Más allá de las grandes tecnológicas, ¿qué sectores se beneficiarán más del desarrollo de la inteligencia artificial? ¿Dónde ven las mayores oportunidades de inversión en los mercados privados?

La inteligencia artificial está moviendo cantidades ingentes de capital, especialmente en áreas vinculadas a centros de datos, energía y electrificación, las cuales demandan volúmenes de inversión sumamente significativos. De hecho, el ámbito de infraestructuras es uno de los sectores a los que más tiempo y capital estamos destinando para invertir.

Más allá de la infraestructura física, también identificamos empresas con un alto componente de conocimiento susceptible de acelerarse mediante la IA. Hablamos de compañías con criterio, acceso a carteras de clientes y procesos operativos ya estructurados que pueden optimizarse tecnológicamente, permitiéndoles hacer mucho más con menos recursos y apalancar su estructura operativa para impulsar el crecimiento y expandir márgenes.

Por último, gran parte de la infraestructura desplegada en los últimos años ligada a la inteligencia artificial lleva asociados servicios críticos de soporte. Son modelos de negocio a menudo poco conocidos, pero indispensables para la operatividad de estas redes y representan oportunidades de inversión de gran interés.

Los activos privados están ganando protagonismo entre los inversores. ¿Qué está impulsando este interés y hasta dónde puede crecer su peso en las carteras durante los próximos años?

Históricamente, los mercados privados eran un coto casi exclusivo de grandes inversores institucionales, tales como fondos de pensiones o fundaciones patrimoniales (endowments). Su objetivo principal al invertir en estos activos alternativos era obtener descorrelación respecto a los mercados cotizados tradicionales, diversificar sus carteras y capturar la prima de retorno ligada a la iliquidez.

Este mercado ha experimentado un crecimiento notable a escala global en las carteras institucionales y, en la actualidad, se está abriendo al segmento retail y de banca privada. El futuro del sector apunta en esta dirección: mientras que los inversores institucionales mantendrán su exposición estructural, el mayor vector de expansión futura se concentra en el ahorrador particular y de patrimonios medios.

Tras un periodo complicado para las salidas a bolsa y las compraventas de empresas, ¿qué perspectivas manejan para el private equity en 2027? ¿Esperan una recuperación de las operaciones y las desinversiones?

El entorno posterior a la pandemia ha estado marcado por una elevada incertidumbre: repuntes de inflación, alzas en los tipos de interés, disputas comerciales y conflictos bélicos tanto en Europa como en Oriente Medio. Este panorama dificulta de forma considerable las salidas a bolsa (OPVs/IPOs), que son el canal natural de desinversión y distribución de liquidez a los inversores en mercados privados. Aunque existen alternativas, como las ventas a socios estratégicos o financieros, la vía bursátil afronta importantes vientos de cara.

Pese a este contexto, el desempeño operativo (performance) de las compañías, tanto públicas como privadas, se mantiene sólido: las cifras de ventas, márgenes y beneficios continúan en crecimiento. Esto responde en buena medida a la adopción tecnológica, que aporta eficiencias en costes y dinamiza las ventas. En el momento en que se disipe la incertidumbre macroeconómica y geopolítica, deberíamos presenciar una reactivación de las operaciones corporativas y salidas a bolsa, cuyo ritmo en los últimos tres años se ha situado por debajo de la media histórica.

Cada vez más gestoras están facilitando el acceso de los pequeños inversores a los mercados privados. ¿Estamos ante un cambio estructural en la industria? ¿Qué riesgos supone abrir productos tradicionalmente ilíquidos al inversor minorista?

La descorrelación, la diversificación y la prima de rentabilidad son virtudes de los mercados privados que justifican su apertura regulatoria al inversor minorista. No obstante, acceder a esta clase de activo exige un conocimiento riguroso de sus condiciones y riesgos.

La iliquidez no solo genera un retorno adicional, sino que actúa como un mecanismo de disciplina: al no poder desinvertir de forma inmediata durante caídas o vaivenes del mercado, se evita la venta impulsiva y en pérdidas provocada por el pánico. La decisión de salida queda en manos del gestor profesional, quien seleccionará el momento propicio para monetizar la inversión.

El inversor debe ser consciente de que el capital queda comprometido durante un plazo prolongado, por lo que ante necesidades de liquidez a corto plazo debe recurrirse a instrumentos líquidos o semilíquidos. Asimismo, a diferencia de los mercados cotizados, los mercados privados presentan una dispersión de retornos muy amplia entre los distintos fondos. La brecha entre los mejores y peores gestores es notable, lo que hace imprescindible contar con asesoramiento especializado y seleccionar firmas con credenciales contrastadas.

Ante el envejecimiento de la población y las dudas sobre la sostenibilidad del sistema público de pensiones, ¿qué papel debería desempeñar el ahorro privado? ¿Qué cambios necesita España para fomentar la inversión a largo plazo?

El sistema público de pensiones afrontará tensiones evidentes. Esta partida supone en torno al 30% del gasto público en España, siendo el mayor compromiso presupuestario del Estado. Desde una perspectiva actuarial y demográfica, las obligaciones futuras continúan en ascenso: al proyectar los compromisos ya adquiridos, la deuda implícita equivale a unas cinco veces el producto interior bruto (PIB).

Esta evolución demográfica planteará un debate sobre la financiación del sistema: o se incrementan las cotizaciones y cargas sociales a quienes se incorporan al mercado laboral, o se alivian dichas cargas para favorecer el crecimiento de salarios y rentas. En cualquier caso, resulta prioritario incentivar el ahorro entre los jóvenes. Desde 2019, las aportaciones a planes de pensiones individuales han caído cerca de un 40% debido a la reducción del límite de desgravación fiscal, que pasó de 8.000 a 1.500 euros anuales.

Fomentar los vehículos de previsión y el ahorro a largo plazo es esencial. Para un perfil joven con un horizonte temporal amplio, no resulta eficiente mantener la totalidad de la cartera en instrumentos puramente líquidos cuando no se requiere esa disponibilidad inmediata. Asignar parte del capital a inversiones ilíquidas permite capturar un diferencial de rentabilidad y constituir un patrimonio complementario ante un sistema público previsiblemente menos generoso en el futuro.