El precio del oro evoluciona en ciclos largos. Los factores que los impulsan están profundamente ligados a los fundamentos del sistema monetario y financiero mundial y explican la importancia de incluir el oro en las carteras.
Una misma forma, distintas funciones
El oro es químicamente inerte, maleable y conserva sus propiedades fundamentales. Por eso todavía podemos admirar monedas de oro del Imperio romano en buen estado de conservación. Esta estabilidad física contrasta con una considerable variabilidad económica: la función predominante del oro cambia una y otra vez con el paso del tiempo. En ocasiones actúa como moneda; en otras, como materia prima; y, en otras, como activo de inversión. El gráfico siguiente muestra la evolución de su precio durante las últimas décadas. Aunque expresarlo en dólares por onza troy resulta útil para operar con oro, esta representación tiene un alcance limitado para las comparaciones a largo plazo, ya que no tiene en cuenta la inflación.
Precio nominal del oro (en dólares por onza troy)
La evolución del precio real del oro permite identificar claramente estos ciclos
Desde el fin del sistema de Bretton Woods en 1971 se han registrado fuertes subidas del precio del oro en varias ocasiones, con máximos en 1980, 2011 y principios de 2026. La tendencia alcista a largo plazo es evidente, pero no permite saber cómo ha evolucionado el poder adquisitivo del oro durante las últimas cinco décadas. Por ello, ajustamos su precio por la inflación utilizando el índice general de precios al consumo de Estados Unidos. Este ajuste permite delimitar los ciclos del oro.
Evolución del precio real del oro
Las tres fases de subidas intensas y sostenidas se han producido en contextos económicos y geopolíticos muy distintos. Su larga duración sugiere que intervienen factores que van más allá del ciclo económico.
Los máximos del precio real de 1980 y 2011 marcaron el final de prolongadas tendencias alcistas. En ambos casos, les siguieron correcciones importantes. El ajuste por inflación también permite apreciar la magnitud de la subida del oro en los últimos años. De ahí se desprende una definición sencilla: un ciclo del oro es un periodo prolongado durante el cual su precio real aumenta de forma significativa. En cada uno de los tres ciclos identificados, el precio subió durante más de cinco años y, tras alcanzar su máximo, atravesó un periodo de consolidación de duración similar.
El primer ciclo comenzó incluso antes del inicio de la serie de datos utilizada, a finales de los años sesenta, cuando la inflación aumentó como consecuencia de los programas sociales y de la guerra de Vietnam: la combinación de gasto militar y social conocida como «cañones o mantequilla». Sin embargo, por entonces el oro no podía negociarse libremente en Estados Unidos y, dentro del sistema de Bretton Woods, su precio estaba fijado en 35 dólares por onza. Por ello, tomamos enero de 1971 como punto de partida. La separación entre las fases alcistas y bajistas de los ciclos se establece mediante indicadores de tendencia, situando el final de cada fase al cierre de un trimestre.
Qué impulsa los ciclos del oro
Los tres ciclos identificados se caracterizan por una evolución volátil. Aunque son prolongados, también presentan subidas extremas que culminan en máximos abruptos y fuertes caídas desde esos máximos. Los dos ciclos ya completados duraron alrededor de diez años cada uno y multiplicaron el precio real del oro. El ciclo actual se encuentra en su séptimo año y, por ahora, sigue una trayectoria similar a la de los dos anteriores, como muestra el gráfico.
Comparación del precio real del oro en los tres ciclos
En torno a los máximos de los dos ciclos ya completados, en 1980 y 2012, se produjeron acontecimientos importantes, recogidos en la tabla al final del artículo. En el primer caso, fue el nombramiento de Paul Volcker como presidente de la Reserva Federal. Su cometido era frenar la inflación y actuó con determinación mediante fuertes subidas de los tipos de interés. En el segundo, se intensificó el enfrentamiento en el Congreso estadounidense sobre la elevación del techo de deuda. La pérdida de la calificación crediticia AAA alimentó el temor a un posible impago técnico de Estados Unidos. Al otro lado del Atlántico, Europa afrontaba la crisis de deuda soberana y se vio obligada a poner en marcha amplias medidas de rescate y a reestructurar la deuda griega. Todo ello se produjo en un contexto de debilidad del sistema bancario mundial tras la crisis financiera, que avivó el miedo a un nuevo deterioro grave de la situación.
