Y ahí, es donde converge este empresario de éxito y filántropo criticado por la izquierda con los ahorradores españoles. Su gusto por el ladrillo para destinar parte de su fortuna y los cuantiosos dividendos que percibe de su participación mayoritaria en Inditex. Así, cuenta con más de 200 propiedades (edificios enteros) en 13 países. Inmuebles situados en las zonas más caras y exclusivas de grandes ciudades y que adquiere, como se presume, sin necesidad de hipoteca.
Y aquí es donde el nonagenario Amancio Ortega se acerca al perfil tradicional del ahorrador español. Aquí, aparece la figura de un hombre sencillo de provincias que, supongo, visitado mil y una vez por los mayores bancos de inversión del mundo, busca sus oportunidades en el vidrio y el hormigón de los grandes rascacielos o de edificios históricos y emblemáticos de las ciudades.
Además, el grueso de su riqueza como propietario de la textil (en torno a los 100.000 millones de euros) son para él todo menos una inversión financiera. Hace ya muchos años cuando vendió un paquete de títulos de la textil, la acción bajó, temiendo el mercado que después de la salida a Bolsa se fuese desentendiendo de su imperio y entrase en otras aventuras tras el supuesto “pelotazo”. Nada más lejos de la realidad. Simplemente, debía diversificar su patrimonio y rápidamente la acción volvió a normalizarse.
Inditex es una inversión financiera muy lucrativa hasta el momento para accionistas pequeños e institucionales, pero para Amancio Ortega se trata de un bien tangible que ha hecho crecer desde una pequeña tienda de batas en La Coruña. Es su negocio.
La inversión en otros negocios es, comparativamente, ridícula. El 5% de Redeia, el 5% de Enagás el 13,7% de la portuguesa REN, una participación en la firma de telecomunicaciones Telxius y paquetes accionariales en desarrollos solares y eólicos de Repsol y EDF. Participa con un 20% en una firma de aparcamientos y hace un par de años se hizo con el 49% de una firma de infraestructuras portuarias en Reino Unido y este mismo año entraba en otra compañía australiana también de este negocio.
Un multimillonario que contrasta con esa raza emergente de ricos, sobre todo estadounidenses, que se creen capaces y necesarios para dominar no solo sus compañías sino el mundo entero. Los reyes tecnológicos, siempre estrechamente ligados al poder político, que asustan con el control de los datos de la humanidad con los que mercadean. Y de fondo, las bondades y supuestas maldades de la Inteligencia Artificial. Todo ello camino a una distopía política y económica que ya empieza a vislumbrarse.
Ortega, salvando las distancias, se ha comportado como el inversor típico español que busca la seguridad del ladrillo más valioso, centrado en oficinas o centros comerciales. Una opción, la de la inversión inmobiliaria cada vez más lejana para el ahorrador de a pie español, acostumbrado a volcar el excedente de su ahorro en una segunda vivienda de ocio o en un piso del que obtener una renta para completar su sueldo o su jubilación. Algo que se ha convertido en un cuasi delito, aunque poco se dice de la desidia de las administraciones en liberar suelo asequible y el racimo de impuestos que rodea la compraventa de viviendas que engordan las arcas públicas.
Una opción que desaparece ante la falta de oferta y que ha reducido el porcentaje de españoles con vivienda en propiedad. Esta semana hemos conocido que esa población forzada al alquiler es ahora más vulnerable económicamente. Hacer de este país tan económicamente inestable, una tierra de inquilinos es una bomba de relojería siempre a punto de estallar cuando los vientos soplen en contra o vuelven las vacas tísicas.