A veces pensamos en la economía como en una película de buenos y malos. No nos engañemos, sí hay buenos y malos. Quien defiende la libertad y quien la trata de coartar. Pero maniqueísmos aparte, la economía mundial no es una película de buenos y malos. Si quieres imaginarla como algo sencillo, es más bien como una partida de mus. Diría póker, pero soy más de mus. En fin, que se trata de no enseñar tus cartas, tirarte faroles, sonreír y ganar.
Pues así invierte China o, al menos, así lo ha venido haciendo en las últimas dos décadas. No han ido a sus amigos, como podría pensarse, sino a economías como Estados Unidos, Australia, Reino Unido, Brasil, Suiza o Canadá. Rusia aparece, sí, pero muy por detrás. Cuba ni asoma. China no parece haber usado su capital exterior como una ONG ideológica. Salvo que haga trampas por debajo de la mesa, que todo puede ser… Y esto a mí, personalmente, me deja 3 lecciones.
Fuente: Carlos Arenas Laorga
La primera lección es que una cosa es la geopolítica y otra, muy distinta, la asignación de capital. Los países hablan de soberanía, bloques, amenazas y banderas. El capital, mientras tanto, va a lo suyo; busca seguridad jurídica, mercados profundos, tecnología, recursos naturales, consumidores solventes e infraestructuras decentes. Lo de que el dinero no entiende de ideologías no sé si es del todo cierto, pero parece que aquí se cumple este dicho. El dinero no se suele enamorar, es más bien calculador.
Por eso China puede reducir su exposición directa a la deuda pública de Estados Unidos y, al mismo tiempo, haber invertido muchísimo en la economía estadounidense. No es una contradicción. Vamos, que China no quiere depender demasiado del cajero de su rival, pero sigue queriendo vender en su barrio.
La segunda lección es que los enemigos aportan mejores negocios que los amigos. Es evidente: los países ricos, abiertos y desarrollados ofrecen muchas más oportunidades de inversión que los aliados pobres, cerrados o arbitrarios. Si eres una potencia exportadora con exceso de ahorro, ¿dónde colocas tu dinero? Pues eso.
Estados Unidos no solo es el gran rival de China. Es también uno de los mayores depósitos de innovación, consumo y profundidad financiera del planeta. Reino Unido y Suiza son centros financieros globales. Australia y Brasil añaden recursos naturales. Canadá combina materias primas, estabilidad y cercanía al mercado norteamericano. Incluso países menos obvios del gráfico encajan si uno deja de pensar como un tertuliano y empieza a pensar como un inversor. Indonesia por escala y crecimiento, Singapur por nodo logístico y financiero, Perú o Chile por materias primas, Alemania por industria, Italia o Francia por marcas, tecnología y acceso europeo.
Pero cuidado, quiero hacer un paréntesis. Invertir en otro país no siempre significa financiarle en el sentido político que usamos en una discusión de sobremesa. Muchas veces significa comprar acceso a mercados, a cadenas de suministro, a conocimiento, a puertos, a minas, a marcas, a distribución o a influencia regulatoria.
La tercera lección es que el capital chino exterior probablemente cumple varias funciones a la vez. Una es económica: rentabilidad. Otra es industrial: asegurarse suministros y tecnología. Otra es diplomática: ganar presencia. Y otra, muy importante, es diversificar riesgo. Cuando en otros artículos he comentado que China ha ido reduciendo exposición directa a Treasuries, aumentando el peso del oro y alejándose parcialmente de ciertos activos financieros demasiado expuestos a sanciones, se está describiendo la lógica de no concentrar todos los huevos en la misma cesta (y menos en la de EE.UU.).
Durante años, muchos analistas han repetido que la gran dependencia era occidental respecto a China. Y es verdad. Pero China también ha necesitado durante mucho tiempo al mundo desarrollado para colocar capital, adquirir activos útiles y participar en mercados. El vínculo no ha sido unilateral. Ha sido una red de dependencias cruzadas.
Por eso Rusia y Cuba son tan útiles en el discurso y tan discretas en la inversión. Sirven para el relato geopolítico, para la escenografía diplomática o para ciertas alianzas tácticas. Pero no necesariamente sirven igual de bien para absorber grandes volúmenes de capital con expectativas razonables de seguridad y retorno.
Y hay otra derivada que interesa mucho al inversor. El mundo no se divide ya de forma limpia entre bloques cerrados. Hay una rivalidad estratégica con interdependencia económica. Una especie de matrimonio mal avenido donde todo es queja, pero comparten hipoteca, coche, perro y cuenta de Netflix. Esa mezcla genera volatilidad, titulares tremendistas y decisiones políticas erráticas.
De hecho, como no paro de repetir en los artículos, la economía no trata de millones de euros, sino de ideas; de las cosas que no se ven, de manera principalísima. Hay que mirar también las segundas derivadas.
No estamos diciendo que China ame a Estados Unidos, a Reino Unido o a Australia. Pero no querer tampoco impide negociar; rivalizar no impide invertir.
Quizá la gran sorpresa sea descubrir que el dinero entiende el mundo mejor que las ideologías que hacen pobres a los pueblos. Y bastante mejor, seguro, que muchos cuñados, aunque eso ya lo sospechábamos.