¿Qué hábitos comparten los inversores que consiguen buenos resultados a largo plazo?

La respuesta puede parecer un poco aburrida, pero los inversores que logran los mejores resultados a largo plazo son, sobre todo, los más constantes. Suelen establecer un plan de inversión desde el principio y mantenerlo en el tiempo mediante aportaciones periódicas. Por ejemplo, destinan cada mes, en una fecha fija, un porcentaje de su salario a su cartera. Eso sí, este enfoque depende de la capacidad de cada inversor para asumir los costes asociados a la inversión. Si las aportaciones mensuales son pequeñas y las comisiones tienen un mayor impacto, puede resultar más eficiente invertir de forma trimestral, semestral o incluso anual, concentrando el capital en una única operación en lugar de repartirlo en muchas.

Otro hábito habitual entre los inversores con éxito es reinvertir los dividendos que reciben. Todo lo que genera la cartera vuelve a destinarse a la propia inversión, lo que permite aprovechar el efecto del interés compuesto. Con el paso de los años, los rendimientos ya no se generan únicamente sobre el capital inicial, sino también sobre los beneficios acumulados, de modo que el crecimiento de la cartera se acelera progresivamente.

Además, estos inversores prestan atención a los costes y mantienen una cartera diversificada. No concentran toda su inversión en un único producto, sector o mercado, sino que distribuyen el patrimonio entre diferentes activos siguiendo una asignación determinada.

Por último, también adaptan la composición de la cartera a medida que avanza su vida como inversores. Con el tiempo, suelen reducir gradualmente el peso de la renta variable e incrementar la exposición a la renta fija, con el objetivo de disminuir el riesgo en la fase final de su horizonte de inversión.

¿Cuál es la diferencia entre invertir y especular, y por qué es importante entenderla?

Invertir significa apostar por el valor de una empresa o de un activo porque se confía en su potencial a largo plazo. El inversor cree en sus fundamentales y espera que, con el tiempo, esa inversión genere rentabilidad. La especulación, en cambio, tiene un enfoque a corto plazo. El objetivo es aprovechar los movimientos del mercado para obtener un beneficio rápido. En muchos casos, además, este tipo de estrategia requiere recurrir al apalancamiento, ya que, sin él, sería necesario invertir cantidades muy elevadas para conseguir ganancias significativas en periodos tan cortos.

En mi opinión, el mayor error es no diferenciar claramente entre ambos enfoques. Es decir, construir una cartera con un horizonte de largo plazo y, al cabo de uno o dos meses, vender posiciones porque no están evolucionando como se esperaba para intentar aprovechar una oportunidad a corto plazo. Después se vuelve a la estrategia inicial, alternando continuamente entre ambos estilos. Cuando se actúa de esa manera, la inversión deja de responder a una estrategia definida y acaba pareciéndose más al juego, porque el inversor intenta acertar el momento exacto del mercado, en lugar de centrarse en permanecer invertido el tiempo suficiente para beneficiarse de su evolución a largo plazo.

¿Qué papel debe tener la diversificación en una cartera moderna?

La diversificación desempeña un papel fundamental. En el actual contexto económico, con focos de incertidumbre en Estados Unidos, Europa o Oriente Medio, concentrar la inversión en un único mercado, sector o industria puede aumentar significativamente la volatilidad de la cartera y dificultar la capacidad de absorber los impactos de episodios adversos.

Es cierto que algunos productos, como los ETF, ya incorporan un cierto grado de diversificación al incluir numerosas compañías. Sin embargo, eso no significa que la cartera esté realmente diversificada. Un ETF que replica el S&P 500, por ejemplo, sigue estando concentrado en un único mercado. Por eso, diversificar no consiste únicamente en elegir un producto con muchas acciones, sino también en repartir la inversión desde un punto de vista geográfico. Incorporar, por ejemplo, un ETF de renta variable global puede aportar una exposición más amplia y equilibrada.

En definitiva, para un inversor con un horizonte de largo plazo, no diversificar supone introducir un riesgo adicional e innecesario en la cartera.

¿Cómo puede un inversor gestionar las emociones en momentos de euforia o caídas del mercado?

