Hace unos días, una persona me decía, encendida, que había que subir impuestos porque era intolerable que los ricos fueran cada vez más ricos. Un argumento que me encanta, porque niega, de nuevo, el derecho a la prosperidad. El aludido no denunciaba malas prácticas, corrupción, delitos, monopolios, connivencias espurias… sólo que alguien rico lo sea más.
Así que, en primer lugar, le dije que, si no me daba más datos, a estos ricos les ofrecía el beneficio de la duda: quizás incrementaban su patrimonio por métodos honestos, porque gestionan mejor, son más trabajadores o más listos.
Pero la realidad es que hay otro mecanismo mucho más automático que ayuda a explicar el fenómeno: la inflación. Ese impuesto silencioso que castiga especialmente a quien vive de una nómina y no tiene activos con los que protegerse. Ese virus perverso en doble sentido porque, al mismo tiempo, eleva el precio de los activos del patrimonio de quienes sí los poseen.
Los gobiernos, gastones e ineficientes, son incapaces de generar crecimiento. Engordan déficits que deben ser financiados con deuda y muchos impuestos. Cuando ese crecimiento del gasto, el déficit y la deuda se prolonga durante años y encuentra además una política monetaria extraordinariamente acomodaticia (tipos cero, compras masivas de bonos y enormes inyecciones de liquidez) el resultado sólo puede acabar siendo una degradación del valor del dinero.
¿Consecuencias? Degradación monetaria. Devaluación. Inflación.
La clase media-baja que no tiene activos y vive más bien al día, sufre porque el precio de las cosas sube y, por tanto, es más pobre cada día. Al revés, el que tiene activos, ve cómo estos suben de precio, por lo tanto, su patrimonio sube.
¿Ganan más dinero de inmediato? No, pero mientras los no propietarios son más pobres, los tenedores (de inmuebles, joyas, acciones…) acumulan más valor por subida de precios. Se blindan de la inflación.
Pensemos en dos ciudadanos. Uno tiene 20.000 euros en una cuenta corriente y vive de su nómina. El otro tiene una vivienda, una cartera de acciones y participaciones en una empresa. Tras años de calentón de precios, los 20.000 euros del primero compran bastante menos. Basta comparar la cesta de la compra o los carburantes. Mientras tanto, buena parte de los activos del segundo han aumentado su precio en unidades monetarias. El piso que valía un millón de euros vale dos, sin que haya hecho nada. No hace falta que uno haya robado nada al otro. Es el dinero el que ha cambiado de valor y ese cambio se refleja directamente en su capacidad de compra: la misma cantidad de euros permite adquirir cada vez menos bienes, servicios y, sobre todo, activos.
Ellos no han quitado nada a nadie, ni siquiera están satisfechos con esto, ya que los malvados poseedores prefieren que se tomen medidas de estímulo fiscal, no confiscatorias. Pero aquí llega la segunda parte.
Como tenemos inflación, los bancos centrales tienen que subir los tipos. El dinero vuelve a tener precio. Las hipotecas se encarecen, el Euríbor sube y el ciudadano que ya había soportado el encarecimiento de la cesta de la compra descubre que también debe pagar más por financiar su vivienda y si es nueva, no digamos: más cara y créditos más altos.
O sea, pierde poder adquisitivo y se le alejan los activos. Los tipos para combatir la inflación le empobrecen más. No parece el mejor mecanismo de redistribución jamás inventado.
Pero faltan aun los bonos. La deuda pública.
Durante demasiado tiempo los Estados pudieron comportarse como si endeudarse fuera gratis. Esa es la máxima de todo político: el dinero no es de nadie y se fabrica. Los tipos cercanos a cero y las compras masivas de deuda de los bancos centrales permitieron financiar déficits gigantescos sin que el coste apareciera inmediatamente delante del ciudadano.
Pero gratis nunca fue. Simplemente mandamos la factura al futuro. Y el futuro empieza a llegar cuando el mercado de bonos vuelve a exigir rentabilidad. De nuevo, la frase que ha citado muchas veces: "no puedes decir 'que se joda el futuro', porque el futuro viene y te jode a ti". Se la dice un sabio jefe a un rebelde John Travolta que lo que quería era... gastarse todo el dinero y pedir más. En Fiebre del Sábado noche, una gran película, con enormes reflexiones entre baile y baile.
De repente, colocar y refinanciar montañas de deuda cuesta dinero de verdad. Y aparece una contradicción formidable: los bancos centrales tienen que combatir la inflación elevando el precio del dinero mientras los Estados necesitan desesperadamente que ese dinero siga siendo barato para financiar unas deudas cada vez mayores. ¿Se llama círculo vicioso?
Lo que durante años parecía el activo más seguro del mundo empieza, al menos, a ser cuestionado por el mercado. El inversor vuelve a preguntar algo tan elemental como cuánto le van a pagar por prestar dinero durante diez, veinte o treinta años a un Estado crecientemente endeudado.
Ante esta situación, que es real, se están dejando caer soluciones geniales como “no tendrás nada y serás feliz”. Como parece que eso no termina de calar en la sociedad, ya se está actuando con más claridad: no se van a construir más casas, la propiedad de coches es discutible por aquello de lo ambiental y el ahorro tampoco es algo que guste en las altas esferas.
O sea, lo de siempre: más regulación e impuestos. Camuflarlo en la consigna de quitar al que tiene para dar al que no. Todo ello, con algo de retórica, como las subidas de tipos del BCE… algún impuesto especial (se habla, ahora, del coche eléctrico). Pero aquí encuentro una contradicción que me fascina.
Si el problema es que quienes poseen activos se protegen mejor de la inflación y quienes no los poseen se quedan atrás, ¿por qué nuestra respuesta consiste siempre en castigar al que tiene activos? ¿Por qué no hacemos exactamente lo contrario? Que más gente los tenga.
La solución a una sociedad dividida entre propietarios y no propietarios no debería ser conseguir que haya menos propietarios. Debería ser conseguir que haya millones más. Que el trabajador no tenga solamente una nómina. Que tenga acciones. Fondos. Una cuenta de inversión. Ahorro para su jubilación. Una pequeña participación en las empresas que generan la riqueza del país. Patrimonio. Es decir, libertad.
España ya experimentó algo parecido durante los años noventa. Entonces se hablaba, sin pedir perdón, de capitalismo popular. Las privatizaciones y las OPV llevaron a multitud de pequeños ahorradores a convertirse en accionistas de grandes compañías. La filosofía era extraordinariamente poderosa: democratizar la propiedad del capital.
Hoy hacemos prácticamente lo contrario. Está claro que no gusta a los políticos. Nos preocupa que Europa no tenga suficiente capital mientras castigamos fiscalmente su acumulación. Nos lamentamos de que nuestras empresas necesiten financiación exterior mientras penalizamos el ahorro doméstico. Nos escandaliza que suba el patrimonio de quienes poseen acciones mientras hacemos poquísimo para que quienes no las poseen empiecen a hacerlo.
Hemos construido una fiscalidad que trata el capital como sospechoso y después nos sorprendemos porque nos falta. La realidad es que la inflación es el impuesto a los pobres y el resultado más perverso que pueden producir las políticas populistas cuando el gasto, la deuda y la expansión monetaria sustituyen al crecimiento real.
Lo dicho, no hay que acabar con los ricos, sino con los pobres. De manera económica, por supuesto, no real.