Resulta que se nos dice que tenemos una burbuja tecnológica, de IA, de proyectos energéticos... y lo que los mercados cuestionan es la capacidad de pago de los estados. Lo que era lo más seguro, los bonos estatales, es lo que ahora parece ser más cuestionado

Durante toda la vida, nuestros queridos políticos de todas las esferas nos han dicho que todo era gratis. La sanidad, la educación, las pensiones… todo es un derecho, en una sucesión de regalías ampliadas del estado del Bienestar sin solución de continuidad. Todo gratis, todo público, que es lo bueno, porque no cuesta dinero. Hasta que aparece la factura, que siempre lo hace. Gratis no significa que no tenga precio, sino que otro lo paga. La RAE tiene horriblemente mal su definición, ya que dice que gratis es “sin coste”. De eso, nada. 

Esa factura es la que estamos empezando a ver estos días en el mercado de bonos. El bono estadounidense a diez años vuelve a acercarse al 5%. Reino Unido paga por su deuda a diez años más de un 5%. Japón, el país que convirtió los tipos cero en una forma de vida, acaba de superar el 3% por primera vez desde 1996. En España, estamos al 3,8% y el Euribor, eterno motivo de insomnio en las familias, ya lo tenemos al 3%. Alerta hipotecaria. 

Los mercados están empezando a cuestionar la solvencia de los Estados. ¿Y las bolsas? Ahí siguen… no demasiado lejos de sus máximos históricos. O sea, ¿se la pegan los bonos pero no las acciones? Bienvenidos al coste brutal de lo que nos dijeron que era gratis. Veremos, porque si los países se hunden, habrá que ver si el sector privado (el que sabe hacer las cosas) resiste. Pero parece esbozarse una curiosa división: del lado malo, los estados y sus deudas públicas. El bueno, las bolsas con sus empresas (Nvidia, Inditex, Apple, Santander, Iberdrola...)

Impuestos y deuda, no hay otra

Un Estado sólo tiene unas pocas formas de financiarse. Una son los impuestos, pero a un manirroto como es el político nunca le resulta suficiente, pese a tener una asfixiante y confiscatoria fiscalidad. Al hijo gastón y caprichoso nunca le basta con la asignación del padre, por generosa que sea. Siempre se pulirá el estipendio y pedirá más, porque ideas de gasto hay a raudales. 

Eso es el Estado, cuyos políticos creen que sólo sobrevivirán en el machito a costa de prometer cosas ‘gratis’ a sus gobernados. Pero los impuestos dan para lo que dan (aunque estén en máximos), ya que recaudar significa retirar recursos a la economía para reasignarlos por la política, muchísimo más ineficiente que el operador. Así, le toca endeudarse. No es nada nuevo, se llama intervencionismo y siempre termina igual. 

Aunque se sepa y haya habido fracasos históricos del modelo, las democracias occidentales siguen prefiriendo fiscalizar y endeudarse a hacer reformas. El resultado es Estados cada vez mayores, presupuestos cada vez mayores, impuestos cada vez mayores y deuda cada vez mayor. Por tanto, decrecimiento en términos de renta per cápita, inflación, dilución de la clase media y de la empresa. Es decir, pobreza

Los bancos centrales compraban bonos como solución mágica para financiar todo eso, por lo que la inflación estructural se ha disparado en forma de empobrecimiento de la sociedad sostenido y otros fenómenos desconocidos entonces como los tipos de interés negativos

Cada pico inflacionario es un chute en vena de pobreza de la gente, pero bueno, como “mañana no va a pasar nada", da igual. A la gente le consuela leer en prensa que se sube el salario mínimo obligatorio, sin hacer el ejercicio de comparar nominalmente los salarios de hace 25 años. En 2006, un sueldo de 25.000 euros anuales era una porquería. Hoy es bueno

Hay quienes ven en todo esto algo todavía mucho mayor: el principio del fin del dinero fiduciario. El final del dinero o, al menos, de las monedas actuales. No sé si llegaremos tan lejos. Pero tampoco despacharía la discusión con una carcajada.

Bitcoin nació precisamente de la sospecha hacia un sistema en el que la cantidad de dinero depende, en última instancia, de decisiones políticas y monetarias. El oro lleva miles de años desempeñando una función parecida, porque es tangible. Y las stablecoins y otros activos digitales están construyendo, con todos sus defectos, una infraestructura financiera paralela que hace quince años parecía una extravagancia.

Quizá las criptomonedas no sustituyan al dólar ni al euro. Pero cada nueva crisis fiscal les regala un argumento.

Por no alargarlo más, los políticos tienen dos opciones para salir de esta crisis: hacer las reformas necesarias en el marco fiscal, energético y de pensiones. O nuevas emisiones de deuda cubiertas con emisiones de liquidez de los bancos centrales, junto a nuevos impuestos. (Se me ocurren algunos impuestos nuevos: a las ganancias bursátiles altas o al “privilegio” de poseer. No son más ridículos que otros que hay). 

Hagan sus apuestas por las soluciones que se adoptarán. 

Pero bueno, al común de los mortales no le preocupa la crisis de deuda, total “yo no tengo ningún bono comprado, eso no va conmigo”. Como cuando se desploman las bolsas, que tampoco va con nadie eso, sólo con “los ricos”.