Sin duda, es el reflejo de un Madrid opulento que ante el encuentro electoral del próximo año busca rizar el rizo de las continuas reformas que, además de molestas, son muchas veces innecesarias.

Un caso claro de una obra faraónica sin mucho sentido es la de cubrir la M-30 a su paso por el puente de ventas para conectar dos barrios y evitar el efecto frontera que supone la vía rápida de circulación. No hace muchos años se reformó el puente con buenas aceras para los peatones y un sistema de iluminación novedoso y original. ¿Tiene sentido gastar casi 80 millones de euros en esta macroconstrucción más propias de faraones? Madrid paga mejor a los funcionarios que la Administración Central y cuenta con una renovada flota de vehículos eléctricos de marcas de alta gama.

El Ayuntamiento de Madrid junto con la Comunidad se disputan más y más renovaciones y hacen gala de una riqueza que resulta fastuosa. La contrapartida es impuestos muy elevados como el caso del IBI o la plusvalía municipal de la vivienda. Un piso dentro de la M-30 de unos 100 metros cuadrados paga cada año un IBI cercano a los 1.000 euros, a los que sumar el impuesto de circulación y más recientemente el de las basuras.

Considero que una mayor austeridad y un reparto de las obras en beneficio de los barrios más deteriorados sería una apuesta, sin duda, más necesaria y justa, después de que el centro de la capital y las calles de la milla de oro hayan recibido fuertes inversiones en los últimos años. El simple mantenimiento de estas zonas sería suficiente.

Como contraste a esta opulencia y redundancia en las obras, la otra cara de la moneda la ofrece la obra pública del Estado. Carreteras en mal estado, con numerosos baches y la alarma última del deterioro de las presas que podría provocar catástrofes impensables. Y como punto máximo, el accidente de Adamuz con 46 víctimas mortales debido -por lo que sabe hasta el momento- a la mala conservación de la línea de alta velocidad. Una situación de la obra pública estatal casi de supervivencia, según indican los expertos, aunque aquí también los impuestos han sido crecientes y las recaudaciones máximas en estos años.

En otros sucesos, la culpa es la desidia y la mala gestión, como ha ocurrido recientemente con la muerte de seis jóvenes en una pasarela por los acantilados de Santander. Unas muertes fácilmente evitables ya que ni el aviso de los vecinos sirvió para que las autoridades municipales tomaran nota. Vivimos en un país de contrastes entre la riqueza pregonada y la pasividad silente y en medio un ciudadano/contribuyente que ya no se puede fiar de casi nada.