¿Qué papel está jugando la geoestrategia en el mundo actual y, más en concreto, en la economía global y los mercados financieros?

Hay un cambio importante con respecto a lo que habíamos vivido en las últimas décadas. Aquella situación que teníamos de Europa protegida por parte de Estados Unidos —que son aliados casi irrompibles—, Rusia —que tras la caída del Muro de Berlín parecía que iba a converger con esa política europea más común— y China —que parecía el socio industrial— ha cambiado radicalmente.

Estamos en una situación en que esa alianza entre Europa y Estados Unidos se está empezando a romper. Por otra parte, ese comercio que teníamos a finales del siglo XX, que hacía que todos los costes se estuvieran reduciendo, ya no se dirige hacia el multilateralismo comercial, sino que ahora buscas no al proveedor más barato, sino al más fiable y al que esté más alineado con tus ideas políticas.

Todo esto significa una mayor inflación simplemente por temas del comercio mundial.  

Luego, hay dos cosas más. Estamos en una situación de cierto enfrentamiento: la guerra que tiene Rusia con Ucrania se puede tensar y se puede proyectar a Europa. Es un evento improbable, pero posible o más probable de lo que era antes.

Esto significa un mayor gasto en defensa que tiene dos consecuencias importantes para los mercados financieros: en primer lugar, una mayor inflación porque hay una mayor demanda; y en segundo lugar, mayores primas de riesgo, es decir, mayores tipos reales como consecuencia de esa mayor demanda de fondos para financiar la inversión que hay que hacer en defensa, considerando que el bono tiene una parte de inflación y otra de tipo de interés real.  

En términos de crecimiento, desde el siglo XVI, cuando Europa —y más en concreto España— descubre América, se habla de la gran divergencia: cómo los países europeos van superando a las grandes potencias asiáticas, que en aquella época eran los reinos de la India y China.

Esa gran divergencia se dispara en el siglo XIX —midiéndose, por ejemplo, cuántas veces era la renta del Reino Unido con respecto a la de la India— y en el siglo XX con la renta de Estados Unidos frente a la de China. Ahora estamos en un proceso de gran convergencia; lo hemos visto con China y Estados Unidos y seguramente lo veremos dentro de poco también con la India. En consecuencia, el crecimiento va a estar más sostenido; evidentemente con los ciclos y sus más y sus menos, pero a largo plazo ese crecimiento será más sostenido. 

Otro de los puntos más significativos y disruptivos es el impacto que produce y producirá la transición energética y el efecto del cambio climático social y económicamente hablando.

Con respecto al cambio climático, parece una evidencia, aunque viniendo de una universidad nos tenemos que cuestionar todo. La física de Newton, cuando vino Einstein, se excepcionó; debemos dudar de todo, pero eso no significa que no actuemos contra ese cambio climático, dado que todo lo que aparece ahora mismo apunta a que se debe a la emisión de gases de efecto invernadero por la actividad humana.

Tenemos que tomar medidas ya, y esas medidas son la transición energética, donde no estamos avanzando mucho y hacen falta medidas muchísimo más definitivas. Esto tiene dos consecuencias para los mercados financieros: en primer lugar, se incorporan unos costes de contaminación que antes no teníamos, lo que genera más inflación; y, por otra parte, hay más demanda de recursos para acometer ese cambio climático, pues si no lo hacemos ahora lo tendremos que hacer más adelante y con un mayor coste.

Esto se traduce en una mayor demanda de recursos y en mayores primas de riesgo: todo apunta a que tendremos un mundo de tipos de interés nominales más altos, tanto por efecto de la inflación como por tipos de interés reales. 

El tercer punto a destacar es el efecto de la megatendencia global en personas, empresas y mercados de la IA, que muchos consideran la revolución del siglo XXI por excelencia.

La inteligencia artificial, como en el caso de ChatGPT y los modelos GPT, es una tecnología de propósito general; no va a afectar a una sola línea vertical de la actividad económica, sino absolutamente a todas.

Tampoco debemos olvidar la destrucción creativa de Schumpeter —o creative destruction, formulación en inglés que pone mucho más énfasis al principio en la creación y cuya consecuencia es la destrucción—. Todos los medios de producción previos que teníamos y que puedan verse afectados por la inteligencia artificial van a sufrir cambios, y esos cambios normalmente significan menos inflación.

Se trata de una fuerza desinflacionista, entendiendo la desinflación como un crecimiento económico con menor inflación. Sin embargo, en la coyuntura actual se observa una carrera por ocupar los puestos de cabeza en inteligencia artificial por parte de los hiperescaladores e incluso de los países.

