En el plano interno, la operación se inscribe en una estrategia probada de demostrar firmeza en cuestiones como la seguridad, el crimen y el narcotráfico. Históricamente, los episodios de confrontación externa han impulsado a menudo de forma temporal la popularidad presidencial, un factor importante de cara a las elecciones de mitad de mandato. En el plano geopolítico, esta intervención sirve de advertencia a otros regímenes como Irán y marca un retorno deliberado a la Doctrina Monroe, recordando que el hemisferio occidental sigue siendo, a ojos de Washington, un área de influencia directa. Por último, la energía ocupa un papel crucial en el pensamiento estratégico: Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo y sigue siendo, en teoría, una palanca potencial sobre el equilibrio energético global.

El paralelismo con la Operación Causa Justa, la intervención estadounidense en Panamá que condujo a la captura de Manuel Noriega, es evidente. Pero Venezuela en 2026 no es Panamá en 1989, lo que podría complicar el escenario. En aquel entonces, el Estado panameño seguía siendo funcional, el ejército era en gran medida desleal a Noriega, la sociedad relativamente cohesionada y la economía intacta. La intervención fue breve, el objetivo claro y la salida controlada. Venezuela, en cambio, es un Estado profundamente deteriorado. Sus instituciones han sido despojadas metódicamente de su contenido, la polarización social es extrema, el aparato de seguridad está a la vez militarizado y entrelazado con redes económicas y criminales, y la economía petrolera —columna vertebral del país— ha sido en gran parte destruida. La producción ha caído de alrededor de tres millones de barriles diarios a comienzos de la década de 2000 a menos de un millón en la actualidad.

En este contexto, la caída del jefe del Estado no bastaría para derribar el sistema. Actualmente se perfilan tres escenarios, con probabilidades asimétricas. El primero es que el régimen sobreviva sin Maduro: las estructuras militares y administrativas permanecen en su lugar, la transición se mantiene en un plano formal y el caos queda contenido, aunque persistente. El segundo es el de una fragmentación del poder, que abriría la puerta a una violencia prolongada, o incluso a una guerra civil, lo que implicaría una presencia estadounidense de facto a largo plazo, muy superior a una operación puntual. El tercer escenario, una transición democrática estable —el desenlace preferido por la Casa Blanca—, sigue siendo el más deseable para los mercados. En la práctica, los dos primeros escenarios siguen representando riesgos significativos.

Las consecuencias inmediatas se concentran en el mercado petrolero, y es precisamente ahí donde puede surgir un importante malentendido. Contrariamente a lo que cabría esperar, es poco probable que barriles adicionales lleguen al mercado a corto plazo. Las exportaciones venezolanas ya se han reducido a la mitad. Las sanciones y el bloqueo permanecen sin cambios. Y la capacidad de producción, gravemente deteriorada, no permite ningún aumento inmediato. En otras palabras, el relato político ha cambiado de forma radical desde el 3 de enero, pero los flujos físicos siguen estando restringidos. A muy corto plazo, el riesgo es incluso negativo para la oferta: el bloqueo limita las importaciones de los diluyentes necesarios para procesar el crudo pesado, las restricciones operativas se acumulan y a varios socios de Petróleos de Venezuela se les ha pedido que reduzcan su producción. Según estimaciones de Energy Aspects, entre 200.000 y 300.000 barriles diarios podrían quedar fuera de servicio.

Al mismo tiempo, la OPEP+ sigue sin reaccionar. No se han comunicado ajustes de producción. Se mantiene la congelación de los incrementos, se prolonga la pausa y la alineación entre Arabia Saudí, Rusia y los Emiratos Árabes Unidos sigue intacta. A corto plazo, por tanto, la crisis venezolana no conduce a una relajación de la oferta, sino potencialmente a una tensión adicional, vinculada a restricciones físicas más que a consideraciones geopolíticas.

El verdadero desafío se sitúa en el medio plazo. Si llegara a producirse una estabilización política mínima, combinada con un retorno gradual de la inversión extranjera, Venezuela podría volver a convertirse en un factor estructuralmente desinflacionario para la economía mundial. Esta paradoja es fundamental: un gran shock geopolítico no es necesariamente inflacionario a largo plazo. Una relajación diferida de las tensiones energéticas modificaría la trayectoria de la inflación en Estados Unidos y, en consecuencia, la de los tipos de interés, que deberían retomar su senda descendente.

Esta dinámica no puede disociarse de sus implicaciones institucionales. El debilitamiento del orden multilateral y el renovado protagonismo del poder ejecutivo en la escena internacional están alimentando, a su vez, una recentralización del poder en Washington. Con las elecciones de mitad de mandato cada vez más próximas, el riesgo de un fortalecimiento del ejecutivo unitario —la doctrina según la cual todo el poder ejecutivo debe estar plenamente subordinado al presidente— se vuelve cada vez más tangible. En este contexto, algunas instituciones, en primer lugar la Reserva Federal y determinadas agencias semiautónomas, podrían verse sometidas a una presión creciente.

Las repercusiones de los acontecimientos de este fin de semana aún no se conocen, pero presentan los rasgos característicos de los desplazamientos tectónicos que están en curso en la geopolítica y en la política. Ponen de relieve el contraste entre la inestabilidad dominante —que hoy es más institucional que económica— y la extrema concentración de los mercados, la persistente fortaleza del momentum y ciertas valoraciones excesivas. Este contraste refuerza nuestra convicción de que los inversores con horizontes de medio y largo plazo deben diversificar sus asignaciones y temáticas más que nunca, especialmente aquellas que siguen estando de moda. También refuerza nuestra confianza en el valor de las dos estrategias que lanzamos en los últimos meses: Global Resilience y Mission Europa. La primera se centra en empresas resilientes en un mundo inestable, mientras que la segunda apuesta por compañías que se beneficiarán de la respuesta europea a este entorno. El presidente Trump reiteró este fin de semana el interés de Estados Unidos por Groenlandia, una anécdota que quizá no sea tal y que en Europa solo puede interpretarse como un recordatorio de la urgente necesidad de reforzar su estructura.