La Reserva Federal (Fed), el Banco Central Europeo (BCE) y el Banco de Japón han endurecido su política monetaria. Por otro, el Banco de Inglaterra ha optado por mantener los tipos. La diferencia es, cuanto menos, llamativa porque las cuatro instituciones se enfrentan, en mayor o menor medida, al mismo problema: el encarecimiento de la energía derivado de las tensiones geopolíticas (sin visos de que aminoren) y el riesgo de que ese shock termine contaminando el resto de precios.
Sin embargo, la diferencia no es el “ahora” sino el “después”. Es decir, si aparecerán los temidos efectos de segunda vuelta.
La Fed no quiere esperar a que la inflación vuelva al 2%
La Reserva Federal elevó el 16 de septiembre el rango objetivo de los fondos federales en 25 puntos básicos, hasta el 3,75%-4%. Su argumento es que la inflación estadounidense continúa demasiado elevada y que actuar ahora puede acelerar el regreso hacia el objetivo del 2%.
Sus responsables esperan que la inflación PCE termine 2026 en el 3,7%, mientras que la inflación subyacente se situaría en el 3,4%. Para 2027 anticipan tasas del 2,3% y 2,5%, respectivamente.
Estados Unidos cuenta además con una economía relativamente resistente. La propia Fed señala que el gasto doméstico aguanta, la inversión empresarial es sólida y el desempleo apenas ha variado. Todo ello, ofrece cierto margen para endurecer la política monetaria sin enfrentarse, por ahora, a una economía claramente en recesión.
El BCE también ha decidido actuar
En Fráncfort han llegado a una conclusión parecida. Más o menos. El BCE aumentó sus tres tipos oficiales en 25 puntos básicos, colocando la facilidad de depósito en el 2,50%, las operaciones principales de financiación en el 2,65% y la facilidad marginal de crédito en el 2,90%.
La inflación de la eurozona alcanzó el 3,3% en agosto, frente al 2,9% de julio. El componente energético se disparó un 14,3%, aunque existen señales bastante menos preocupantes debajo de esa cifra: la inflación sin energía ni alimentos descendió al 2,4% y la de servicios pasó del 3,3% al 3%.
El BCE espera ahora un relativo buen camino para la inflación media del 3% en 2026, 2,5% en 2027 y 2,1% en 2028. Y tampoco observa todavía una respuesta sustancial de los salarios al shock energético. Por tanto, dicha subida tiene un fuerte componente preventivo: evitar que una perturbación inicialmente energética termine arraigándose.
Japón afronta un problema diferente
Japón llega a este momento desde una situación monetaria muy distinta ya que tras décadas de tipos extremadamente bajos, el Banco de Japón se encuentra en pleno proceso de normalización.
Su tipo de referencia se sitúa actualmente alrededor del 1,25%, un nivel todavía muy inferior (y soñado) al estadounidense o europeo.
El banco central japonés teme que la subida de las materias primas se traslade progresivamente al consumidor. A ello se añaden la depreciación del yen y el encarecimiento de los semiconductores. El Banco de Japón espera que la inflación vuelva a superar el 2% durante la segunda mitad del ejercicio fiscal de 2026.
Japón no sigue la ruta Fed o el BCE. Continúa alejándose de una política monetaria extraordinariamente expansiva mientras vigila, eso sí, nuevos focos inflacionistas.
Reino Unido cree que todavía falta una pieza
La decisión más singular llega desde Londres con un Banco de Inglaterra que ha mantenido su tipo en el 3,75%, aunque ojo, seis miembros apoyaron mantenerlo y tres querían elevarlo al 4%. La inflación británica alcanzó el 3,1% en agosto y probablemente seguirá aumentando durante los próximos meses. Entonces, ¿por qué no subir entonces? Porque el BoE considera que, hasta ahora, existe poca evidencia de efectos de segunda vuelta significativos sobre salarios y formación de precios. Además, observa un mercado laboral relativamente débil y considera que los tipos ya elevados están enfriando hogares y empresas.
Los temidos efectos de segunda vuelta
Que suba el petróleo provoca un efecto directo: gasolina, electricidad o transporte se encarecen. Después aparecen efectos indirectos cuando las empresas trasladan sus mayores costes energéticos a alimentos, bienes y servicios.
Los efectos de segunda vuelta son más peligrosos. Es decir, trabajadores y empresas incorporando permanentemente esa inflación a sus decisiones. Los empleados reclaman salarios mayores para recuperar poder adquisitivo y las compañías afrontan mayores costes laborales y vuelven a subir precios. Puede formarse así una dinámica precios-salarios-precios.
El Banco de Inglaterra reconoce el riesgo, pero sostiene que todavía no hay pruebas suficientes de que esté ocurriendo a gran escala.