En el marco del enfrentamiento y la defensa, quien esté más desarrollado en inteligencia artificial ganará una batalla que quizás se gane sin disparar un solo tiro, como ocurrió en la Guerra Fría.

Existe una demanda inmensa que está produciendo inflación de componentes eléctricos; los componentes con los que se fabrican los teléfonos han subido mucho los últimos años y algunas compañías han elevado el precio de sus ordenadores porque sus suministros son mucho más caros.

A corto plazo esto produce más inflación y también mucho más crecimiento.  

En la vertiente bursátil, todas las subidas vistas en la bolsa, sobre todo en Estados Unidos y en el Nasdaq, han venido al compás de la inteligencia artificial y de los grandes competidores por situarse en los puestos de ventaja.

Existe el temor de que suceda como en la canción The winner takes it all o en el póker: que quien gana se lo lleva todo, como ocurrió con Google en los buscadores —donde prácticamente desplazó a todos los demás— o con Inditex frente a otros proveedores.

Son muchos los que están compitiendo, pero no son tantos los que van a sobrevivir, de forma parecida a lo vivido con la telefonía móvil desde Motorola, pasando por Nokia y BlackBerry, hasta la llegada de iPhone.

No todos van a ganar y, aunque en algún caso las valoraciones bursátiles estén justificadas por el cambio radical que implica la tecnología, no va a llegar a todos.

Asimismo, todas las compañías que no incorporen la inteligencia artificial a sus procesos productivos van a desaparecer prácticamente, porque el competidor que la incorpore será mucho más competitivo y las sacará del mercado completamente.

Se observará un aumento de productividad y beneficios tanto en los hiperescaladores como en el resto de empresas, pero también acompañado de una depuración empresarial y una destrucción creativa.  

Y un cuarto que pasa por la nueva configuración de la población, el impacto de la demografía, no solo socialmente sino también los efectos económicos y sociales ¿Cambia los cimientos del sistema?

Totalmente. Decía Benjamin Franklin que hay dos cosas seguras en la vida, la muerte y los impuestos. Yo te diría una tercera certeza que es la demografía. Cambiar la demografía a nivel global tarda aproximadamente tres décadas; estas tendencias son muy potentes y no se están atendiendo lo suficientemente bien.

Vamos hacia un envejecimiento muy acusado de la población, sobre todo en Occidente, y cabe la posibilidad de que aquellos puestos de trabajo que queden vacantes por esta evolución demográfica sean cubiertos por la inteligencia artificial, generando una combinación favorable.

En cuanto a las consecuencias económicas, siempre se ha dicho que esto generaría tipos reales más bajos debido a personas que han acumulado ahorro frente a un menor consumo que reduciría el crecimiento; sin embargo, esta tesis está bastante discutida en la actualidad, ya que los patrones de consumo cambian hacia otro tipo de gasto y no necesariamente persisten ahorros tan elevados.

En materia demográfica resulta mucho más difícil sostener una tesis categórica sobre lo que va a suceder con todo esto

Pero si ahora mismo tenemos que centrarnos en un concepto, es el inesperado a cuenta del Conflicto de Oriente Medio y el cierre del estrecho de Ormuz, repunte exponencial del petróleo por encima de los 100 dólares, y todo lo que conlleva ¿Cómo contemplas este efecto en la economía global?

El petróleo por encima de los 100 dólares no es sostenible a medio o largo plazo, aunque no resulta fácil que baje en el corto plazo debido al conflicto en el estrecho de Ormuz y a la situación en la península arábiga, factores que influyen de manera notable.

El petróleo presenta una demanda muy inelástica — ya que cualquiera que sea el precio no varía demasiado la demanda— frente a una oferta tensionada y en escenarios conflictivos. El gran amortiguador de las últimas décadas ha sido el aumento de producción en Estados Unidos, que pasó de mínimos de 5 millones de barriles a finales del siglo pasado a 14 millones en la actualidad mediante el shale oil, el cual empieza a dar ciertas señales no de agotamiento, pero sí de cansancio.

Por ese lado, ya no vendrá el alivio de la década pasada, que permitió situar los precios muy por debajo de los 100 dólares e incluso tener como referencia los 50 dólares. Si se solucionaran los conflictos internacionales, el crudo se situaría en torno a los 70 dólares.

Las consecuencias de un precio elevado no implican solo inflación, sino también menor crecimiento económico. No obstante, el auge de la inteligencia artificial ejerce cierto contrapeso impulsando crecimientos sólidos, especialmente en Estados Unidos.

Por la parte de la inflación continuarán las noticias desfavorables, con el consiguiente impacto restrictivo sobre las decisiones de tipos de interés de los bancos centrales y el mercado de bonos.