La clave está en la mentalidad con la que se empieza a invertir, no en cómo se reacciona cuando llega la volatilidad. Es decir, la preparación debe hacerse antes de que una acción suba con fuerza o sufra una caída, definiendo desde el principio una estrategia y manteniéndose fiel a ella. Si se observa la evolución del S&P 500 durante los últimos 20 años con una perspectiva amplia, la tendencia es claramente alcista. Sin embargo, al analizar el gráfico mes a mes, aparecen continuas subidas y bajadas. Dejarse llevar por esos movimientos de corto plazo suele perjudicar los resultados a largo plazo más de lo que puede aportar intentando aprovechar cada oscilación del mercado. Por eso, gestionar las emociones depende, sobre todo, de la actitud con la que se afronta la inversión desde el inicio. Es, probablemente, uno de los aspectos más difíciles de entender y de conseguir: dejar las emociones al margen de las decisiones de inversión.

La formación también desempeña un papel importante. Leer artículos, escuchar pódcast, analizar los resultados obtenidos a largo plazo por inversores como Warren Buffett o estudiar el trabajo de economistas de referencia ayuda a ganar perspectiva y a reforzar la confianza en el comportamiento de los mercados a lo largo del tiempo.

¿Qué herramientas o información consideráis imprescindibles antes de tomar una decisión de inversión?

Lo primero es comprender el producto en el que se va a invertir. Si se trata de una empresa cotizada, es fundamental conocer a qué se dedica, cuál es su visión a largo plazo, qué liquidez tiene el valor y si cuenta con perspectivas de crecimiento en los próximos años. En el caso de los ETF, el análisis es diferente. No resulta práctico estudiar cada una de las compañías que forman parte del índice, especialmente cuando incluyen cientos de valores. Sin embargo, sí conviene analizar las principales posiciones y valorar si esas empresas seguirán desempeñando un papel relevante en los próximos 10 o 15 años y si continuarán aportando valor a la economía y a la sociedad.

El segundo aspecto clave es definir el horizonte temporal y los objetivos de inversión. No es lo mismo construir una cartera con una perspectiva de 10 años que hacerlo para 20 o 30 años. Ese plazo condicionará el tipo de activos y la estrategia que se debe seguir.

Por último, es imprescindible conocer los costes asociados a la inversión. Conviene saber cuánto cuesta comprar un determinado activo, qué comisiones se pagan y cuál es el impacto de otros gastos, como el cambio de divisa. Por ejemplo, un inversor europeo que invierte regularmente en activos denominados en dólares debe tener en cuenta que los costes de conversión de euros a dólares, acumulados durante décadas, pueden reducir de forma significativa la rentabilidad final.

En definitiva, antes de invertir es fundamental entender el producto, tener claros los objetivos y el horizonte temporal, y conocer todos los costes que pueden afectar al rendimiento de la cartera.

Si alguien empezara a invertir hoy con una visión de 10 o 20 años, ¿qué principios debería tener siempre presentes?

Lo primero que preguntaría sería la edad de esa persona. No hace falta responderla, pero es un factor determinante. Si tiene 18 o 20 años, aunque piense en un horizonte de inversión de 10 o 20 años, en realidad su horizonte puede ser de 40 o incluso 50 años. En ese caso, puede asumir una mayor exposición a activos con más potencial de crecimiento. Por ejemplo, una estrategia centrada en un ETF que replique el S&P 500 con un mayor peso en el sector tecnológico puede tener sentido, teniendo en cuenta el comportamiento histórico de este mercado durante las últimas décadas. En cambio, si el inversor tiene alrededor de 50 años y plantea una inversión para los próximos 10 o 20 años, debe prestar más atención a la volatilidad que podría encontrarse en la fase final de ese periodo. En ese caso, seguir utilizando ETF puede ser una buena opción, pero conviene aumentar la diversificación, combinando un ETF sobre el S&P 500 con otro de renta variable global. A medida que se acerca el final del horizonte de inversión, también puede ser recomendable incrementar progresivamente el peso de la renta fija en la cartera. Los bonos ofrecen unos rendimientos más estables y pueden ayudar a reducir la volatilidad del patrimonio.

Además de la construcción de la cartera, la formación es un elemento clave. Los inversores deben contar con acceso a información, contenidos educativos, seminarios web y herramientas que les permitan tomar decisiones con mayor conocimiento. Disponer de noticias de mercado, buscadores de ETF o bonos y plataformas adaptadas tanto a ordenador como a dispositivos móviles facilita el proceso de inversión para perfiles con distintos niveles de experiencia.

Por último, nunca hay que perder de vista los costes. Las comisiones y gastos asociados a la inversión pueden parecer reducidos en el corto plazo, pero acumulados durante 10, 20 o más años tienen un impacto muy relevante sobre la rentabilidad final de la cartera.

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