La nueva subida de 25 puntos básicos anunciada por el Banco Central Europeo (BCE) este jueves, hasta el 2,50%, estaba plenamente descontada por el mercado. Por eso, más que la decisión en sí misma, lo verdaderamente importante será conocer qué señales ofrece la presidenta del organismo, Christine Lagarde, sobre lo que puede ocurrir después.

En un contexto marcado por la incertidumbre sobre la evolución del conflicto en Oriente Medio y sus efectos sobre los precios, lo más probable es que el BCE mantenga una posición prudente y vuelva a insistir en que sus próximas decisiones dependerán de los datos. Inflación, crecimiento económico y evolución de los tipos de interés de la deuda serán algunas de las variables que deberá seguir antes de decidir si son necesarias nuevas subidas.

Si el mensaje se limita a esa vigilancia de los datos y no introduce grandes novedades sobre el escenario posterior, no deberíamos esperar reacciones especialmente importantes ni en los mercados de deuda ni en las bolsas. La cuestión cambiaría si Lagarde dejara la puerta claramente abierta a nuevos incrementos de tipos.

¿A quién benefician los tipos más altos?

Más allá de las consecuencias inmediatas, unos tipos más altos tienen efectos distintos según activos y sectores. En los mercados financieros, el sector bancario puede ser uno de los teóricamente favorecidos por un escenario de tasas más elevadas. En sentido contrario, los sectores más endeudados o más expuestos a una inflación de costes pueden resultar más perjudicados.

El efecto podría sentirse igualmente en la deuda pública. Los activos a corto plazo, como las Letras del Tesoro, también pueden recoger un aumento de las rentabilidades. Pero no debemos interpretar una decisión al alza sobre los tipos como algo positivo o negativo por sí mismo para el conjunto de los mercados. Esta decisión de política monetaria no es, en principio, favorable ni para la renta fija ni para la renta variable mientras no se demuestre que consigue controlar la inflación.

Esto tampoco significa que los mercados tengan necesariamente que caer. Existen otros factores que pueden contrarrestar el efecto del incremento del precio del dinero y permitir subidas tanto en deuda como en bolsa.

¿Cómo se trasladará al bolsillo?

Fuera de los mercados, el efecto más directo se dejará sentir en la financiación de hogares y empresas. Su intensidad dependerá de lo que ocurra después. Si el BCE apunta a nuevas alzas, estas podrían trasladarse al conjunto de los tipos bancarios de activo, es decir, a la financiación que ofrecen las entidades. Esto afectaría a las hipotecas, pero también al crédito al consumo y a otros préstamos. 

Centrándonos en el mercado hipotecario, el euríbor es un buen ejemplo de cómo el mercado se anticipa a las decisiones del BCE. Las subidas de los últimos meses ya incorporaban el consenso sobre el incremento de tipos de este jueves. A partir de ahora, su recorrido dependerá del mensaje de Lagarde, pero, sobre todo, de cómo evolucione el conflicto en Irán y de los nuevos datos económicos.

La tendencia sigue siendo alcista y su intensidad estará muy condicionada por la inflación. Incluso si el conflicto en Oriente Próximo terminase de forma inmediata, todavía podríamos tener dos o tres meses de inflación elevada por el desfase con el que el encarecimiento de la energía se traslada al resto de los precios. Si las tensiones se mantienen, también podría prolongarse la presión sobre los tipos y el euríbor. Por eso, el entorno del 3% no tiene por qué ser un techo: existe margen para que permanezca en niveles elevados o continúe subiendo si persisten las presiones inflacionistas y aumentan las expectativas de nuevas actuaciones del BCE.

La otra cara de unos tipos más altos debería ser, en principio, una mayor remuneración del ahorro. Sin embargo, esa transmisión no tiene por qué producirse con la misma rapidez: la remuneración de cuentas y depósitos suele reaccionar de forma más lenta e incierta y dependerá, en buena medida, de las necesidades de financiación de las propias entidades, que en estos momentos no parecen especialmente elevadas.

Más allá del impacto financiero inmediato sobre mercados, crédito y ahorro, el reto del BCE sigue siendo encontrar el equilibrio entre combatir la inflación y no frenar excesivamente la actividad económica. Pero el problema europeo no termina en la política monetaria. Para recuperar competitividad, Europa necesita también una política de oferta y una política fiscal capaces de incentivar la economía. La mayor incertidumbre está precisamente en esas otras políticas, donde Europa continúa teniendo muchas más dificultades para avanzar.