Los republicanos afrontan la recta final con una mayoría muy ajustada en la Cámara de Representantes y con la posibilidad de perder el control de al menos una de las dos cámaras del Congreso. Y claro, para los inversores, el resultado determinará hasta qué punto Donald Trump podrá desarrollar su agenda durante los dos últimos años de su mandato. Una derrota republicana en la Cámara de Representantes no tiene por qué traducirse automáticamente en caídas bursátiles. De hecho, es la historia la que ofrece una lectura bastante diferente.
Las bolsas suelen recuperarse después de las elecciones
Las semanas anteriores a unas elecciones legislativas suelen estar marcadas por la (lógica) incertidumbre. Desde 1974, el S&P 500 ha obtenido una rentabilidad media de apenas el 1,7% entre el 1 de agosto y la jornada electoral en los años de elecciones de mitad de mandato. El comportamiento cambia considerablemente una vez despejada la incógnita política. Durante los tres meses posteriores a estas elecciones, el principal índice estadounidense ha avanzado históricamente una media del 5,7%. Ampliando el periodo a seis meses, la subida media alcanza aproximadamente el 12,4%. Otro cálculo realizado desde 1970 sitúa incluso en el 14,1% la rentabilidad media durante los seis meses posteriores a las elecciones.
Son precedentes históricos y no garantizan que el comportamiento vaya a repetirse en 2026, claro está. De hecho, inflación, tipos de interés, crecimiento económico, beneficios empresariales y política de la Reserva Federal probablemente tendrán mayor influencia sobre las cotizaciones a medio plazo.
Los datos sugieren que los mercados podrían tender a superar en los 12 meses posteriores a las elecciones de mitad de mandato. Y aunque a los mercados no les gusta la incertidumbre política, el estancamiento legislativo y la desregulación pueden jugar a su favor. Pero la posible falta de unidad de gobierno es importante, ya que existe un creciente sentido de urgencia en torno a cuestiones críticas de bolsillo, que van desde la inflación continua, la solvencia de la Seguridad Social y Medicare, hasta la fortaleza de los planes de jubilación. Estas preocupaciones quizás se acentuen al desarrollarse en un contexto de conflicto geopolítico y altos costes cotidianos y energéticos. Además, "en los últimos dos años, los votantes han visto los cambios más radicales en la política fiscal en casi una década, sin mencionar la amplia expansión arancelaria y los esfuerzos para revertir regulaciones en los sectores medioambiental, energético, de servicios financieros y otros", reconocen los expertos de Fidelity.
¿Qué ocurriría si Trump pierde la Cámara de Representantes?
Los 435 escaños están en votación en la Cámara, y aproximadamente un tercio de los escaños en el Senado están en juego. Actualmente, los republicanos mantienen una ligera ventaja en ambas cámaras, con 218 escaños en la Cámara frente a 212 para los demócratas y 53 escaños en el Senado frente a los 45 demócratas (sin contar independientes y vacantes en ambas cámaras). Además de varias elecciones especiales para cubrir escaños vacantes, se esperan numerosas elecciones reñidas—como las elecciones al Senado en Maine, Ohio y Texas—.
En ambas cámaras, los republicanos solo deben mantener los escaños que tienen, mientras que los demócratas deben conservar sus escaños actuales y ganar un puñado de escaños republicanos para prevalecer, dice Greg Lowman, vicepresidente de defensa y comunicación política de Fidelity. En el Senado, "los demócratas tendrían que mantener lo que tienen y cambiar 4 escaños" para ganar el control, añade.
Uno de los escenarios posibles es una Cámara de Representantes controlada por los demócratas y un Senado que permanezca en manos republicanas. Todo un polvorín en la actual política estadounidense. El resultado sería un Gobierno dividido. Trump conservaría la presidencia, pero tendría muchas más dificultades para sacar adelante legislación que necesite la aprobación del Congreso.
También aumentaría la capacidad de los demócratas para abrir investigaciones y ejercer supervisión sobre la Administración.
Desde una perspectiva bursátil, el bloqueo legislativo no es necesariamente negativo. Reduce las posibilidades de introducir grandes modificaciones fiscales o regulatorias y proporciona cierta estabilidad normativa a las empresas.
La contrapartida estaría en las negociaciones presupuestarias. Una Cámara demócrata podría complicar los acuerdos sobre gasto público y financiación federal, episodios que tradicionalmente generan volatilidad.
¿Cuál sería el escenario más favorable para Wall Street?
En realidad, no existe un resultado electoral que garantice mejores rentabilidades, aunque determinados precedentes ayudan a entender qué escenarios han coincidido históricamente con mayores avances. Con un presidente republicano y un Congreso dividido, el S&P 500 ha registrado históricamente alrededor de un 23% de rentabilidad durante el año posterior a las elecciones de mitad de mandato, frente a aproximadamente el 12% considerando conjuntamente todos los resultados políticos.
Un Congreso dividido podría limitar cambios importantes en impuestos, gasto o regulación y mantener buena parte del marco económico existente.
Un triunfo demócrata tanto en la Cámara como en el Senado supondría un escenario muy diferente. Trump mantendría su capacidad de veto, pero los demócratas controlarían los comités parlamentarios y el Senado adquiriría especial importancia por su capacidad para confirmar determinados nombramientos.
Para Wall Street, por tanto, la cuestión no es quién gane el 3 de noviembre. Sino esa combinación final entre Casa Blanca, Cámara de Representantes y Senado y quienes dominen en cada uno de ellos. Ahí la cosa ya sí puede empezar a variar.