Con un mercado que parece que no tiene techo, ¿dónde veis las oportunidades y los riesgos más latentes?
Para nosotros, el principal riesgo y la principal oportunidad son exactamente lo mismo: la inestabilidad del mercado.
Llevamos varios años, 2024, 2025 y ahora 2026, en un entorno marcado por una elevada volatilidad. Para muchos inversores, esta inestabilidad se percibe como un coste o un riesgo que hay que evitar. Nosotros, en cambio, la entendemos como un nuevo normal: no es algo transitorio, sino un rasgo estructural del entorno actual. Y, como tal, creemos que hay que convivir con ella y aprovechar las oportunidades que genera.
Nuestra aproximación no consiste en intentar predecir un único escenario y posicionarnos de forma estática, sino en monetizar los movimientos del mercado, adaptándonos de forma activa. Por eso decimos que el riesgo y la oportunidad son la misma cosa: la volatilidad.
Nos sentimos identificados con la idea atribuida a Hannah Arendt de “prepárate para lo peor, espera lo mejor y acepta lo que venga”, aunque nosotros añadiríamos: “y aprovecha lo que venga”. Un ejemplo reciente: a comienzos de 2026, el S&P 500 acumulaba alrededor de un -0,5%, el high yield subía en torno al +0,5% y la renta fija global cerca de un +1%. En ese mismo periodo, aprovechando los movimientos del mercado y ajustando activamente la cartera, nosotros llevábamos aproximadamente un +3% en el año. No por “acertar” un escenario, sino por movernos.
Este entorno es distinto del tradicional y exige hacer las cosas de forma distinta. Hoy creemos que no es tan relevante tener una previsión determinista sobre cuál será el mejor activo, sino seguir un proceso diferente, basado en tres pasos:
- Imaginar distintos escenarios posibles y analizar las implicaciones de cada uno de ellos, en lugar de apostar por uno solo.
- Definir cómo debería estar posicionada la cartera en cada escenario, no solo desde el punto de vista macro o político, sino también a nivel de activos.
- Tener la capacidad y la voluntad real de ajustar la cartera cuando los escenarios cambian.
Este enfoque implica salir de una posición cómoda, tener una previsión, creer en ella y esperar, para asumir una postura más incómoda, pero más realista: aceptar que el mundo es complejo, incierto y cambiante, y que hay que cambiar de rumbo para evitar tempestades y aprovechar los vientos favorables.
Dicho esto, siempre existe un escenario central. Para nosotros, en 2026 ese escenario sigue siendo moderadamente optimista: esperamos un impulso fiscal, en Estados Unidos por el ciclo electoral, en Europa por factores políticos y también en Asia, mientras que la política monetaria no es restrictiva. Esto configura un entorno favorable para la renta variable.
Ahora bien, será un año con muchas turbulencias. Vemos inconsistencias en las señales que llegan desde Estados Unidos, reacciones desiguales entre países y episodios como los recientes cambios en política comercial y aranceles. En conjunto, esperamos un entorno positivo pero volátil, en el que la clave será ajustar y aprovechar los movimientos.
En un entorno en el que la Reserva Federal ha pausado las subidas pero mantiene un discurso dependiente de los datos, ¿cómo estáis ajustando la duración y el posicionamiento en renta fija dentro de Paradigma Stable Return? ¿Veis más riesgo en un repunte inesperado de la inflación o en una desaceleración económica más acusada?
Nuestro escenario central para la renta fija es optimista-neutral, y lo es por varias razones.
En primer lugar, creemos que la inflación será inferior a lo que descuenta el mercado. Esperamos una combinación de factores desinflacionarios: deflación exportada desde China, precios de la energía relativamente contenidos y un aumento de la productividad impulsado por la inteligencia artificial. En ausencia de un shock significativo, pensamos que la inflación tenderá a situarse por debajo de las expectativas actuales.
En segundo lugar, no esperamos una política monetaria especialmente disruptiva por parte de la Reserva Federal. Aunque es cierto que se producirá un cambio de presidente y que el nuevo chairman podría estar más alineado con Donald Trump, la dinámica interna de la Fed ha cambiado en los últimos años. Bajo Powell se ha normalizado la disidencia dentro del FOMC, lo que hace menos probable la adopción de decisiones radicales. Además, Powell seguirá formando parte del Board hasta 2028, aportando continuidad y credibilidad.
Todo ello apunta a una política monetaria menos extrema, con margen para una caída gradual de tipos a lo largo de la curva. Nuestra estrategia es aprovechar esa caída de tipos, tomar beneficios y reducir duración progresivamente hacia final de año.
Al mismo tiempo, somos muy conscientes de los riesgos: la evolución de los precios de la energía, la situación geopolítica, especialmente en Oriente Medio, la política comercial y arancelaria, y la propia reacción de la Fed a los datos. Tenemos un escenario central, pero estamos preparados para ajustar la cartera si alguno de estos factores cambia de forma relevante.
En los últimos años hemos visto cómo la correlación entre renta fija y renta variable ha dejado de ser tan predecible. ¿Cómo redefinís la diversificación real dentro del fondo y qué papel juegan activos alternativos o estrategias descorrelacionadas?
Nunca hemos compartido la idea de que la renta fija tenga de forma estructural una correlación negativa con la renta variable. Esa relación se dio en un periodo histórico relativamente corto, pero si ampliamos el horizonte temporal, encontramos numerosos momentos en los que la correlación fue positiva o inexistente.
El ejemplo más claro es 2022, cuando ambos activos cayeron simultáneamente. Por eso, nuestra construcción de cartera nunca se ha basado en que la renta fija “proteja” a la renta variable, sino en que son activos distintos, con comportamientos cambiantes y correlaciones dinámicas.
Para proteger la cartera, utilizamos estrategias específicas que pueden beneficiarse de caídas tanto en renta variable como en renta fija, ajustándose de forma oportunista según las condiciones del mercado. Además, incorporamos estrategias largas de volatilidad y activos refugio como el oro, que ayudan a compensar episodios de estrés y a mejorar la diversificación real del fondo.
Con el oro en máximos históricos y los bancos centrales incrementando reservas, ¿consideráis el oro una posición estructural dentro de una estrategia “stable return” o más bien un hedge táctico ante riesgos geopolíticos y monetarios? ¿Qué peso tendría sentido en el contexto actual?
Mantenemos una posición en oro desde hace bastante tiempo, incluso antes del actual contexto geopolítico y monetario.
Nuestra exposición no es completamente estática, pero sí estructural y gestionada de forma activa. En términos generales, mantenemos una posición estratégica en torno al 5%, financiada en parte con la venta de renta fija. Desde el inicio de la inversión, esta posición ha generado aproximadamente un 150% de retorno. A finales del año pasado, tras fuertes subidas, redujimos de nuevo la exposición hasta ese nivel estratégico del 5%.
Es cierto que el oro presenta hoy más volatilidad que en el pasado, pero sigue cumpliendo varias funciones clave en la cartera: actúa como activo refugio, aporta diversificación y protege frente a riesgos asociados a una expansión excesiva de la deuda global y a políticas monetarias muy expansivas, ya sea en forma de inflación de consumo o de activos.
Por todo ello, el oro es para nosotros una posición estratégica, que ajustamos de forma activa igual que el resto de posiciones, en función del entorno y de los riesgos que vemos en cada momento.