Pero llegaba con un plan bajo el brazo, al que habían aportado grandes dosis de conocimiento los Agentes de Cambio y Bolsa, los Ureta, Pizarro, FG… Su objetivo era meter a España en el euro y la única manera de conseguirlo era abrir la economía: liberalizar mercados, privatizar empresas públicas, reducir gasto, bajar impuestos (sobre todo al ahorro) y atraer capital. Aquella agenda no era precisamente popular. Le costó tres huelgas generales, las acampadas de los trabajadores de Sintel y un desgaste político enorme. Parecía una estrategia suicida.
Cuatro años después, en el 2000, el Partido Popular obtuvo una mayoría absoluta de premio. Caso único hasta nuestros días, por cierto. Fue el triunfo del bolsillo agradecido. Los españoles no premiaron únicamente una bajada de impuestos o una medida concreta. Premiaron la sensación de que el país avanzaba y todos se sumaban a la ola. Reinaba la sensación de que existía un rumbo y detrás un Gobierno que implementaba una reconocible modernización económica. Europa, por cierto, había tomado buena nota entre otras cosas, además, porque el proceso de internacionalización de nuestras empresas fue brutal.
Puede decirse que los mercados de capitales fueron el artífice el enorme bienestar social, con superávit público incluido y que otorgaron un enorme rédito político a quienes apostaron por ellos.
Este verano escribía que España desperdició la oportunidad histórica que tuvo tras el Mundial de 2010. Un país admirado en el exterior, con una mayoría absoluta recién conquistada y con todas las condiciones para emprender grandes reformas terminó conformándose con gestionar la crisis. No transformó la economía, templó gaitas... y subió impuestos.
Desde entonces no he dejado de darle vueltas a una pregunta. Si Alberto Núñez Feijóo llega algún día a La Moncloa, ¿tiene planes realmente para incentivar el ahorro y los mercados?
No hablo de propuestas buenistas, hablo de planes concretos, como los de 1996, que entonces eran privatizar Telefónica o Repsol, recortar gasto público en unos 200.000 millones de pesetas con la tijera quirurgica del admirado profesor Barea...
Cuanto más busco, más descorazonado estoy. He vuelto a leer el programa electoral de 2023. Como ocurre con casi todos los programas españoles, está lleno de verbos en futuro.
"Facilitaremos..."
"Impulsaremos..."
"Diseñaremos..."
"Favoreceremos..."
Todo, trufado de grandes pactos con interlocutores y agentes y… Confieso que esa forma de escribir la política me desespera.
Un programa realmente reformista no consiste en enumerar objetivos deseables desde el buenismo y a su vez, guardando la ropa. Hoy, más que nunca, reside en lograr aflorar grandes dosis de capital para acometer las enormes inversiones pendientes. Con medidas concretas. Seguramente, no demasiadas.
Y lo alucinante es que ese capital está ahí: más de dos billones de euros (una cifra superior al PIB español) en cuentas bancarias, llenándose de polvo.
¿Se va a crear una cuenta de inversión como la sueca de una vez? ¿Eliminará la penalización fiscal de la inversión a largo plazo? ¿Va a simplificar la tributación de los pequeños inversores? ¿Va a incentivar que las familias financien empresas españolas o seguirá yéndose todo a los mercados estadounidenses?
Todo son propuestas voluntaristas. Draghi, Letta… hacen llamamientos al impulso de los mercados de capitales como clave para que Europa no termine siendo lo que ya es: un proyecto fallido; un templo de la burocracia que sólo sabe emitir deuda. Que se le llena la boca de hablar de pactos climáticos y compromisos con la biodiversidad, cada vez que se incendia el continente de manera calamitosa.
Lo cierto es que tenemos estados colapsados, incapaces de hacer frente a los grandes sucesos. Las estructuras partitocráticas sólo afloran ineptos de militancia al frente de las instituciones y pasa lo que pasa: los trenes descarrilan, los países se apagan, los montes se incendian, los ríos se desbordan… Y los políticos creen que proponer medidas reales de impulso al ahorro y los mercados es algo que no puede plantearse, porque no ofrece retorno electoral.
Algo falso, como pudo comprobarse en 2000 y volverá a ocurrir si alguien, con coraje, pone un plan sobre la mesa de incentivo al capital y lo lleva a cabo.