El final de un ciclo no significa que en 1980 se hubiera restablecido la estabilidad de precios. Tampoco que en 2012 se hubieran saneado las finanzas públicas estadounidenses o resuelto los problemas estructurales de la zona euro. Lo que ocurrió fue que se disiparon los peores temores de los mercados. Los inversores comprendieron que la espiral inflacionista no se descontrolaría, que Estados Unidos no incurriría en un impago y que la Unión Monetaria Europea no se desintegraría de forma desordenada. En consecuencia, disminuyó la demanda de oro, que había servido como refugio.
Fueron decisiones y medidas políticas de gran alcance las que disiparon los temores de los participantes del mercado sobre la estabilidad, e incluso la propia supervivencia, del sistema monetario y financiero. En cuanto esto sucedió, el oro perdió rápidamente su atractivo como «plan B» frente a todo tipo de incertidumbres. Por ello, los inversores deben revisar continuamente sus posiciones en oro y reducirlas cuando sea necesario para preservar las ganancias acumuladas.
Efecto de la inversión en oro en la rentabilidad y el riesgo
Las rentabilidades por encima del tipo libre de riesgo permiten eliminar las distorsiones provocadas por el nivel de los tipos de interés y, por extensión, por la inflación. Como cabría esperar, en los tres periodos alcistas —los periodos 1, 3 y 5— la rentabilidad mejora cuando se incluye oro. Sin embargo, también queda patente lo desfavorables que fueron las condiciones de mercado para la cartera equilibrada en los años setenta —periodo 1— y lo favorables que son en el ciclo actual —periodo 5—. También llama la atención lo elevadas que son las rentabilidades por encima del tipo libre de riesgo en el periodo actual, tanto con oro como sin él. No obstante, las expectativas para los próximos años son más moderadas, debido a las valoraciones relativamente elevadas de los mercados en estos momentos.
A primera vista, las cifras de volatilidad no parecen especialmente llamativas, pero revelan una observación interesante. Muchos inversores sostienen que el oro ofrece una buena diversificación y que, por ello, resulta útil incorporarlo a las carteras. Aunque esta afirmación es correcta, solo recoge una parte de su aportación. De hecho, la correlación entre el oro y la cartera equilibrada se mantiene casi siempre en niveles bajos, próximos a cero. Sin embargo, en contra de lo que cabría esperar, añadir oro apenas redujo el riesgo de la cartera durante las dos fases alcistas ya completadas —periodos 1 y 3—.
Aquí vuelve a ponerse de manifiesto la naturaleza cambiante del precio del oro. Es volátil y atraviesa tanto subidas extremas como correcciones, aunque la tendencia general a largo plazo sea claramente positiva. Por tanto, su aportación no reside simplemente en su capacidad para diversificar, sino en que durante esos periodos ofrece protección frente a determinados riesgos sistémicos, algo que resultó especialmente valioso.
Consideraciones finales
Desde una perspectiva económica, el oro es extraordinariamente versátil gracias a sus propiedades únicas. A lo largo de la historia, ha actuado repetidamente como seguridad frente a la incertidumbre. En esos periodos, su precio depende principalmente de los inversores que buscan proteger su poder adquisitivo frente a riesgos fundamentales capaces de amenazar los cimientos del sistema financiero y monetario.
El ciclo actual del oro está marcado por dos grandes cuestiones. Por un lado, la fragmentación geopolítica del mundo implica que, debido a las sanciones, el sistema del dólar ya no es libremente accesible para todos, y se están desarrollando estructuras paralelas. El oro desempeña aquí un papel importante como posible moneda de reserva. Por otro, los elevados niveles de deuda pública alimentan el temor de los inversores a que se recurra a la inflación para reducir la carga real de esa deuda.
Todo ello genera una demanda estructural de oro, tanto por parte de inversores privados e institucionales como de los bancos centrales. Mientras estos temores no se disipen mediante decisiones de política monetaria y fiscal de gran alcance, es probable que el ciclo actual del oro continúe.