La construcción de resiliencia ha pasado a tener prioridad sobre la eficiencia en los objetivos empresariales: producir más cerca del consumidor, aumentar la resiliencia de las cadenas de suministro, asegurarse frente a riesgos cibernéticos, climáticos y operativos, y operar con mayores niveles de capital propio, inventarios y reservas estratégicas.

Sin embargo, esta estrategia tiene un coste: la resiliencia y la soberanía se construyen mediante inversiones en bienes de capital (CAPEX), concentradas en torno a las cuatro «D»: Defensa, Descarbonización, Digitalización y Desglobalización.

En este nuevo entorno en el que deben operar las empresas, estas se ven obligadas a tener una mayor intensidad de activos: inventarios, infraestructuras, capacidad productiva y apoyo a las cadenas de suministro.

El private equity debe adaptarse a esta nueva realidad, probablemente invirtiendo más en empresas con una elevada intensidad de activos, en sectores que se benefician de las inversiones en bienes de capital (CAPEX) relacionadas con la resiliencia.

El crecimiento del EBITDA, por sí solo, ya no basta para sustentar una tesis de inversión sólida. En un mundo de importantes inversiones en bienes de capital, el riesgo de asignar capital de forma ineficiente es mayor y la dispersión es más elevada entre los mejores equipos directivos, que asignan sus flujos de caja de manera eficaz, y los más débiles. Por tanto, el concepto de rentabilidad sobre el capital invertido tendrá un mayor peso en la inversión en private equity.

Al mismo tiempo, el uso del apalancamiento financiero será más limitado. Los tipos de interés diseñados para contrarrestar la inflación mantendrán elevado el coste de la deuda. La expansión de múltiplos estará condicionada por el entorno de tipos de interés. Por tanto, los inversores de private equity tendrán que invertir utilizando un menor nivel de apalancamiento y mantener los activos durante más tiempo.