España se suma con otros países al impulso del sello Finance Europe, aunque en las últimas semanas buena parte de la industria financiera daba prácticamente por hecho que aquello no iba a salir en esta legislatura. Que nadie del Gobierno (ni de la oposición) estaba dispuesto a mover medio dedo en favor de los mercados.

Pero esta semana, pumba: BOE. El Gobierno ha colado dentro del mismo real decreto de vivienda (decreto MariCarmen) la Cuenta de Ahorro e Inversión Financia Europa, y la sorpresa ha sido mayúscula.

Carlos Cuerpo ha logrado vencer las reticencias (iba a decir) de Pedro Sánchez y otros y logra un pequeño gran hito. ¿Qué ha salido finalmente? Pues Financia Europa, instrumento que permite construir una cartera de acciones, fondos y ETF dentro de un envoltorio fiscal propio, con un máximo de 150.000 euros de aportaciones pendientes de recuperar.

Sólo se puede tener una cuenta, aunque puede trasladarse íntegramente de una entidad a otra sin tributar ni perder la antigüedad fiscal.

No es, por supuesto, una desfiscalización vitalicia de 150.000 euros (lo cual no estaría nada mal) pero tampoco limita el valor que puede alcanzar la cartera. La cuenta puede crecer mucho más si se revaloriza, pero por supuesto hay límite de aportaciones. Si se retira dinero parcialmente, Hacienda aplicará al reembolso la plusvalía general a la parte. La ley no permite escoger qué estás retirando, hace una prorrata automática entre principal y ganancia. Eso es bastante importante.

La gran novedad es que, dentro de ella, se puede comprar y vender sin pasar por Hacienda en cada operación. Si se compra una acción por 10.000 euros, se vende por 15.000 y se reinvierte en otra compañía elegible, los 5.000 euros de plusvalía continúan trabajando íntegramente. No tributan hasta que sale el dinero de la cuenta.

Para quien construye directamente una cartera de acciones o ETF y la rota con cierta frecuencia, esto es una mejora considerable respecto a una cuenta de valores convencional. De repente, el inversor puede disponer de una especie de cartera de trading con diferimiento fiscal: comprar y vender acciones sin que Hacienda vaya llevándose un pedazo de las plusvalías en cada cambio de posición.

Hay además un incentivo fiscal definitivo y no sólo un aplazamiento. Cuando la ganancia que se retira corresponde proporcionalmente a aportaciones que llevan más de cinco años en la cuenta, los primeros 10.000 euros de plusvalía quedan completamente exentos. Una vez consumidos esos 10.000 euros, queda exento un 20% adicional del resto de la ganancia. Dicho de otra forma, sobre esa parte, de cada 100 euros de plusvalía, sólo tributarán 80. Además, Hacienda considera recuperadas primero las aportaciones más antiguas, una regla que facilita que el dinero vaya adquiriendo la antigüedad necesaria, algo evidente, pero importante.

Como gran crítica, está la parte del dividendo, que quedan fuera del régimen especial, tributando normalmente en el IRPF. Es una decisión difícil de conciliar con la pretensión de fomentar el ahorro de largo plazo. Quien vende una empresa con plusvalía para comprar otra puede diferir el impuesto; quien permanece veinte años en la misma compañía cobrando y reinvirtiendo dividendos va pasando por Hacienda. El trader puede encadenar compraventas sin que los impuestos vayan reduciendo el dinero disponible para la siguiente operación. El ahorrador de largo plazo gozará de ellos si toma posiciones en fondos o ETFs. O sea, trading a largo plazo, dividendo a corto. Viva el trading.

El contraste resulta todavía más curioso porque el propio decreto crea un segundo vehículo, el SIALP (Seguro Individual de Ahorro a Largo Plazo) Financia Europa, que demuestra que el legislador sabe ser mucho más generoso cuando quiere. En este producto asegurador pueden aportarse hasta 10.000 euros al año, el doble del límite de los SIALP tradicionales, y si se cumplen las condiciones y el dinero permanece cinco años, los rendimientos positivos quedan exentos de IRPF.

Además, desaparece la obligación de garantizar el 85% del capital que existe en el SIALP convencional, permitiendo asumir más riesgo, y se exige una exposición mínima del 30% a renta variable. La contrapartida es evidente: es un seguro, el inversor tiene mucha menos libertad para construir y gestionar directamente su cartera y la aseguradora determina los activos concretos dentro de las alternativas previstas.

Por eso resulta inevitable preguntarse por qué el inversor que acepta esa estructura aseguradora puede aspirar a una exención completa después de cinco años mientras quien utiliza la cuenta de inversión propiamente dicha recibe un tratamiento bastante menos generoso.

Si el objetivo es conseguir que millones de españoles abandonen parcialmente el depósito y se conviertan en propietarios de empresas europeas durante décadas, aportando esas enormes necesidades de capital que han puesto sobre la mesa Draghi, Letta o BME, habría sido perfectamente posible diseñar un incentivo creciente con el tiempo: cinco, diez, quince o veinte años, hasta llegar a una exención total o casi total para el capital verdaderamente paciente.

Bueno. Todavía está todo pendiente de desarrollo reglamentario, así que es pronto para denunciar ineficiencias o cantar bondades. Algo es algo. Primera medida levemente pro market, desde las infaustas apariciones de Soraya Sáenz de Santamaría y Cristóbal Montoro cargándose todo tipo de deducciones. La CNMV espera que sea “un revulsivo y un instrumento muy relevante” y la acogida inicial entre las plataformas financieras está siendo buena.

De momento, no recibamos Financia Europa a palos. Es una noticia aceptable. Ya era hora. Reino Unido lleva décadas demostrando con sus ISA (Individual Savings Acount) hasta qué punto un envoltorio fiscal sencillo y atractivo puede convertir al ciudadano corriente en inversor. Francia tiene sus PEA (Plan de Ahorro en Acciones), Suecia ha desarrollado cuentas de inversión extremadamente populares.

España llegaba tarde y, durante meses, hubo motivos para pensar que volveríamos a quedarnos discutiendo sobre el asunto mientras el ahorro continuaba acumulándose en depósitos o marchándose hacia mercados extranjeros. Esta vez se ha hecho algo.

Podría haberse hecho bastante más. Los dividendos deberían poder permanecer dentro del paraguas fiscal; el premio por mantener una inversión durante lustros debería ser mucho más poderoso; y si realmente queremos transformar una cultura financiera dominada por el depósito, tendremos que ofrecer al ciudadano algo suficientemente atractivo como para que acepte riesgo y cambie sus hábitos. Ya es sabido que incentivo fiscal es un concepto que eriza el vello de nuestros políticos. Es como el Crucifijo para los vampiros. (¿Por qué se me habrá ocurrido esta metáfora?).

Pero Financia Europa rompe por primera vez una barrera importante: España empieza a reconocer fiscalmente que invertir, capitalizar empresas y mantener el dinero trabajando en los mercados es un comportamiento que merece ser incentivado. Es insuficiente, condicionado y, como casi siempre que Hacienda participa en la fiesta, bastante menos generoso de lo que podría ser. Pero cada paso en esa dirección es bueno.

A ver si, al menos, mejora algo la liquidez diaria de la Bolsa, se mueven más las small & mid cap, entran en los radares de fondos europeos y se amplía la cobertura, porque hay una cincuentena de compañías españolas cotizadas sin seguimiento de analistas. Esto no puede seguir.