Después de un 2025 muy fuerte para la bolsa española y con el IBEX 35 todavía cerca de máximos, ¿crees que el mercado español sigue teniendo recorrido o el inversor debería empezar a ser más selectivo por sectores y compañías?
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Somos positivos en la bolsa española y seguimos siéndolo, aunque cada vez vemos menos recorrido. El año 2025 ha sido especialmente positivo, con un apoyo muy importante de bancos, infraestructuras y utilities, que han funcionado muy bien. Probablemente, mucho de esto ya está en valor y en precio. Tenemos un entorno que no es precisamente el más favorable, a pesar de que, por el momento, los beneficios empresariales han sido muy buenos: el cuarto trimestre funcionó de forma positiva, el primer trimestre de 2026 también muestra solidez y las previsiones para el segundo trimestre son favorables.
En este sentido, pensamos que el mercado puede tener un buen recorrido e incluso alcanzar nuevos máximos históricos. El comportamiento del Ibex 35 está siendo especialmente destacado, sobre todo si lo comparamos en el último mes con la bolsa americana, la cual está mucho más expuesta a valores tecnológicos y ha registrado caídas superiores al 5%, mientras que en España las correcciones no han llegado ni al 2%. Seguimos apostando por el mercado nacional, pero con cautela, ya que las cosas se pueden complicar dependiendo de la geopolítica. Existe un condicionante geopolítico muy importante en Oriente Medio que puede afectar especialmente a Europa, y España se vería claramente afectada.
En un entorno en el que la inflación vuelve a preocupar y los mercados descuentan tipos más altos durante más tiempo, ¿cómo debería ajustar cartera un inversor: reducir duración, rotar a sectores value, aumentar liquidez o mantener exposición a bolsa?
Estamos en un escenario de tipos altos durante más tiempo y una inflación que sigue presionando. Recientemente hemos conocido los últimos datos de Estados Unidos, donde la inflación supera el 4%, y las previsiones apuntan a que esta tendencia continúe. Hay que tener en cuenta que el estrecho de Ormuz en Oriente Medio lleva cerrado más de tres meses, sin perspectivas de reapertura a corto plazo.
Ante este panorama, estamos rotando las carteras hacia una combinación entre reflación y estanflación, otorgando cada vez más peso a la estanflación. Las posibles subidas de tipos, tanto en Europa como en Estados Unidos, estarían respaldando esta tesis. Esto nos lleva a infraponderar y reducir la exposición a los activos de mayor duración, tanto en renta variable como en renta fija. En consecuencia, esto implica tomar más posiciones en títulos del Tesoro a corto plazo e infraponderar valores tecnológicos vinculados al estilo growth.
Por el contrario, estamos sobreponderando compañías de mayor calidad, con mejores balances y, sobre todo, con una fuerte generación de flujos de caja. Buscamos empresas menos expuestas a la volatilidad, que cuenten con una demanda estable y una elasticidad controlada. El objetivo fundamental es primar la seguridad ante potenciales subidas de precios.
La inteligencia artificial sigue siendo el gran motor de Wall Street, pero también empieza a generar dudas por valoraciones, concentración y gasto en capex. ¿Estamos ante una tendencia estructural invertible o ante una fase de excesos que conviene gestionar con mucho control del riesgo?
Respecto a la inteligencia artificial, seguimos apostando por ella, pero reconocemos que existe un claro exceso en el mercado. Dentro del Nasdaq, específicamente en el segmento de tecnología de la información, el 40% de las compañías cotizan con una prima históricamente difícil de defender. Presentan una sobrevaloración importante que, normalmente, tenderá a revertirse con el tiempo.
A pesar de esto, mantenemos nuestra apuesta por la inteligencia artificial debido al impacto que genera. Esto se observa no solo en los hiperescaladores, que están acometiendo inversiones históricamente elevadas sin precedentes, sino también en los beneficiarios indirectos de esta tecnología. Hasta ahora, la atención y la concentración de los inversores se centraba en los centros de datos y sus industrias relacionadas, lo que provocó los excesos mencionados. Sin embargo, creemos que la oportunidad actual reside en la inversión en aquellas compañías usuarias y beneficiarias de la inteligencia artificial que están invirtiendo en la reorganización de sus procesos empresariales para mejorar su productividad. Por lo tanto, nos mantenemos positivos, pero rotando hacia un espectro mucho más amplio del que hemos visto hasta ahora.
Europa ha intentado cerrar parte de la brecha con Estados Unidos, pero sigue habiendo diferencias de crecimiento, productividad y composición sectorial. Para un inversor español, ¿tiene más sentido sobreponderar Europa por valoración o seguir priorizando Estados Unidos por calidad y beneficios?
Si analizamos la situación por regiones, sobreponderamos Estados Unidos frente a Europa. La coyuntura macroeconómica es muy diferente: Estados Unidos muestra crecimientos sólidos y el 72% de sus indicadores macroeconómicos vinculados a la actividad económica se encuentra en fase expansiva (lo que supone una mejora frente al 55% registrado hace un par de meses).
Al compararlo con Europa, el ritmo de crecimiento de la eurozona es mucho más bajo. Además, Estados Unidos está considerablemente menos expuesto al shock energético y a la falta de suministro de Oriente Medio, al ser mucho menos dependiente de la energía exterior.
No obstante, al realizar una comparación específica de índices, pensamos que el mercado español o el MIB italiano podrían sobreponderarse incluso por encima del S&P 500. Esto ocurriría en caso de que se confirme un cambio hacia un sesgo de política monetaria más restrictivo en los próximos meses, algo que el mercado ya empieza a descontar.
Con más volatilidad geopolítica, petróleo sensible a Oriente Medio y bancos centrales dependientes del dato, ¿qué señales vigilas para saber si estamos ante una simple corrección de mercado o ante un cambio real de tendencia?
Nosotros evaluamos la situación actual como una simple corrección dentro de una tendencia alcista, pero no descartamos la posibilidad de que pueda convertirse en un cambio estructural. Esto se debe a que estamos ante un shock de oferta. A diferencia de los shocks de demanda, los de oferta tienen una duración mucho mayor.
Los shocks de oferta tienen una duración mayor que los shocks de demanda. Mientras que los de demanda suelen durar de media entre 3 y 12 meses, los de oferta se extienden habitualmente entre los 12 y los 36 meses. Aunque estas estadísticas son una referencia económica con validez relativa, reflejan una persistencia en el daño que se prolonga en el tiempo.
El motivo es sencillo: más allá del impacto inicial de la falta de suministro a corto plazo y la presión inflacionaria prolongada, también se ven afectados los costes de producción y se reducen los márgenes empresariales. Si esto ocurre, se producen efectos de segunda ronda en un periodo más largo; todavía no estamos ahí, pero podría derivar en un cambio estructural.
Para determinar si nos enfrentamos a una simple corrección o a un cambio estructural del fondo del mercado respaldado por los fundamentales y la macroeconomía, estamos vigilando tres factores clave:
- La evolución de los márgenes en las principales compañías y sectores.
- Las guías de resultados a futuro (guidance), que de momento están siendo positivas, pero podrían cambiar.
- El crecimiento económico global, que actualmente aguanta, pero muestra señales de una posible ralentización que podría terminar impactando en las previsiones de beneficios. Si este escenario se consolida, sí hablaríamos de un cambio estructural relevante, aunque por el momento no es el caso.