El debate sobre una posible ralentización en el desarrollo de la inteligencia artificial ha sacudido al mercado después de que figuras como Elon Musk, Sam Altman y Dario Amodei hayan advertido sobre los riesgos de perder el control sobre agentes de IA cada vez más autónomos. Sin embargo, parte de esas alertas proceden de pruebas extremas de ciberseguridad realizadas en entornos diseñados precisamente para forzar a los modelos a realizar tareas de hacking, lo que ha abierto una discusión sobre hasta qué punto esos experimentos representan un riesgo real e inmediato. A ello se suma que compañías como OpenAI y Anthropic necesitan seguir captando enormes cantidades de capital para desarrollar nuevos modelos y reforzar sus barreras de entrada.

Frente a las llamadas a frenar, Estados Unidos y China parecen poco dispuestos a pisar el freno. Donald Trump ha defendido que detener el desarrollo de la IA podría perjudicar la actividad económica estadounidense y conceder una ventaja estratégica a China, mientras que Pekín tampoco muestra intención de reducir el ritmo de desarrollo de sus modelos. El componente geopolítico se ha convertido así en una pieza central del debate: incluso ejecutivos como Alex Karp, de Palantir, sostienen que una pausa solo tendría sentido en un escenario sin rivales tecnológicos. Esta incertidumbre ha elevado la volatilidad de las grandes tecnológicas y de los hiperescaladores, cuyas valoraciones dependen en buena medida de que el ciclo de inversión continúe.

Y, por ahora, ese gasto no da señales de agotarse. Las previsiones apuntan a inversiones de cientos de miles de millones de dólares en centros de datos, chips e infraestructura, y Morgan Stanley proyecta que el gasto relacionado con IA podría acercarse a 1,6 billones de dólares en 2028. El problema es que el mercado empieza a preguntarse cuánto valor económico deberá generar toda esa infraestructura para justificar semejante desembolso. Según estimaciones citadas por Schroders, cada dólar invertido en capital relacionado con centros de datos necesita generar bastante más de un dólar de valor para el cliente, mientras que los costes se pagan hoy y los beneficios pueden tardar años en materializarse.

Aun así, las grandes tecnológicas siguen concentrando buena parte del entusiasmo inversor. Nvidia, Apple, Microsoft, Amazon y Alphabet están entre las compañías que más están destinando a infraestructura de IA y centros de datos, y el peso de las diez empresas más activas en este terreno ya representa una parte muy relevante del S&P 500. Directivos como Hock Tan, de Broadcom, aseguran que el debate sobre una posible ralentización no altera sus perspectivas para 2027 y 2028, mientras que inversores como Marc Andreessen defienden que la IA no eliminará necesariamente a los profesionales tecnológicos, sino que multiplicará su productividad. La gran incógnita para el mercado ya no es si la IA seguirá avanzando, sino si las compañías podrán transformar ese enorme gasto en beneficios suficientes para justificar sus actuales valoraciones.