no estamos solos. Corea del Sur (0,7), Chile (1,1), Japón (1,2), y un largo etcétera. La lista es larga y aglutina a muchísimos países. Lo que era una rareza europea, es ya una tendencia mundial.
Si hay menos bebés y más jubilados, la ecuación no sale. Cuando un país tiene más personas saliendo del sistema productivo que entrando, la tensión sobre el estado, tal y como lo estamos viviendo ahora, se vuelve insostenible. En concreto, sobre tres pilares: pensiones, sanidad y cuidados de larga duración. Y no me refiero al modo de financiarlo, que es con subidas masivas de impuestos, sino simplemente a estas 3 cuestiones.
En el caso de las pensiones, la relación entre trabajadores y pensionistas —la famosa ratio de dependencia— es cada vez más desfavorable. A mediados del siglo XX, había más de cinco cotizantes por cada jubilado. Hoy, estamos rondando dos. Y, con las tablas demográficas, es fácil vaticinar. Y para 2055, la ratio será de apenas poco más de 1 trabajador por cada pensionista. Y uno no puede pagar la pensión de otro mientras intenta ahorrar para su propia jubilación, pagar una hipoteca y, con suerte, tener un hijo. Y si ahora pagamos un 36% de seguridad social y el nuevo MEI, ¿qué será de nosotros?
Fuente: Carlos Arenas Laorga
A esto se suma que vivimos más años y con mejor salud, pero también con más enfermedades crónicas. La longevidad es un logro extraordinario, pero también un reto presupuestario. ¿Cuánto cuesta mantener una sociedad en la que buena parte de los ciudadanos vive más de 90 años?
Todos sabemos que existe este problema, pero ningún político quiere tocar el grupo más numeroso y bien organizado de votantes, sobre todo cuando ahora se empiezan a jubilar los del baby boom.
Corea del Sur ha pasado de 6,1 hijos por mujer en 1950 a tan solo 0,7 en 2025; una caída de 5,4 puntos. Otros países como Costa Rica, Turquía, Colombia o México han experimentado descensos muy pronunciados. Esto confirma que no solo Europa está envejeciendo. América Latina, Asia e incluso Estados Unidos (de 3,1 a 1,6) están viendo cómo sus estructuras demográficas se estrechan por abajo y se ensanchan por arriba, como una pirámide que se convierte en champiñón.
Según proyecciones del Banco de España o la Airef, el gasto en pensiones pasará al 15-16% del PIB en las próximas décadas. Pero el problema no es solo de pensiones. También aumenta el gasto sanitario y el coste de los servicios sociales dirigidos a personas mayores.
Y, ¿qué pasa con los ingresos? Si la población activa se reduce, también lo hacen las cotizaciones y los impuestos recaudados. Salvo que se suban los tipos impositivos —algo cada vez menos sostenible en un entorno de presión fiscal ya elevada— o se recurra al endeudamiento, con lo que simplemente se traslada el problema al futuro. Es decir, a esos mismos jóvenes que hoy no nacen.
Esto nos lleva a una paradoja. Estamos diseñando políticas públicas como si fuéramos una sociedad joven y creciente… cuando en realidad somos una sociedad envejecida y menguante. Pensiones públicas generosas, sanidad universal, educación “gratuita” … todo eso suena fantástico, pero requiere una base sólida de población activa. Sin fertilidad, sin crecimiento económico real, ese modelo es una quimera de quien cree que vive en Jauja.
No hay soluciones sencillas, pero sí caminos difíciles; que no por arduos debemos de dejar de transitar. Hay que hacer reformas del sistema de pensiones, incentivando el ahorro (y la inversión) privado y revisando la indexación automática al IPC. Hay que hacer políticas públicas de fomento de la natalidad, pero no solo con cheques bebé, sino con políticas profundas de conciliación real, fiscalidad favorable, etc. Tenemos que hacer programas de atracción de inmigración cualificada, que ayude al mercado laboral sin generar tensiones adicionales. Hay que atraer capital para que impulse el crecimiento económico real y a la productividad, única manera de sostener el sistema sin aumentar la presión fiscal. Y algunas cosas más, claro. No trato aquí de dar una solución sino de recordar el problema y establecer una línea de tendencia de soluciones.
El reto demográfico es global, pero en países como España resulta especialmente urgente. Toca tomar decisiones impopulares y asumir que los equilibrios del pasado ya no sirven para diseñar el futuro. Van a caer por su propio peso por más que los ignoremos. Como decía Ayn Rand, puedes negar la realidad, pero no los efectos de negarla.
El problema no es que haya más personas mayores. El problema es que no hay suficientes jóvenes. Y, si no hacemos algo, el sistema —y la sociedad que lo sustenta— simplemente no aguantará.