Sin embargo, en medio de esta revolución tecnológica, hay una pregunta que no deberíamos pasar por alto: ¿qué ocurre si la inteligencia artificial aprende también los sesgos del pasado?

A menudo hablamos de la IA como si fuera una tecnología completamente objetiva. Pero la realidad es que los algoritmos aprenden de los datos con los que se entrenan y de las decisiones humanas que los diseñan, supervisan y validan. Si esos datos reflejan desigualdades históricas o si quienes desarrollan estas herramientas lo hacen desde una visión poco diversa, existe el riesgo de que la tecnología reproduzca, e incluso amplifique, esas mismas desigualdades.

En la banca, donde muchas decisiones tienen un impacto directo en la vida de las personas, esta cuestión cobra especial importancia. Un algoritmo que participa en la evaluación de riesgos, la concesión de financiación o la recomendación de productos además de ser eficiente,  debe ser capaz de responder ante posibles sesgos. Por eso, la nueva regulación europea sobre inteligencia artificial sitúa la gestión del riesgo, la supervisión humana y la mitigación de sesgos entre los pilares fundamentales para un uso responsable de esta tecnología.

Este debate nos obliga también a replantearnos cómo entendemos el liderazgo en la transformación digital. Durante años hemos hablado de incrementar la presencia femenina en los puestos de responsabilidad del sector financiero como una cuestión de igualdad. Sin restarle importancia a ese objetivo, hoy el desafío va mucho más allá.
Cuando hablamos de inteligencia artificial, la diversidad deja de ser únicamente una cuestión de representación para convertirse también en un elemento clave para enriquecer la toma de decisiones.

No se trata de asumir que mujeres y hombres toman decisiones diferentes por el hecho de serlo, sino que los equipos diversos incorporan perspectivas distintas, cuestionan más las hipótesis de partida, identifican riesgos que otros pueden pasar por alto y son capaces de diseñar soluciones más completas para una sociedad que también es diversa. Y aquí la banca tiene todavía un reto importante por delante. Las mujeres ya representan el 51,5% de las plantillas del sector bancario y ocupan el 43,4% de los puestos directivos.

Son cifras que reflejan un avance que merece ser reconocido. Sin embargo, seguimos estando claramente infrarrepresentadas en las áreas STEM y tecnológicas, precisamente donde hoy se están desarrollando muchas de las herramientas que marcarán el futuro de la banca.

Por eso, el reto ya no consiste únicamente en lograr una mayor representación en los órganos de dirección. También debemos garantizar que las mujeres estén presentes en los equipos que diseñan, desarrollan, entrenan y supervisan la inteligencia artificial. Porque es ahí donde se están tomando muchas de las decisiones que definirán cómo será la relación entre las entidades financieras y sus clientes durante los próximos años.

No podemos permitir que la digitalización avance más rápido que la diversidad. Si aspiramos a construir una banca verdaderamente innovadora, debemos asegurarnos de que la innovación incorpora diferentes perspectivas desde el principio. La confianza, uno de los principales activos del sector financiero, dependerá cada vez más no solo de la seguridad de los sistemas o de la eficiencia de los procesos, sino también de la capacidad de demostrar que las decisiones automatizadas son transparentes, responsables y justas.

De hecho, estudios recientes apuntan a miradas diferentes ante la IA. Los hombres tienden a orientarla más hacia la eficiencia, mientras que las mujeres muestran una mayor inclinación a utilizarla como herramienta para crecer y transformar la forma de trabajar. Ambas perspectivas son necesarias en un momento en el que la IA está cambiando el sector.

La transformación digital representa una oportunidad única para construir una banca mejor. Pero esa oportunidad no se aprovechará plenamente si olvidamos que detrás de cada algoritmo siguen existiendo decisiones humanas. La inteligencia artificial llevará a escala nuestros criterios, nuestras prioridades y también nuestros sesgos. De quién participe en esas decisiones dependerá, en buena medida, la banca que estamos creando.

El verdadero reto será incorporar la inteligencia artificial de manera que fortalezca la confianza, reduzca las desigualdades y garantice que la innovación beneficia a toda la sociedad. La digitalización de la banca nunca debería trasladar las desigualdades del pasado.