En alguna ocasión ya lo hemos explicado. No son pocos los artículos en los que hemos tratado de dar el verdadero concepto de inflación o en los que hemos alertado de sus peligrosos efectos. Está mal la auto cita, pero ya lo remato diciendo que hasta le dedico un capítulo en el libro La Valentía de la Ignorancia.
Se suele decir que la inflación es la subida sostenida y generalizada de los precios en una economía en un periodo de tiempo. Y ¡no es eso! La subida de precios suele ser la inmediata consecuencia, pero no confundamos muy posible causa con la definición. Para ello, vamos a ver antes qué es un precio.
Un precio es una ratio de dos valores distintos. Cuando decimos que un litro de gasolina cuesta 1,85€ (y poco es con los precios actuales), estamos expresando una relación entre el valor del bien (cuánto valoramos ese litro de gasolina en función de su utilidad y escasez) y el valor de la unidad monetaria (cuánto valoramos el euro en sí mismo como herramienta para comprar cosas).
Por lo tanto, un precio puede subir por dos motivos; porque el producto se ha vuelto más valioso (escasez) o porque el dinero ha perdido valor (depreciación). La inflación genuina es únicamente lo segundo, la pérdida de valor del dinero.
Imagina que hay una gran sequía y la cosecha de trigo se reduce a la mitad. El precio del pan subirá inevitablemente. Este aumento no es inflación, sino un cambio en el precio relativo del pan respecto a otros bienes.
Los precios actúan como señales de tráfico. Si el petróleo sube porque hay conflicto en Oriente Medio o cuellos de botella en el transporte, esa subida nos está avisando de que el petróleo es ahora más difícil de conseguir.
Ese precio más alto obliga a la sociedad a consumir menos petróleo o a buscar alternativas. Es un reajuste necesario a la nueva realidad de escasez.
El gran dilema actual es que los bancos centrales suelen fijarse solo en el IPC (un promedio de precios) sin analizar por qué suben. Si el precio de la energía sube por falta de oferta, y el Banco Central sube los tipos de interés para frenar esa subida, lo que hace es hundir la demanda de forma artificial.
Intentar bajar los precios cuando hay escasez mediante la contracción de la economía es como tratar a un nadador que se está ahogando, dándole un sedante para que deje de agitarse. No se trata la causa (la escasez de energía), sino que se daña al nadador (la economía) para que el movimiento (el IPC) sea menor.
Asimismo, se nos dice que la caída de precios (deflación) es peligrosa, pero… Si gracias a la tecnología podemos fabricar móviles o comida de forma mucho más barata y abundante, los precios bajarán de forma natural. ¿Qué hay de malo en eso? El Banco Central no debería intervenir para evitar esta caída. Impedir que los precios bajen cuando la productividad aumenta sería una distorsión que robaría a los ciudadanos el beneficio de ese progreso técnico. Pues de modo inverso sucede con la inflación.
No debemos alarmarnos por cada subida de precios si refleja una escasez real (como un shock energético), ya que es la forma que tiene la economía de informarnos y adaptarse. El verdadero peligro es la manipulación política o monetaria que erosiona el valor de nuestros ahorros para ocultar realidades económicas incómodas.
Así que cuidado, porque podemos hablar de inflación para entendernos cuando comentamos la guerra de Irán y las subidas del petróleo y derivados. Pero es importante saber técnicamente qué es realmente la inflación. Porque hablar de inflación en una charla o un artículo, al final todos nos entendemos. Pero cometer este error en una discusión técnica puede terminar por darnos soluciones contrarias a las que se deberían tomar. Porque la inflación no es la subida de precios, sino la pérdida de valor de la unidad monetaria.