El ejercicio que acompaña a este artículo parte de una inversión inicial de 1.000 euros cuando nace el hijo y aportaciones de 50 euros mensuales durante 30 años. En total, los padres habrían puesto de su bolsillo 19.000 euros: los 1.000 iniciales más otros 18.000 mediante el ahorro periódico.
Si eso lo hubieras invertido en el S&P 500, utilizando la rentabilidad anualizada de los últimos 10 años (te recuerdo que hemos vivido momentos difíciles en estos 10 años), el resultado sería espectacular: 198.897 euros.
Fuente: Carlos Arenas Laorga. La curva no tiene dientes de sierra porque lo he calculado con la rentabilidad anualizada. Realmente no sería así el camino, aunque sí el resultado.
Pero lo más interesante para mí no son los 200.000 euros. Es saber de dónde han salido. De esa cantidad, únicamente 19.000 euros los ha puesto la familia. Los otros 179.897 euros los habría generado la inversión.
Ahí está el interés compuesto haciendo su trabajo. Primero, nuestro dinero genera rentabilidad. Después, esas ganancias permanecen invertidas y comienzan también a producir nuevas ganancias. Al principio apenas sucede nada. Pasan los primeros años y uno puede preguntarse para qué está haciendo aquello. Después, poco a poco, la curva empieza a levantarse. Sí, los primeros años cuestan. Pero luego se empieza a disparar. De hecho, con 10 años más, la cifra sería de 650.000 euros. Ojo, 650.000 euros con solo 10 años más.
Fuente: Carlos Arenas Laorga. La curva no tiene dientes de sierra porque lo he calculado con la rentabilidad anualizada. Realmente no sería así el camino, aunque sí el resultado.
Esta es probablemente una de las ideas financieras que peor entiende nuestra cabeza. El ser humano está diseñado para pensar de forma lineal. Y esto es exponencial. Treinta años de capitalización no son el doble que quince. Por eso empezar con poco muy pronto es mucho mejor que intentar recuperar el tiempo perdido aportando cantidades mucho mayores años después.
También hay que decir que las rentabilidades pasadas no son reflejo de los años próximos. De hecho, podríamos tener un futuro peor… O mucho mejor. Pero lo que sí sabemos es que no existen periodos de 20 años con rentabilidades negativas. El peor inversor del mundo a 30 años en el S&P 500 obtuvo un 8% anualizado.
Por tanto, no podemos decir que nuestro hijo va a tener 200.000 euros después de 30 años. O 650.000 en 40. Puede ser menos o más. pero sí podemos decir que un ahorro invertido, por pequeño que sea, mantenido durante mucho tiempo puede generar un patrimonio sorprendentemente grande.
Y quiero recordar la situación que vivimos en España. El precio de la vivienda sigue subiendo. Probablemente, con sus baches, seguirá haciéndolo. No estamos hablando de un problema que vaya a desaparecer en el corto plazo.
De hecho, para muchos jóvenes la principal dificultad ya no consiste únicamente en ser capaces de pagar una hipoteca cada mes. El primer muro aparece al no tener suficiente dinero ahorrado para poder entrar en una hipoteca. Una persona puede tener un buen trabajo y poder afrontar razonablemente una cuota hipotecaria, pero quedarse fuera de la compra porque carece de ese ahorro inicial.
Puede que esos 200.000 euros terminen siendo 140.000. O 280.000. No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que tener un capital acumulado a los 30 años cambia radicalmente las opciones disponibles. Puede proporcionar la entrada de una vivienda, reducir enormemente la hipoteca necesaria, cubrir gastos de compra o permitir esperar unos años sin aceptar cualquier alquiler o cualquier financiación.
Ese es el regalo de verdad, la libertad financiera. Tener opciones.
Un regalo de boda puede disfrutarse una noche. El hábito de invertir 50 euros al mes desde que nace puede cambiarle buena parte de su vida. Y no porque hayamos encontrado una solución mágica, sino amén a tres cosas, por desgracia, poco conocidas: inversión, paciencia y tiempo.