Hasta ahora, el resto de activos europeos permanecían, en general, inmunes a las tensiones en torno a la situación presupuestaria de Francia, pero durante los últimos días los diferenciales de numerosos países se ampliaron mientras las bolsas se veían sometidas a presiones. Así, el diferencial de los bonos a 10 años de Alemania con los de Italia y Grecia aumentó cerca de 30 puntos básicos (0,3 %), mientras que el diferencial de España aumentó 15 puntos básicos. Hasta el diferencial de Portugal se incrementó, pese a que el país presenta la que probablemente sea una de las trayectorias de deuda y déficit más sólidas de la zona euro.
Este fenómeno, que trae ecos de la crisis de deuda pública de 2011-2012, obedece también a un reflejo casi pavloviano de los mercados: cuando en Europa se agolpan las cuestiones políticas, los inversores —sobre todo los internacionales— se retiran y esperan. Es cierto que, más allá del caso francés, varios países europeos se enfrentan a noticias políticas importantes, como Alemania con las recientes elecciones regionales y España, que acaba de anunciar que celebrará elecciones anticipadas el próximo 29 de noviembre, sin olvidar a Italia, que celebrará elecciones legislativas antes de finales de 2027. Sin embargo, estas situaciones diversas parecen mucho menos relevantes que las próximas elecciones presidenciales en Francia.
En Alemania, la posición del canciller Mertz se ha debilitado indudablemente a causa de las recientes derrotas de su partido, la CDU, pero parece poco probable que la coalición de gobierno salte por los aires antes de la cita electoral de 2029. A la vista de los sondeos actuales, unas elecciones anticipadas podrían conducir a un panorama político que complicaría enormemente una nueva alianza. Los partidos en el poder tendrían mucho que perder en un momento en el que los planes de inversiones públicas por fin pisan el acelerador. En España, la economía está registrando una secuencia de crecimiento fuerte, pero en próximas fechas el país deberá enfrentarse al fin de las ayudas europeas de las que se ha beneficiado durante los últimos años y, por lo tanto, tendrá que aplicar un poco más de disciplina presupuestaria. En este entorno, será necesaria una mayoría gubernamental sólida y recién elegida. Por lo tanto, resulta difícil apreciar un riesgo económico grave en estas elecciones. En Italia, la oposición se encuentra dividida en estos momentos y la ley electoral votada recientemente podría favorecer el liderazgo de la actual primera ministra sobre la derecha italiana. Por lo tanto, es muy probable que en Italia se prolongue el periodo más largo de estabilidad gubernamental desde la posguerra.
A tenor de estos factores, el riesgo político europeo, así como los riesgos económicos y presupuestarios asociados, parecen estar exagerándose y el contagio más allá del caso francés apenas encuentra justificación. Para los inversores, eso puede constituir una buena noticia en realidad. De hecho, si continúa este contagio exagerado al resto de la zona euro, el BCE podría tomar cartas en el asunto rápidamente, ya que la entidad es mucho más sensible a este riesgo que a la situación particular de un país. En estos momentos, la ausencia de una put o red de seguridad explícita del banco central es uno de los motivos del nerviosismo del mercado. Una intervención del BCE, aunque solo sea de palabra y sin activar el mecanismo antifragmentación, podría dar tranquilidad a los inversores y permitir el rebote de los activos europeos. Por otro lado, la secuencia reciente crea oportunidades para regresar a sectores o temáticas que habían funcionado bien y en los que quizá se observaba un consenso excesivo en el posicionamiento, como el sector bancario.
Es evidente que la situación en Francia merece un seguimiento pormenorizado, más aún si cabe por su carácter sistémico para la zona euro, pero es necesario que los inversores aborden con una perspectiva más amplia la situación de Europa, que en su conjunto dista mucho de ser tan negativa.