Un fondo soberano es un vehículo de inversión propiedad del estado, diseñado para gestionar a largo plazo excedentes fiscales o comerciales. No nace de un capricho político puntual, ni se financia a crédito, sino de un superávit estructural. Como decía, suele venir de superávits comerciales o presupuestarios. Aquí es donde me entra la risa. Por poner un dato, se calcula que el 62% de las huchas de los pocos países que tienen fondos soberanos viene de la venta de recursos como gas o petróleo. Igual que en España, ¿verdad?
Quizá, los fondos más famosos sean los de Noruega y los de algún emirato. El fondo noruego supera los 1,4 billones de dólares, alimentado por petróleo y gestionado con una profesionalidad e independencia que ya quisiéramos aquí. Un conocido trabaja en él y me maravillo con las cosas que me cuenta. Otros países como Singapur o Qatar también rentabilizan recursos naturales o superávits comerciales recurrentes. Y, por supuesto, China, que convierte su gigantesco saldo exterior positivo en músculo financiero.
Pero atención al pequeño matiz: todos ellos tienen algo que España no tiene ni por asomo. O bien recursos naturales que exportan como churros, o bien cuentas públicas envidiablemente saneadas. Por ejemplo, Australia. Poca deuda, superávit presupuestario, recursos naturales. Igualito que aquí.
De hecho, tanto la OCDE como el FMI apuntan que un fondo soberano solo tiene sentido si existe un excedente estructural real, no coyuntural. Y España no tiene ni uno ni otro. Es más, ambas instituciones coinciden en que es una locura (esta palabra la digo yo, ellos hablan más de riesgos o falta de responsabilidad) fiscal.
España acumula una deuda pública de más del 100% del PIB. Financia su gasto ordinario con déficit año tras año. Y además, ya tiene instrumentos públicos para intervenir económicamente: la SEPI, el ICO, el CDTI… ¿Qué necesidad había de otro ente estatal con vocación inversora? Pues vistos los recientes escándalos de corrupción en la SEPI, la verdad es que no me quedo tranquilo con la noticia del fondo soberano. ¿Qué quieren hacer? ¿Intervenir empresas “estratégicas”? ¿Dar dinero a quien políticamente interese? Y, ¿a costa de mis impuestos?
Quizá la imagen de un fondo soberano te suene lejana, pero esto seguro que se entiende. Imagina una familia que vive con deuda, tiene una hipoteca y, cada año, necesita refinanciar y ampliar los créditos que tiene. La situación parece un poco desesperada, pero resulta que se le ocurre pedir otro crédito más para abrir una cuenta en el banco. Suena absurdo, ¿no? Pues eso.
Y el Gobierno lo querrá, como decía, para invertir en sectores que considere “estratégicos” (permitidme las comillas de nuevo), lo que se suele traducir en intervención discrecional en compañías, competir por recursos con empresas privadas que financian ese fondo con sus impuestos y en dar dinero a quien políticamente interese.
Cualquier vehículo de inversión estatal corre el riesgo de ser politizado. Pero si además no tiene control parlamentario, más. Es como el cóctel perfecto para el ocultismo, el clientelismo institucionalizado y el descontrol.
Una cosa es tener un brazo estatal que defienda intereses estratégicos puntuales -lo cual no estoy seguro de defender- (como hizo Francia con Alstom o Alemania con Uniper) y otra muy distinta montar una estructura.
Antes de jugar a los gestores de fondos con dinero público, lo lógico sería tomar ciertas medidas que me atrevo a esbozar, sin ser necesariamente las únicas ni las mejores.
- Reducir el déficit y la deuda.
- Reforzar las instituciones existentes: si ya tenemos la SEPI, ICO, CDTI… usémoslos mejor.
- Crear reglas claras de mercado: fomentar la inversión privada, en lugar de competir con ella.
- Evitar duplicidades administrativas: menos estructuras, más eficiencia.
Soy muy partidario de los fondos. De hecho, no me importaría que se hiciera uno para las pensiones. Pero no así, claro. Si no hay excedente, si el Estado está endeudado, y si ya existen entes que hacen lo mismo o similar... crear un fondo soberano es bastante absurdo. Mucho logo, mucho nombre rimbombante, mucho 120 mil millones, mucha foto, pero es humo que tapa la realidad que hay detrás. Somos mayores, no nos chupemos el dedo. No hace falta haber trabajado en el Congreso de los Diputados para sospechar.
Llamar fondo soberano a este nuevo experimento un intento de vestir con etiqueta de sofisticación una herramienta de intervención económica sin base fiscal ni institucional sólida.
En un país donde el gasto público se financia con deuda, hablar de invertir para el futuro sin antes cuadrar las cuentas es, como mínimo, temerario y profundamente irresponsable. Antes de ahorrar, hay que dejar de gastar de más. Y antes de crear nuevos instrumentos financieros, hay que demostrar que se sabe manejar los que ya se tienen.
El fondo soberano en España no es un instrumento de ahorro, es poder mal entendido. Y, cuidado, todo esto es una crítica al poder político; aquí no tratamos de colores.
No le hago feos a un fondo soberano independiente, como se debe y cuando se pueda. Pero no así, por favor.