Las perspectivas de beneficios empresariales siguen siendo especialmente atractivas. Históricamente, es poco habitual observar expectativas de crecimiento del beneficio por acción tan elevadas fuera de una fase de recuperación posterior a una crisis. Sin embargo, aunque en 2025 no se produjo ninguna crisis importante, se prevé que los beneficios crezcan un 16 % en Europa y un 36 % en Estados Unidos.

En Estados Unidos, este impulso procede en gran medida de la tecnología y del sector de la inteligencia artificial, pero el fenómeno va mucho más allá de ese mercado. A escala mundial, los beneficios previstos del sector tecnológico crecen a un ritmo sin precedentes. El crecimiento previsto del beneficio por acción de un índice tecnológico global alcanza el 84 %, casi el triple que el del mercado mundial. Esta diferencia ilustra la magnitud de la revolución de la inteligencia artificial en el conjunto de la economía.

En cuanto a las valoraciones, la mayoría de los principales mercados cotiza actualmente por encima de sus medias históricas, mientras que la volatilidad se mantiene cerca de sus mínimos recientes.

Dicho de otro modo, los inversores ya descuentan una gran cantidad de buenas noticias. Los mercados siguen respaldados por el sólido impulso de los beneficios, pero se estrecha la brecha entre las expectativas y una realidad exigente. En este contexto, cualquier decepción, por pequeña que sea, en materia de crecimiento o beneficios podría penalizarse con mayor dureza. Esto refuerza la importancia de seleccionar cuidadosamente las inversiones.

La prima de riesgo de la renta variable ha desaparecido en Estados Unidos: la rentabilidad por beneficios del S&P 500 ya no ofrece diferencial frente al rendimiento del bono del Tesoro estadounidense a diez años. La prima de riesgo ha pasado así del 7,6 % en 2012 al 0 % actual, un nivel que apenas se ha visto desde comienzos de la década de 2000.

En cambio, la renta variable europea conserva un perfil más equilibrado. Aunque su prima de riesgo también se ha reducido, se mantiene cerca de los niveles de los últimos años y sigue siendo mucho más atractiva que la del mercado estadounidense en comparación con los rendimientos de la deuda.

Este descuento relativo resulta aún más interesante porque coincide con un momento en que los retos para la soberanía europea probablemente no habían sido tan apremiantes en varias décadas. La defensa, la seguridad energética, las infraestructuras, la inteligencia artificial y la reindustrialización están alimentando un ciclo de inversión a largo plazo que podría transformar de manera duradera la economía europea.

Más allá de las oportunidades que ofrece en sectores concretos, esta tendencia podría abrir paso a un nuevo paradigma económico. Durante 15 años hemos vivido en un contexto de bajo crecimiento, tipos de interés muy reducidos y escasa inversión industrial. Ahora podríamos estar entrando en una etapa muy distinta, impulsada a la vez por la defensa, la inteligencia artificial, las infraestructuras, la energía y la reindustrialización.

Se trata, no obstante, de inversiones estratégicas de gran envergadura y con horizontes de varios años. Cuando un Gobierno necesita reforzar su defensa, una empresa construye un centro de datos o un fabricante busca asegurar su suministro energético, una variación de unas pocas decenas de puntos básicos en los tipos de interés no basta necesariamente para detener el proyecto.

Por tanto, este ciclo de inversión podría sostener el crecimiento durante más tiempo, incluso en un entorno de tipos de interés elevados.

La cuestión ya no es solo cuándo bajarán los tipos, sino también durante cuánto tiempo podrá este nuevo crecimiento absorber de forma sostenible unos tipos más altos.